La CUP se suma a la pinza de Puigdemont a Junqueras

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Primeras noticias de la CUP, que han sido los últimos en llegar a la campaña porque juegan con un reglamento propio y han necesitado unos días para enviar al paro a todas las caras conocidas (adiós, Eulàlia; adiós, Anna Gabriel) y sacar una nueva hornada de políticos antisistema. Es como Operación Triunfo, pero en formato asambleario. Su nuevo líder se llama Carles Riera y es un histórico de los que lleva martilleando con que Catalonia is not Spain desde el año de la polca.

Ayer entró en escena con dos mensajes. Uno para Junqueras y Rovira: se suman a la pinza de Puigdemont y no facilitarán la gobernabilidad de la autonomía. Solo investirán, incluso se sumarán, a un Gobierno que esté «comprometido con la república catalana desde el momento cero» y con la unilateralidad «como única vía». Es decir, un escenario muy parecido al que plantea la candidatura de JxCat, en cuyo programa se dice textualmente que «estas elecciones son para restaurar la democracia, no para elegir un nuevo presidente», porque ya existe y se llama Carles Puigdemont.

Este anuncio tiene varios posibles análisis. El primero es que la CUP se va haciendo mayor y ha bajado su umbral de exigencia. En apenas dos años han pasado de enviar a Artur Mas a la papelera de la historia, a confiar en los mismos líderes que los traicionaron cuando proclamaron la república, apagaron la luz y se fueron a casa, unos a esperar el burofax de la Audiencia Nacional, y otros a preparar la maleta para huir a Bruselas.

Si después del 21D no vetan a Puigdemont, Rovira y Junqueras, como hicieron en el 2015 con Mas, perderán toda la credibilidad.

La otra lectura es que si la CUP es consecuente con su promesa y no se apunta al procesismo perpetuo (es decir, a intentar vivir del cuento ad infinitum), la idea de ver a Arrimadas o Iceta al frente de la Generalitat empieza a no ser descabellada.

Porque el anuncio de la CUP divide definitivamente al independentismo en dos mitades: los que tienen algo que perder o ya han perdido demasiado, y los que todavía no han pasado por la Audiencia Nacional ni la cárcel de Estremera. Los primeros se conforman con volver a un escenario previo a la locura iniciada por Mas en el año 2012, no pasar demasiados años en prisión y dejar la independencia para mejor ocasión. Los otros, con Puigdemont al frente, aún viven en la ensoñación de la república proclamada.

El segundo mensaje de Carles Riera fue directamente a la línea de flotación de Podemos. Acusó a Pablo Iglesias y Ada Colau de emprender «un viraje al centro para apuntalar el Estado en Cataluña». El voto de los comunes, por ser el menos identificado con ninguno de los dos frentes, es el más codiciado. Y la CUP ha sido la primera en intentar sacar rédito a la foto de Pablo Iglesias en los festejos de la Constitución, «con la monarquía, el Ejército, la Guardia Civil y la Conferencia Episcopal».

A poco más de año y medio de que se convoquen las elecciones municipales, Pablo Iglesias se está dejando muchas más plumas en Cataluña de lo que imaginaba. Cada vez se entiende mejor qué pronosticaba la bola de cristal de Carolina Bescansa y por qué la purgaron.

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