Mariano Rajoy, algo más que un gallego impasible

El ya expresidente se va tras afrontar las mayores crisis económica y política de la historia reciente española


redacción / la voz

«¡Esto es intolerable!». Mariano Rajoy salió de su habitación en el parador de Pontevedra con La Voz de Galicia en sus manos, abierta y doblada por la página en la que estaba una de las noticias bomba de la campaña de las autonómicas gallegas del 2009. El BNG, que en aquel momento compartía poder con el PSOE en la Xunta, había desviado un autobús lleno de jubilados que iban de excursión a Portugal hacia un mitin que los nacionalistas celebraban en el hotel Glasgow, de Oia. Aquel día Rajoy cambió su agenda de campaña. Llamó a Rafael Louzán, y en cuestión de un par de horas le organizó un mitin donde no había ni un sitio libre, en el mismo hotel donde el Bloque había perpetrado su polémico acto electoral el día anterior. Sabía dónde y cómo hacer daño, con una intuición innata para reconocer los momentos álgidos. Quizás por eso se especializó en dirigir las campañas electorales del PP.

Esta anécdota refleja en su justa medida el instinto político de Mariano Rajoy, nacido en Santiago en 1955, criado en León, donde su padre ejercía como juez, pero de Pontevedra de toda la vida. En León vivió la etapa donde las personas se construyen, entre los 5 y los 15 años, empapándose de la filosofía de los jesuitas y de la prudencia de su padre, descubriendo su afición por la bicicleta, que con los años fue transformándose en una elíptica que castiga cada día, a primera hora de la mañana, en el gimnasio de la Moncloa.

En aquella campaña del 2009 que finalmente Feijoo ganó por un solo diputado que perdió el Bloque en la provincia de A Coruña, Rajoy renunció a los grandes mítines. Recorrió pequeñas aldeas y villas de tamaño medio por todas las esquinas de Galicia. La gente se le acercaba y le hablaba en gallego. Pero él siempre respondía en castellano. Rajoy apenas caía en el elitismo sobreactuado de algunos de sus compañeros de partido, pero le parecía poco natural hablar la lengua de su tierra pese a lo insistente que había sido Fraga con este asunto. En los últimos años, lo estaba intentando con el inglés.

Algunos de los que fueron sus colaboradores más estrechos no reconocen en Rajoy ese cliché tan extendido que lo define como poco trabajador y algo impasible, reacio a decidirse hasta que no le queda más remedio. El que fue el registrador de la propiedad más joven de España, con 24 años, a pesar de dedicarse a la política desde 1981, conservó hasta su madurez ese gesto imperceptible y hierático, quizás triste, de los notarios y los registradores adormecidos en sus despachos oscuros. «Es una persona que no es dogmática, y quizás de ahí le viene esa apariencia de indeciso. Pero no lo es en absoluto. Al contrario. Detectaba los problemas 24 horas antes que nosotros. Y eso es una ventaja», asegura uno de sus excolaboradores.

En Madrid se entiende mal el sentido del humor gallego. Pueden reírse, pero es difícil que interpreten todas las claves de una reacción basada en la retranca, que Rajoy tanto practica en su innegable habilidad como parlamentario, reconocida por sus más acérrimos enemigos. «A lo largo de los años que estuve con él descubrí que el carácter gallego es más bien un síntoma de inteligencia que de indecisión», asegura alguien que estaba presente cuando tomó alguna decisión difícil.

Como presidente del Gobierno tuvo que gestionar la crisis económica más grave, que finalmente enderezó llevando a muchos españoles hacia grandes sacrificios. También el mayor desafío político con la deriva secesionista catalana, donde incluso desde sus propias filas se le criticó por actuar tarde y mal. Asistió a la descomposición de parte de su partido por la corrupción, en un proceso muy similar al que vivió Felipe González a principios de los noventa. Y como ministro del Interior -fue también vicepresidente de Aznar, portavoz y ministro de Administraciones Públicas y Educación-, aún le tocó asistir a entierros de compañeros y de otras víctimas inocentes asesinadas por ETA. Debió de haber alegrías en su larguísima vida política. Pero también sufrimiento y soledad.

El presidente del PP es sin duda un hombre de derechas. Pero nadie sabría decir si es conservador puro, liberal o democristiano. Quizás Rajoy solo ha practicado el rajoísmo, una forma de ejercer la política tan desideologizada como personal. Se guiaba por el sentido común y el orden, pero eso no le evitó cometer graves errores e imprudencias, como su mensaje telefónico a Bárcenas - «Luis, sé fuerte»-, que ha pasado a la historia. O sus manos de mantequilla para desterrar la corrupción de su partido. Pero precisamente por su escasa propensión al radicalismo fue muy criticado desde la fundación FAES de José María Aznar, que en el 2003 le dijo: «Mariano, te ha tocado». Con esta economía lingüística de genuino castellano, prefirió a Rajoy y desterró a Rato. Vista la trayectoria posterior del que había sido su vicepresidente económico, tal vez Aznar sea el único que piensa que pudo haberse equivocado.

Quizás Rajoy empezó a percibir los signos del declive aquel día triste de finales del 2015 en el que un joven de 17 años le propinó un puñetazo mientras paseaba por su ciudad, Pontevedra, la misma cuya corporación lo declaró persona no grata poco después. Nunca ocultó su disgusto, pese a su proverbial impenetrabilidad. Desde entonces ha vivido un viacrucis político del que en buena medida es corresponsable y que ha desembocado en esta moción de censura que va a llevarlo a conocer la puerta de atrás del poder, algo que nunca habría querido. 

En estos momentos difíciles quizás recuerde otra moción de censura que vivió en primera persona, y no precisamente aquel ensayo de márketing político que hace solo un año le presentó Pablo Iglesias. Más bien se acordará de aquella moción que le plantearon al primer presidente de la Xunta, Gerardo Fernández Albor, después de que Rajoy se convirtiera en 1981, con 26 años, en el diputado más joven del primer Parlamento autonómico. 

La moción contra Albor

En septiembre de 1987, cuando Albor fue despojado del poder, Rajoy también tuvo que dejar su cargo de vicepresidente, enfrentándose a una coalición de intereses casi tan diversa como la que ahora va a sacarlo de la Moncloa. Encargado de contrarrestar la moción de los de Fernando González Laxe, fue el único en utilizar el castellano en el hemiciclo, algo que le recriminó Beiras. Como hizo ayer, achicharró a preguntas a los promotores de la moción y recurrió prácticamente a los mismos argumentos, como puede consultarse en el diario de sesiones. «Pretenden acceder al Gobierno con los votos que no tuvieron en las elecciones y con los votos que este Gobierno sí tuvo en las elecciones», proclamó. «Usted dijo -se refería a Antolín Sánchez Presedo- que hay que terminar con el espectáculo. Mucho me temo que lo más que puedo concederle es que estamos en el momento más álgido del espectáculo». Rajoy en estado puro, pero hace 31 años. 

En la torre de control

Bastante tiempo después, en el 2002, Aznar le encargó que buscara una solución para el desaguisado del Prestige. Se trajo para la torre de control marítimo de A Coruña a su mano derecha, su jefe de gabinete, Francisco Villar, el único hombre capaz de enfrentarse a él y decirle cuatro verdades hasta su fallecimiento en el 2011. Junto a él llegó a A Coruña una jovencísima abogada del Estado que se llamaba Soraya Sáenz de Santamaría. Aquella crisis que tuvieron que lidiar juntos la convirtió en una de sus principales colaboradoras, junto con Jorge Moragas. Rajoy solía rodearse de reducidos equipos de confianza, pero muy eficientes. «Sabía que no servía de nada tener grandes ideas si no tenía gente buena para ejecutarlas», dice alguien que trabajó con él en aquellos tiempos. «Un día de mucho trabajo por la marea negra alguien propuso ir a cenar fuera. “Estáis locos. ¿Sois conscientes del lío que se puede montar si nos ven?”, nos dijo».

A Rajoy, sin embargo, le gustan las buenas sobremesas -ayer tuvo una tan larga como criticada en un restaurante próximo al Congreso- y, muy especialmente, las celebraciones en torno a un buen cocido gallego, que solía coronar con un puro. Como referencia, en un día de campaña de las generales del 2000 llegó a fumarse tres habanos y no le importaba que lo fotografiaran haciéndolo. Unos años después ya pedía a los fotógrafos que no lo hicieran. Ahora, eso parece, ya no fuma. Aunque con Rajoy nunca se sabe.

En el Congreso, el presidente del PP recuerda a un parlamentario de otra época, tanto por su talante como por su aspecto. Al conde de Romanones, por ejemplo, al que solía citar, quizás porque, como él, vivió adosado a la política en el esplendor de su vida. Fue nombrado ministro más de diez veces y presidió el Gobierno en tres ocasiones. También fue Romanones el autor de esta frase tan aciaga: «Los amigos suelen abandonarnos a la hora de la desgracia; los enemigos nos siguen hasta la muerte».

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