El rey y la policía, los grandes favoritos de un público entregado

Abarrote histórico en el Paseo de la Castellana en un desfile marcado por la crisis en Cataluña


madrid / la voz

«Yo soy español, español, español». Retumba la línea 10 del metro de Madrid con el cántico que se popularizó durante el Europeo de fútbol del 2008, el del gol de Torres. Todavía falta una hora para que comience el desfile del Día de la Fiesta Nacional y los viajeros en los vagones parecen sardinas dentro de sus latas. Antonio estudia con su mujer la conveniencia de bajarse en la parada de Nuevos Ministerios o en la de Cuzco, ya que la del Bernabéu, la mejor situada para presenciar el paso de las tropas, en donde se encuentran los palcos de las autoridades, permanecerá cerrada durante toda la mañana por razones de seguridad, y los convoyes pasarán de largo. Cualquiera estará abarrotada.

Las previsiones de asistencia eran tan elevadas que obligaron a la organización a trasladar el desfile hasta el Paseo de la Castellana, para poder acomodar al público a lo largo de esta kilométrica avenida. ¿El motivo? «El año pasado llovió a cántaros», recuerda una señora a la que le acaban de ceder un asiento y que presume de no haber fallado a ninguna de las últimas ediciones. «Pero la única razón es que hemos despertado», apunta. Antonio asiente con la cabeza y evidencia que a nadie se le escapa lo que está sucediendo en Cataluña. «El rey ha hecho mucho. Ha sido el que ha cambiado las cosas», dice. Finalmente se bajarán en la parada de Nuevos Ministerios, donde la mayoría. Una marea humana roja y amarilla avanza con lentitud buscando la salida al exterior. Fuera, en la calle, se agolpan varios vendedores ambulantes que buscan sacar provecho del fervor nacional para ganar unos duros: banderas, banderines y banderolas de España, bufandas, gorras, llaveros… Una madre colombiana acaba de comprar dos de las pequeñas para sus hijos, nacidos aquí hace siete y nueve años. Ya las ondean orgullosos.

Parece que en los últimos días muchos han dejado atrás el miedo a agarrar con fuerza este trozo de tela bicolor sin la necesidad de celebrar un Mundial, haciendo buena la teoría de que el desafío secesionista ha logrado cohesionar a la población del país alrededor de una bandera. La cuestión independentista está muy presente. Entre las muchas enseñas nacionales que cuelgan de los balcones de esta céntrica zona de la capital, destacan algunas pancartas con mensajes repetidos durante las últimas semanas, como «No estáis solos», dirigido a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, «Cataluña es España» o incluso el también ya célebre «Puigdemont, a prisión». 

Salvas de cañón

De repente atruenan en el cielo de Madrid las salvas de cañón que con las que da comienzo la ceremonia. Los gritos de «¡Viva España!» y «¡Viva el Rey!» se repiten constantemente. Por ahí viene la Patrulla Águila, ahí entra el grupo de Regulares de Melilla, con su uniforme de gala, que recuerda al de la Guardia Mora; los especialistas de montaña, con los esquís a la espalda; y la Legión, con su cabra, por supuesto. Pero este año la gran novedad es la policía, invitada por Defensa.

El tramo final queda empañado con una noticia de última hora: una de las naves que participó en el espectáculo aéreo se ha estrellado en Albacete. Se confirma la muerte del capitán Aybar.

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