Cristina Cifuentes, el penoso final de la progre del Partido Popular

El personaje de la Cifuentes renovadora fue en cierta medida una creación de su todopoderosa jefa de comunicación, Marisa González, que ya había conseguido la proeza de convertir al conservador Alberto Ruiz Gallardón en un político bien visto por la progresía

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«El tiempo de los corruptos ha llegado a su fin en la Comunidad de Madrid». Esta frase lapidaria la pronunció Cristina Cifuentes (Madrid, 1964) hace poco menos de un año en los actos del Dos de Mayo. La ya expresidenta, hija de un general de artillería coruñés y de un ama de casa ourensana, la séptima de ocho hermanos, estaba en el culmen de su carrera política, convertida en el símbolo de la regeneración de un partido anegado por gravísimos casos de corrupción que se habían llevado por delante a Esperanza Aguirre y a la cárcel a Ignacio González y Francisco Granados.

Tras un mes de lenta agonía, ha pasado de ser la gran esperanza blanca del PP y potencial sucesora de Mariano Rajoy a verse obligada a dimitir en condiciones penosas. Ni Gürtel ni Púnica ni Lezo la habían desgastado, pero finalmente, tras solo dos años y diez meses en el cargo, ella también ha caído por un máster falso, las consiguientes mentiras que empleó para defenderse y la filtración desde las cloacas de un vídeo sobre su intento de hurtar dos cremas por valor de 40 euros en el 2011 en un supermercado. Un final cruel, humillante e indigno para una política que decía haber venido a purificar la vida pública, que había hecho bandera de la honestidad y la cultura del esfuerzo mientras guardaba en el armario la vergüenza de un máster regalado y el vídeo cutre del hurto, que alguien había guardado para chantajearla o, como así ha sido, darle la estocada final.

Transformismo

El personaje de la Cifuentes renovadora fue en cierta medida una creación de su todopoderosa jefa de comunicación, Marisa González, que ya había conseguido la proeza de convertir al conservador Alberto Ruiz Gallardón en un político bien visto por la progresía. Y se aprestó a repetir la operación con la recién nombrada delegada del Gobierno. Era una tarea difícil, porque la madrileña empezó a militar en las Nuevas Generaciones de AP a los 16 años, desde 1991 ocupaba cargos públicos ininterrumpidamente y conocía perfectamente los oscuros engranajes y la sinuosa forma de actuar del PP madrileño.

Cifuentes, con la ayuda de su spin doctor particular, se fue forjando, como Gallardón, una imagen de verso suelto hasta convertirse en la progre del PP: republicana, agnóstica, partidaria del aborto y el matrimonio homosexual, moderna, sin complejos, con cinco tatuajes en su cuerpo, y motera hasta que, en agosto del 2013, estuvo a punto a de morir en un accidente. Esta imagen progre tenía una parte de construcción e impostura. No hay que olvidar que Cifuentes hizo sus pinitos como tertuliana televisiva, una de las palancas de su fulgurante ascenso, en Intereconomía y 13 TV, las dos cadenas más a la derecha.

Tras haber sido una delegada del Gobierno estrella, donde no dudó en reprimir duramente las protestas ciudadanas, llegó a la Comunidad de Madrid con aires renovadores. Se quiso desmarcar del pasado del partido, que también era el suyo, para transformarse en el mirlo blanco de la regeneración de una formación que había estado sumida durante muchos años en una guerra de dos facciones, lideradas por González y Granados, dedicadas presuntamente a saquear las arcas públicas. Cifuentes se hizo más enemigos dentro de su partido que fuera, ya que no le perdonaban que una mujer de la casa de toda la vida se erigiera ahora en azote de la corrupción como si fuera una recién llegada.

Dispuesta a resistir

El propio Granados, en su declaración judicial, la acusó de estar al tanto de todos los manejos en las campañas por su supuesta relación personal con González. Cifuentes había pisado demasiados callos y hacía dos años que circulaban por Madrid dosieres negativos sobre ella.

Cuando El Diario.es destapó el escándalo de su máster falso, en lugar de disculparse emitió un vídeo en el que, de forma chulesca, decía: «A quienes queréis que me vaya: no me voy, me quedo, voy a seguir siendo vuestra presidenta», mientras blandía el acta falsificada de su inexistente TFM. Creía que eso valía. No ha sido así. Estaba dispuesta a resistir, aun a costa de hundir el prestigio de la universidad pública. Lanzó un órdago a Rajoy, trasladándole que solo se iría si él se lo pedía. Era tarde. Este ya había bajado el pulgar. Misteriosamente, el vídeo apareció en el momento oportuno para forzar su dimisión. Hace un año desveló un componente de su estrategia. «Cuando te reúnes con hombres y te haces la rubia, pero sin bajar la guardia, consigues muchísimo». Esta vez no le ha servido. Un máster falso, sus mentiras y una cinta de vídeo se la han llevado por delante.

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