Un sereno y un «autobusero» más allá del deber

Moriyón homenajea la entrega de «dos héroes cercanos» que, respectivamente, impidieron una agresión y condujeron a un pasajero desmayado al ambulatorio, y saca pecho por los «servicios públicos» gijoneses

Javier Pardo, en el centro, y Gonzalo Díaz, primero por la derecha, en el homenaje
Javier Pardo, en el centro, y Gonzalo Díaz, primero por la derecha, en el homenaje

Gijón

Gonzalo Díaz tomó la decisión de que, por una vez, lo que le tocaba como conductor de autobuses era salirse de su ruta; el sereno Javier Pardo, que había que impedir la que otros llevaban, directa contra la integridad y los bienes de un vecino. Ambos cumplieron su deber con especial diligencia y celo. De ahí que la Alcaldesa de Gijón les haya reconocido públicamente como «héroes cercanos», poniéndolos a la altura de «cualquier policía local, cualquier bombero o conductor de ambulancia».

Carmen Moriyón ha rendido a estos dos trabajadores un pequeño homenaje y, de paso, ha aprovechado para transmitir a los ciudadanos una imagen positiva de servidores públicos, ya sean directamente empleados municipales como el «autobusero» (el término es de la propia alcaldesa) o personas, como Javier, vinculadas a planes de empleo financiados por el ayuntamiento. «Queremos transmitir el buen trabajo que desarrollan la mayoría de los profesionales; la parte mala, queda para los partes de quejas y sugerencias», ha señalado Carmen Moriyón en el salón de recepciones municipal, acompañada de los responsables de la Empresa Municipal de Transportes Urbanos (EMTUSA) y de la Agrupación de Sociedades Asturianas de Trabajo Asociado (Asata), que gestiona el servicio de serenos.

La intervención de Javier Pardo evitó una agresión y un inminente robo en pleno paseo de Begoña. Pasaban las cinco de la mañana del pasado día 22 de enero y realizaba su servicio que -como el de sus más de 30 compañeros distribuidos por el centro de la ciudad y los barrios de La Arena, La Calzada o El Llano- se prolonga desde las 23:00 hasta las siete de la mañana.  Fue entonces cuando advirtió que dos hombres se dirigían hacia otros dos viandantes con intenciones que al joven sereno le parecieron cristalinas. «Se cruzaron con ellos buscando la confrontación»: un contacto físico, «un toque con la pierna» para desequilibrar y la ocasión para robar la cartera. Pero el aviso, a voces, del sereno, frustró la operación. Y no solo eso, sino que, ante la huida a la carrera de los dos agresores, decidió seguirles mientras daba aviso a la policía. Fue una larga carrera en zigzag por varias calles de la ciudad, hasta que aparecieron los efectivos policiales y el sereno pudo indicarles dónde se encontraban sus perseguidos.

«Es algo habitual en algunas zonas. A algunas de estas personas ya hasta las conoces, y sabes que están a la que cae», cuenta Pardo, que entró al servicio acogiéndose al Plan de Garantía Juvenil para menores de 30 años en busca de su primer empleo. Aunque por lo general su trabajo es mucho más amable -indicar direcciones a turistas, acompañar a vecinos que lo requieren, dar aviso de incidencias a servicios de seguridad o emergencias-, en algunos casos, cuando la violencia aparece, su labor se complica.

«Se te encaran muchos, pero no puedes tomarlo como algo personal», explica. Por fortuna, no es esa la respuesta que reciben habitualmente, sino el «agradecimiento de los vecinos»; una justa compensación para una tarea que describe como «hacer todo aquello que esté en nuestra mano para ayudar, y si no podemos, llamar a quien pueda».

El mismo espíritu de ayuda a un conciudadano en una situación de excepción y potencialmente peligrosa guió el volante de Gonzalo Díaz unos días antes. «Conducía un autobús de la línea 24, bajando de Monteana, cuando a la altura del puente de Ríoseco, noté que había barullo entre los pasajeros», recuerda. Uno de ellos había sufrido un desvanecimiento y estaba reclinado sobre otro de los usuarios del autobús. La decisión era llamar a una ambulancia y esperar o dirigirse hacia el centro de salud cercano, saliéndose de su ruta, algo que le pareció «más rápido». Así lo comunicó y así lo hizo con el beneplácito de sus pasajeros e incluso colaboración, como la de la joven que se puso en contacto con el centro de salud para avisar de la llegada. Personal sanitario con una silla de ruedas esperaba a sus puertas cuando el 24 realizó esa parada fuera de su recorrido.

No era más que un desvanecimiento, pero la actitud -ha recalcado la alcaldesa- fue la correcta en este conductor que lleva dos años y medio en la flota de Emtusa, pero al que asisten otros 18 como camionero. Para Díaz, ha sido un paso de la soledad de este oficio al cuerpo a cuerpo con los clientes que supone conducir un autobús. «Nada que ver: cuando suben todos los días 300 o 400 pasajeros, siempre hay pequeños problemas», admite. Casi seguro que prefiere volver a ese tráfago a las ceremonias, por modestas que sean, de un homenaje que ha recibido un tanto «abrumado».

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