El caso Montón reabre la polémica sobre la tesis fantasma de Pedro Sánchez

Razones por las que el presidente del Gobierno intentó sostener a su ministra de Sanidad

Rivera cuestiona la tesis doctoral de Pedro Sánchez Ha planteado sus dudas en el Congreso

Madrid | La Voz

¿Por qué Pedro Sánchez ratificó a Carmen Montón? Es la gran pregunta sin respuesta que deja la convulsa jornada de ayer. Sin duda, el presidente del Gobierno era plenamente consciente de las muchas irregularidades que planeaban sobre el máster de su ya exministra de Sanidad en la Universidad Rey Juan Carlos. La publicación a cuentagotas de nuevos detalles que ponían cada vez más en entredicho la manera en la que había logrado el título, unidas a las vagas e inconexas explicaciones ofrecidas por Montón, necesariamente tuvieron que disparar todas las alarmas del jefe del Ejecutivo. Pero aún así este decidió salir en su defensa. «Está haciendo un extraordinario trabajo, y lo va a seguir haciendo», comentó Sánchez rodeado de una nube de periodistas a la salida de la sesión de control del Senado.

Apenas tres horas después, Montón acabó oficializando su renuncia tras la revelación por parte de La Sexta de que buena parte de su trabajo de fin de máster había sido fusilado, provocando que el vaso acabara por colmar. Sánchez era consciente de que podría arrepentirse en poco tiempo de sus palabras, pero aún así, tras haber estudiado con detalle las cartas que llevaba, decidió asumir el riesgo.

Existen varias razones que le invitaron a pensar que quizá acabaría saliendo airoso. Se habla de la plena confianza que tenía en su titular de Sanidad, que le demostró lealtad en sus horas más bajas, pero no parece un argumento de suficiente peso para el líder de un Gobierno que llegó al poder con un mensaje de ejemplaridad y transparencia, y que la pasada primavera impulsaba una moción de censura en la Comunidad de Madrid para arrebatarle la presidencia a Cristina Cifuentes, envuelta en un caso muy similar.

Sí parece que influyó en su intento de sostener a Montón la situación incómoda o alejada en la que se encuentran los otros partidos respecto a esta cuestión. Aquí el gran hueso tendría que ser el PP, pero precisamente en este asunto, con su presidente bajo sospecha, están atados de pies y manos. La directriz de Casado sigue siendo contemporizar; dedicarse a explicar las diferencias entre los dos casos y evitar cualquier tipo de ataque frontal. El pacto de no agresión entre Génova y Ferraz en este asunto resultaba más que evidente en las últimas horas.

Sánchez tampoco se encontró con una especial beligerancia por parte de Ciudadanos, el otro partido en la oposición. En plena diada independentista y con casi todos sus efectivos en Cataluña, la formación de Albert Rivera se mostró incapaz de reaccionar a la crisis de Gobierno. Ni una sola palabra. Fuentes autorizadas del partido informaron a última hora de ayer que se guardaban las reacciones para este miércoles. Falta Podemos, sus socios de Gobierno, que en las primeras horas jugaron a un aprieto pero no ahogo, limitándose a pedir la comparecencia de Montón en el Congreso para que esclareciera las dudas sobre sus estudios y amagando con solicitar su dimisión solo si estas no acababan de convencer. El propio Pablo Iglesias reconoció que lamentaba mucho -«me duele en el alma»- la salida de uno de los miembros del Ejecutivo  que consideraba más competentes.

Pero tras estas razones se oculta otra que afecta directamente al despacho presidencial de la Moncloa: la tesis de Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno se muestra reacio desde hace años a publicar su trabajo de doctorado y tan solo permitió la consulta del original a una pareja de periodistas de El Mundo, que accedió a la misma durante un breve espacio de tiempo y bajo la supervisión de gente de confianza del PSOE, que velaba porque no se sacaran fotos del texto. Una actitud que sin duda recuerda a la de Montón, que permitía hojear su trabajo de fin de máster, pero «fotocopiarlo, no», detallaba. También en buena medida a la de Casado, que mostró las portadas de sus trabajos de posgrado en derecho autonómico, pero nada más que las portadas.

A mediados del pasado agosto, Marta González, vicesecretaria de Comunicación del PP, avanzaba en una entrevista a La Voz de Galicia que, hartos de la presión mediática a la que estaba siendo sometido su líder, planteaban interesarse formalmente por las razones por las que la tesis de Sánchez no era de acceso público. Dicho y hecho. Al día siguiente el grupo parlamentario popular en el Congreso registraba una solicitud en la Cámara Baja para exigir su presentación, forzando a Sánchez a mostrar de una vez por todas su tesis fantasma u obligándole a exponer las razones por las que continúa con su negativa. El plazo para la respuesta del presidente expira en una semana. 

Esta mañana el tema centró durante unos minutos la sesión de control en el Congreso. Ciudadanos decidió aparcar la pregunta prevista para cuestionar a Sánchez sobre su tesis doctoral. «Haga pública su tesis», le invitó, aún así, Rivera, refiriéndose al veto que su grupo parlamentario presentó recientemente para demandar una mayor claridad con los trabajos académicos de los diputados. El jefe del Ejecutivo, visiblemente incómodo, replicó que su tesis está publicada «conforme a la legislación» y además está colgada en la plataforma Teseo (base de datos de tesis doctorales). Reprochó al líder de Ciudadanos que «no se prepara las preguntas» y ha convertido esta de hoy en un «lodazal».

El Gobierno va a presentar de forma inminente una queja formal, informa Efe, a la presidenta del Congreso, Ana Pastor, por la forma en la que ha dirigido hoy el cara a cara entre Pedro Sánchez y Albert Rivera.

El «Gobierno bonito» se pone feo

Gonzalo BAreño
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Dos dimisiones en tres meses y una continua sensación de improvisación y bisoñez lastran al Ejecutivo del PSOE

Pocos Gobiernos han sido recibidos en España con más entusiasmo que el que logró formar en tiempo récord Pedro Sánchez tras su inesperada llegada a la Moncloa mediante una moción de censura. Se habló entonces de un «Gobierno bonito» al que le llovieron elogios, incluso desde medios tradicionalmente hostiles al PSOE y hasta de algún dirigente del PP. Se trataba, se aseguraba, de un grupo de profesionales ampliamente cualificados para las carteras que se les habían encomendado, con el añadido exótico de un astronauta como responsable de Ciencia y Universidades. El único punto negro de aquel Ejecutivo parecía entonces la excentricidad de designar a un frívolo presentador de televisión y escritor más bien mediocre como ministro de Cultura y Deportes, aspecto este último por el que Huerta había dejado amplio rastro digital de su absoluto desprecio. 

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