El secesionismo se aleja del escaño 68

Recurrirán a las emociones en el cierre para buscar un vuelco


Cuando no llega con los argumentos políticos y la gestión económica es indefendible, el recurso del independentismo ha sido siempre el de echar mano de las emociones. Tomar la calle, exacerbar las pasiones y recurrir a las alambicadas coreografías de masas, sin miedo a las reminiscencias de las antorchas nocturnas, les ha funcionado siempre bien cuando las cosas se han puesto difíciles. A menos de una semana de las elecciones, en los cuarteles independentistas -tanto en los que tienen su sede en Estremera como en los que reciben en Bruselas- empieza a cundir la sensación de que el maldito escaño 68, el que otorga la mayoría absoluta, se aleja. Y, más que al último debate, que tradicionalmente sirve para movilizar al voto dudoso, lo fían todo a al diseño de vistosos golpes de efecto en el final de campaña.

Aquí, al contrario de lo que ha estado sucediendo hasta ahora, es Oriol Junqueras quien parte con ventaja. Cuando a Puigdemont se le había borrado ya la cara de susto de la fuga y empezaba a encontrarse confortablemente cómodo en el falso exilio bruselense, su fiel Elsa Artadi le ha dicho que prepare las maletas porque a lo mejor es necesario mudarse a Perpiñán y hasta cruzar la frontera el día 19.

Puigdemont sopesa volver

La idea es presentarse por sorpresa en plena noche en alguna población fronteriza de Cataluña, como un Lenin recién llegado a Petrogrado tras su odisea en tren desde Zúrich, y participar en un mitin para después dejarse detener en pleno cierre de campaña, de manera que los catalanes vayan a votar con otro mártir en prisión. Preferiría no hacerlo, responde Puigdemont, como el Bartleby de Melville, pero puede que esa sea la única posibilidad de que su falaz discurso de la restitución del presidente legítimo no se desmorone.

En Junts per Catalunya tienen ya claro que eso solo funcionará si la lista de Puigdemont es la más votada, porque Junqueras va a lo suyo. Y, con las encuestas en la mano, para superar a ERC le haría falta un arreón final que solo puede llegar por la vía de la épica. El problema es que ERC prepara también su propia performance para el cierre de campaña, con las masas guardando vigilia ante la prisión de Estremera, como si fueran activistas frente el corredor de la muerte, y cantando Els Segadors a voz en cuello y a capela para que el líder preso pueda escucharlo desde la soledad de su celda.

Enfrentados al dilema del prisionero, Puigdemont y Junqueras han optado por no colaborar y traicionarse el uno al otro, que como todo el mundo sabe es la peor opción cuando en el juego se busca maximizar el beneficio global. En este caso, del independentismo. Y, para colmo de males, con esa estrategia, que puede llevar a un empate entre ERC y Junts per Catalunya, están multiplicando las opciones de que Ciudadanos acabe ganando las elecciones. Y, gobierne o no Inés Arrimadas, declarar la independencia en un territorio en el que el partido más votado es el más furibundamente antiindependentista es un objetivo que puede resultar bastante ridículo.

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