De la euforia a la depresión en las calles

Miles de manifestantes acudieron al llamamiento a concentrarse cerca del Parlamento catalán para presionar a Puigdemont. Su discurso acabó recibiendo pitadas en el paseo de Lluís Companys


La Voz en BARCELONA

Desconsuelo. Es el nombre de la estatua de Josep Llimona que hay en medio del estanque en el parque barcelonés de la Ciudadela, frente al edificio del Parlamento de Cataluña. Representa a una mujer desnuda, abatida y melancólica. Desconsuelo es también la expresión utilizada por algunos diputados que se dejaron ver por la mañana en la Cámara catalana, entre reunión y reunión frenética de los grupos parlamentarios, para describir su estado de ánimo ante la incertidumbre de lo que podría suceder por la tarde. Y desconsuelo es también lo que reflejaban los radicales reunidos en el paseo de Lluís Companys, cerca de la Cámara catalana, que llegaron a pitar la petición de diálogo que hizo Carles Puigdemont.

La expectación fue enorme durante todo el día. Mil periodistas acreditados, cifra récord en la Cámara catalana, de ellos 358 de medios internacionales de toda Europa, pero también de Estados Unidos, Colombia, México y Brasil, y de países tan distantes como Japón y Australia. Ellos fueron los protagonistas visibles de la mañana. Decenas de cámaras en fila, a la sombra de los plataneros, enfocando pacientes la puerta de entrada de sus señorías, que llegaban a cuentagotas. Un poco más atrás, decenas de unidades móviles de televisiones. Y, en primera fila, otras tantas de agentes de los Mossos.

Controles de seguridad

El recinto hervía. Control de entrada, con arco incluido, colas en la recogida de acreditaciones. Para los extranjeros, otra mesa. Un ejército de informadores subiendo y bajando escaleras. Los funcionarios de la institución parecían guías turísticos por el edificio. Enorme ajetreo. «Suba al primero, después de la estatua de Sant Jordi, gire. Allí le informarán dónde están las salas de prensa». Ya estaban llenas, cada cual con su ordenador. Las cadenas de televisión y radio invadían los pasillos y las balconadas hacia la escalinata principal. Sale Anna Simò (Junts pel Sí) de la reunión de la Mesa. Un corrillo de periodistas se forma enseguida a su alrededor. Llega Albiol para ser entrevistado por una televisión. Otros se dan prisa para hacerle fotos.

Fuera, la ciudad contenía la respiración en medio de la rutina. Dentro, el ambiente en todo el recinto del parque, cerrado al público desde primera hora de la mañana y blindado por los Mossos en todo su vallado para impedir el acceso de manifestantes, era de calma tensa y desasosiego.

Se trata de evitar lo que sucedió hace más de 30 años, cuando, durante un pleno a favor de Pujol sobre Banca Catalana, los manifestantes invadieron la sede del Parlamento catalán y persiguieron por los pasillos a Raimon Obiols al grito de «matadlo», recordaba ayer un diputado.

La expectación fue enorme: más de mil periodistas acreditados, 358 extranjeros «Ahora muchos sabrán dónde está Cataluña en el mapa», aseguraba Santiago, un jubilado, en el paseo de Lluís Companys, adonde la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural pidieron a los soberanistas que acudiesen para presionar a Puigdemont para que declarase la independencia mientras se celebraba el pleno. Cuatro horas antes, grupos de personas tomaban posiciones, unos cerca de las vallas, otros en la zona del arco de Triunfo, invadida por una treintena de tractores a los que los Mossos facilitaban el desplazamiento. Fueron convocados por el sindicato JARC y Unió de Pagesos. Otros grupos fueron trasladados en autobuses por la ANC.

También la expectación era enorme fuera. Los medios audiovisuales tenían sus andamios dispuestos en el paseo de Lluís Companys. TV3 instaló dos pantallas gigantes para que los congregados viesen lo que ocurría en el hemiciclo. A las seis de la tarde no se veía ni un adoquín. Eran miles de personas las que acudieron a los llamamientos de los independentistas. Todos en silencio cuando comenzó su discurso el presidente catalán. Pero cuando Puigdemont hizo el atisbo de solicitar diálogo, resurgió la división entre los grupos soberanistas. Los manifestantes de la CUP gritaban: «Convergència, se nos acaba la paciencia», porque les pareció que su intervención tenía que ser más explícita. Mientras los seguidores del PDECat se abrazaban de alivio. Declaración de independencia y suspensión en una.

Si no fuera por la gravedad del momento, algunas furgonetas de alquiler de materiales estacionadas en el paseo harían reír a más de uno con su rotulación: «L’Auxiliar de l’Espectacle». Eso, todo un espectáculo. Igual que dentro del perímetro de seguridad del Parlamento catalán.

Las tiendas y las terrazas de los restaurantes estuvieron llenas durante toda la tarde. Sus responsables no sabían si tendrían que cerrar antes de tiempo. «Depende de cómo se ponga esto», aseguraba en catalán un camarero chino.

Las tiendas y restaurantes de los alrededores estuvieron llenos toda la tarde La noche se presumía intensa y larga, pero los manifestantes iban preparados para presionar: mochilas y bolsas con botellas de agua y bocadillos. El discurso de Puigdemont no gustó ni a los suyos.

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