La pelirroja de Chesterton


En una enorme diatriba contra la injusticia social, Chesterton hace pender a toda la civilización y la continuidad de sus instituciones de la melena de una pelirroja. Es una niña víctima de una ley que para erradicar a los piojos obliga a rapar a la progenie de los pobres. Pero al católico inglés esto le parece un sacrificio desmedido y «si los terratenientes, las leyes y las ciencias están en su contra, habrá que acabar con los terratenientes, las leyes y las ciencias». Los católicos ingleses siempre han tenido un sentido de la tolerancia que sus hermanos del continente no han precisado casi nunca porque es una virtud que se desarrolla estando en minoría. 

Los padres de un niño de 6 años denunciaron la semana pasada en Algeciras el acoso de que había sido víctima el menor cuando otros alumnos en el colegio le obligaron a bajarse los pantalones para comprobar sus genitales aludiendo al lema ¡que no te engañen! de Hazte Oír. El grupo ultra ha aprovechado estas semanas de indignación en España con su ruta para auparse sobre nuestras espaldas e ir a mostrar su auto loco de odio a Nueva York, de donde salió garabateado. Estados Unidos se inventó una guerra en Irak que permitió convertir mesopotamia en el campo de batalla concreto al que ir para todo fanático islamista durante la década pasada. Para la siguiente ha decido convertir Times Square en el escenario donde lucirse por sus correspondientes 15 minutos a cualquier grupúsculo europeo que acepte exhibir su farándula en el nombre de la Alt right. A los más vanguardistas como Nigel Farage los recibe Trump en su propia torre. 

Los delitos de odio se definieron en las leyes, ante todo, para casos como el de ese niño de Algeciras y 6 años. Deberían estar temblando de furia los tribunales para aplicar la ley con todo el peso por este suceso insoportable. Pero si ha habido noticia de un juicio por una infracción así definida ha sido para la joven estudiante Cassandra a la que se le pidió primero dos años de cárcel y luego uno por hacer chistes de Carrero Blanco en Twitter. La propia nieta del almirante calificó de disparate que se juzgara este asunto, pero ahí está, con su banquillo, su fiscal y el ujier. Cassandra es transexual y en más de una ocasión se ha quejado, con razón, de incorrecciones en la forma de dirigirse a ella en algunas informaciones. La rebaja de la fiscalía es una oferta de un año de cárcel y siete de inhabilitación, siete en los que no podría optar a un empleo público, por hacer comentarios jocosos sobre un atentado cometido hace 40 años contra un alto cargo, quizá el más elevado, de la dictadura. Hay ya jurisprudencia y una condena por comentar sobre la muerte de Carrero Blanco el lema «Hasta el infinito y más allá» de la película Toy Story. (Espero que esta aséptica descripción no se tome por una mofa pero un auténtico hombre ama ante todo el juego y el peligro). El hombre que osó a recordar a Carrero Blanco como a Buzz Lightyear fue sentenciado a 18 meses de cárcel, a Cassandra le pide 12;  para los que llevan varios días alentando que a un niño pequeño le bajen los pantalones, nada. Cero.

No alcanzo a concebir en qué cabeza importa menos el bienestar de los niños que los chistes sobre tiranicidio. No sé qué decir, de lo que se me ocurre lo que no son improperios son chistes. Y no sabemos qué es peor callar.  

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