Carles Puigdemont: La voluntad de una única idea

La épica retrata al candidato de Junts per Catalunya obsesionado desde joven con hacer de Cataluña un estado diferente a España

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Redacción / La Voz

Lo que dicen las biografías de Carles Puigdemont suena a épica o, lo que es lo mismo, a posverdad. Porque resulta increíble pensar que el hoy fugado expresidente de la Generalitat solo pasase por los peajes en los que pusiese peatge («por si nos cuentan», dicen que decía). Que en vez del puente aéreo Barcelona-Madrid siempre hiciese escala en Bruselas (lo que no deja de ser una ironía) para entrar por «llegadas internacionales». Que cuando viajaba por Europa con su DNI catalán se inscribiese de noche porque «el personal de servicio que era gente inmigrante, con un nivel de inglés y francés muy inferior al mío y podía colar el carné y nadie discutía mi nacionalidad». Que solo beba vinos del Ampurdán. Que mucho antes, con 15 años, se quejase de que la presencia de Cataluña en los libros de texto no era suficiente.

Lo que sí parece cierto es que la familia le encamina al nacionalismo. Sus padres, Xavier y Núria, vecinos de Amer (Gerona) regentaban una panadería (Puigdemont) que pertenece a la familia desde 1928. Tienen ocho hijos (Carles es el segundo) y les inculcan el valor del trabajo y el esfuerzo. Junto a sus padres está su tío, Josep Puigdemont, que fue el primer alcalde de la democracia de Amer por CiU. El joven Carles, con 17 años le echa una mano en la campaña electoral redactando algunos escritos.

El cierre de la campaña autonómica de 1980, con Jordi Pujol en pleno esplendor, es su primer mitin, un momento importantísimo en su vida. Decide poner en marcha la agrupación juvenil de Convergència en su ciudad. Para entonces, ya es separatista «cuando no había separatistas en Convergència»; los cachorros de Pujol, más rurales que el capitalino y burgués presidente, van un paso por delante del honorable, que no acaba de aceptar eso de Catalonia is not Spain.

El amor por el periodismo también arraiga pronto en Puigdemont. Escribe en una revista local, Esplet, y a los 16 ejerce de corresponsal en su pueblo de Los Sitios (más tarde Diari de Girona) con crónicas futbolísticas. Aunque empieza Filología Catalana en Gerona, pronto abandona la carrera (un accidente muy grave en 1983, del que tiene algunas secuelas en la cara, fue el detonante) y se decanta por el periodismo (que no puede cursar porque solo lo hay en Barcelona). Lo contrata como corrector Punt Diari (ahora El Punt Avui), donde pasa quince años: como redactor, responsable de Comarcas, jefe de sección, redactor jefe y jefe de área. Intenta ser director pero pierde frente a Xevi Xirgo.

Tras una ruptura amorosa, en 1993, se toma un año sabático y recorre varios países de Europa. Ya se maneja con soltura en inglés y francés, por lo que puede captar cómo se ve Cataluña desde el exterior. Y le sorprende que en los hoteles, cuando exhibe su carné catalán, le contesten con un «Cata... What?». Eso le da pie para un libro sobre cómo Cataluña es vista por la prensa europea.

Un giro hacia la gestión

A su regreso a Gerona decide dejar el periódico y fundar una pequeña empresa de comunicación. Es 1995. Cuatro años más tarde creará, con ayudas públicas, la Agència Catalana de Notícies (ACN); la agencia funciona solo por Internet, y es donde abre los ojos a las nuevas tecnologías, una camino que no abandonará más. Después (2004) funda Catalonia Today, un medio para hablar de Cataluña en el y desde el mundo, hoy en el universo de Punt-Avui y dirigido por la que es su esposa, la filóloga (de inglés y francés) rumana Marcela Topor.

En el 2006, Puigdemont recibe el encargo de dirigir la Casa de Cultura de Girona y da el salto a las elecciones: resulta elegido diputado. Un año después lo intenta con la alcaldía, sin suerte. Gana el puesto de alcalde cuatro años más tarde, en el 2011. Y otros cuatro años después preside la activa Associació de Municipis per la Independència (AMI), último peldaño antes de la presidencia de la Generalitat.

¿Cómo es Puigdemont? Pocos lo saben. De niño era discreto, amante de la historia y geografía de Cataluña, y poco amigo de las ciencias. Sus amigos lo califican de muy ordenado, impaciente, buen orador, perseverante y apasionado cuando algo le interesa. Precisamente, estas virtudes parecen ser también sus defectos: se puede hablar con él pero no acepta fácilmente las críticas; en el fútbol y en la política es «chupón» (personalista, dicen sus colaboradores); y hay quien cree que no tiene perfil de líder porque solo trabaja para su grupo de referencia. Algún amigo lo define como frío y calculador.

Lo cierto es que hasta enero del 2016 era un personaje tan secundario en Cataluña que cuando fue elegido presidente se escribieron cuatro biografías en menos de tres meses.

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