santiago / la voz

Mariano Rajoy (Santiago, 1955) fue, desde muy joven, un señor de Pontevedra. Sus biógrafos se han empeñado en saltarse las etapas de crecimiento infantil y juvenil en León -como Feijoo- para fijar su primer hito de relevancia en la conquista de una plaza como registrador de la propiedad. La gracia es que lo hizo con tan solo 24 años, el más joven de España, pero ese aburrido punto de inflexión convirtió en ordinario todo lo demás. Poco se ha hablado de sus aceptables dotes para el deporte, su facilidad para hacer amigos o su obsesión por las calificaciones, cuestiones más pegadas a lo emocional que a lo curricular y que también forjan una vida, según los apóstoles de la nueva educación. Buenos estudiantes con una memoria prodigiosa hay muchos, uno en cada clase, pero no llegaron a presidentes del Gobierno.

EStirpe jurídica

El camino marcado. Nieto de Rajoy Leloup, redactor del Estatuto de Autonomía en 1932, e hijo de Mariano Rajoy Sobredo, que fue presidente de la Audiencia Provincial de Pontevedra, su camino entre libros, apuntes y oposiciones quedó marcado hasta que se aseguró una plaza, igual que hicieron sus hermanos Luis (notario fallecido), Enrique y Mercedes. Muy unidos desde la infancia, todos siguieron la senda y acabaron como aparentemente grises registradores de la propiedad. Con el futuro resuelto, y tras un accidente que le dejó marcas en la cara que todavía esconde con la barba, la política se cruzó en su vida. Lo que ocurrió a continuación sorprenderá.

Política en galicia

Un tobogán. Tras cumplir el servicio militar limpiando las escaleras del cuartel en Valencia, se afilió a Alianza Popular e irrumpió en las listas conservadoras en las primeras autonómicas de Galicia de 1981. Tenía 26 años. Entonces cerró los ojos y se metió en un tobogán que acabó con un planchazo sobre un copazo de whisky el pasado jueves en un restaurante de la Puerta de Alcalá, 37 años después. Todavía con la barba oscura, dio un par de vueltas por la política gallega. Antes de cumplir los 30 fue director xeral de Relacións Institucionais y alguien decidió que se tenía que meter en un piso de la Rúa do Vilar compostelana, muy cerca de la casa en la que vivió sus primeros meses de vida. Pronto dio dos pasos atrás para tomar impulso en la política local. En Pontevedra, su ciudad de referencia vital, tampoco toreó demasiado, porque su misión era ponerse al frente de la Diputación provincial. Ese tic tan suyo de abrir los ojos para enfocar debe de venir de aquella época, cuando todo empezaba y el asombro era rutina.

AL CONGRESo

Y vuelta a la Xunta. Al Congreso de los Diputados llegó con 31, cuando llevaba años siendo un señor que ya no desentonaba entre los políticos de pelo gris. Su paso por Madrid fue breve porque le esperaba la vicepresidencia de la Xunta junto a Fernández Albor. Sin salir del año 86, fue reclamado a filas en Galicia como vicepresidente autonómico -va a ser cierto que nunca llamó a una puerta, como sostuvo ayer- para compensar la salida del Gobierno de Xosé Luís Barreiro. Se barruntaba la primera moción de censura que prosperó en España y que dejó fuera de juego a Alianza Popular en Galicia, y a Rajoy ante la disyuntiva de recuperar su puesto de registrador, en Santa Pola (Alicante), y de poner fin a un intenso lustro plagado de sinsabores. De insistir en su profesión podría haberse forrado, literalmente, pero aquel señor treintañero decidió que tenía una cuenta pendiente con la historia.

Hombre de partido

La refundación de AP. Si hubo un tiempo en el que Rajoy estuvo cerca del Partido Popular fue entre 1989 y 1996. Con la refundación de AP, Fraga tomó las riendas en Galicia y el diputado por Pontevedra, ahora sí, se distanció de su tierra para sumarse al equipo de José María Aznar. Lo sorprendente es que cuando el castellano llamó a su despacho al gallego apenas se conocían, o no tenían una relación tan consolidada como para entrar en el comité ejecutivo nacional del PP. Una vez más, no llamó a la puerta, le hicieron pasar. Su relación con el fundador del partido, acomodado ya en la Xunta, tuvo momentos neutros y otros peores. En cualquiera de esas etapas pudo decirle aquello de «cásese y aprenda gallego», que solo atendió a medias. Hay pruebas de su boda en A Toxa. Elvira Fernández existe, por más que haya optado por un discreto e intachable perfil bajo. De Rajoy hablando el idioma del país no hay constancia.

ENTRA EN EL GOBIERNO

El ministro discreto. Entre 1993 y 1996, Aznar, incapaz todavía de tumbar a González, montó un Gobierno en la sombra que se empezó a visualizar en los platós de televisión de los incipientes canales privados. Entonces emergieron varias figuras populares ahora cuestionadas, como Álvarez Cascos, Esperanza Aguirre, Isabel Tocino o Rodrigo Rato, que cada semana daban la lección con alharacas ante el periodista Jesús Hermida. El opositor pontevedrés, con un dicción más bien torpona y un exceso de sensatez no apta para guerras de audiencias se quedó al margen de aquella estrategia catódica que acabó con el PP en el poder. Mariano seguro que no lo pidió, hay que creerle, pero acabó con la discreta cartera de Administraciones Públicas en sus manos. Su perfil fue creciendo desde un cargo ajustado a su carácter, sin demasiado relumbrón, que le permitía seguir disfrutando de la vida, del ciclismo en la tele, del fútbol, de los puros y de su primer hijo, que llegó cuando ya está al frente del Ministerio de Educación. Esa vida acomodada, la que vivió siempre sin disimulo, se fue comprimiendo, y los fines de semana en Sanxenxo se espaciaron cuando asumió las riendas de la campaña electoral del 2000, en la que Aznar se encumbra con 10,3 millones de votos. Rajoy fue el armadanzas silencioso de la primera gran victoria de la derecha en España. Pero en el tramo final de la legislatura triunfal se manchó por primera vez los zapatos. La crisis del Prestige le obligó a dar la cara mientras el resto del Gobierno andaba a otras cosas. Los «hilitos de plastilina en estiramiento vertical» se convierten en su primera frase para la historia de su tragicomedia política. Hubo más.

El dedo de aznar

«Mariano, te ha tocado». A finales de agosto del 2003, Aznar desveló el contenido de su libreta azul. Rato era el señalado, pero Rajoy fue el heredero. «Mariano, te ha tocado», le dijo. En condiciones normales, el exministro de Interior tendría todos los boletos para al menos ser el candidato más votado, pero los atentados del 11-M hicieron descarrilar su carrera hacia la cumbre. «Tengo la convicción moral de que fue ETA», dijo antes de votar. Los SMS lo situaron a golpe de «¡pásalo!» durante ocho años en la oposición, en una montaña rusa de la resistencia en la que su prestigio subía y bajaba a medida que el partido se iba comportando en las elecciones locales y autonómicas. La peor crisis económica y el desgobierno final de Rodríguez Zapatero tuvieron un efecto redentor para el paciente pontevedrés, que, tras salvarse de un accidente en helicóptero, resistió y ganó con una mayoría que consiguió tapar los primeros signos de putrefacción dentro del partido.

DoS VELOCIDADes

Mayoría y «no es no». Ya en el poder, la figura de Mariano Rajoy adquirió tintes de personaje. Se enfrentó a la salvaje depresión los cuatro primeros años con decisiones durísimas y exhibiendo una paciencia franciscana ante los mensajes de Aznar, en ocasiones humillantes. Sus relaciones con los medios se fueron deteriorando y el desapego general, sumado a la aparición de nuevas fuerzas, le ponen en el 2015 ante los peores resultados del PP. Sufrió antes que ningún otro presidente el efecto aislante de la Moncloa, y ya solo asomó la barba blanqueada para combinar brillantes intervenciones parlamentarias con surrealistas sentencias improvisadas que ahora se compilan en las redes como si fuera un Churchill de la comedia. En algún momento de esta inopinada carrera, Rajoy perdió la noción del tiempo y la corrupción empezó a cobrarse, en diferido, una de sus frases gloriosas: «Todo es falso, salvo alguna cosa».

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Mariano Rajoy, un señor prematuro que se rebeló contra el reloj