¿Quiénes votaron a Donald Trump?

Desde finales de los setenta crece la brecha entre ricos y pobres; Trump ha explotado el desencanto de la clase media blanca

MIKE SEGAR | Reuters
MIKE SEGAR | Reuters

Redacción / la voz

Cuenta Robert Reich que el sueño americano comenzó a morirse a finales de los setenta. Reich, economista y secretario de Trabajo durante el Gobierno de Bill Clinton, sostiene que en Estados Unidos se ha ido cavando una enorme zanja de separación entre ricos y pobres. Gran parte de la clase media blanca se ha precipitado en ella. Pero también la carrera política de Hillary Clinton. Sobre ese mismo desencanto ha edificado Donald Trump su victoria. Millones de americanos que han conocido tiempos mejores se han sentido abandonados por el sistema, por lo que no les importa la posibilidad de volarlo.

Los ingresos

En el 2010, igual que en 1978. Los datos que maneja Reich indican que un trabajador medio de la industria estadounidense ganaba 48.000 dólares al año en 1978. Y señalan que el mismo tipo de empleado en el 2010 se embolsaba 33.751 dólares anuales. El trabajo de aquellos hombres blancos que regresaban de las fábricas a sus casas unifamiliares se ha devaluado. Sin embargo, la porción rica de la nación pasó de 390.000 a 1.101.089 dólares de media en el mismo período. Como sucede en Europa, se ha ido extendiendo la percepción de que los trabajadores han asumido la factura de la crisis y con ello han perdido su estilo de vida, mientras que las élites que iban a los mandos cuando estalló la burbuja se mantienen arriba. La decepción con los dos grandes partidos es evidente y es un outsider como Trump el que dinamita todo.

La globalización

Del «Made in America» a las maquiladoras. ¿Dónde ha quedado el orgullo del Made in America? Se desvanece ese país en el que el ciudadano medio presume de tener en su casa más motores que el vecino (coches, lancha, moto... ) y, a poder ser, todos estadounidenses. La clase trabajadora no solo ha perdido ingresos. Los vientos de la globalización se han llevado cientos de miles de empleos a otros lugares del mundo con costes de producción más baratos. Robert Reich pregunta a sus alumnos de Berkeley cuál es el país que más participa en la fabricación de un iPhone. El 70 % de los estudiantes creen que la mayor parte del proceso corresponde a Estados Unidos. Pero solo contribuye en un 6 % , muy por detrás de Japón (34 %) y de Alemania (17 %). Además, parte de la industria de siempre, como la del automóvil, se estableció en México, donde se levantaron las maquiladoras, grandes plantas de ensamblaje de empresas estadounidenses. Michael Moore retrató el caso emblemático de Flint, ahogada tras perder sus fábricas. Un símbolo de Míchigan, uno de los estados en los que dio la sorpresa el magnate. No es casualidad que Trump dedicara parte de la campaña a cargar contra los Clinton por haber firmado el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta). Él apuesta por levantar fronteras económicas argumentando que, con ellas, los puestos de trabajo volverán.

La inmigración

El enemigo interior. La carta de la xenofobia se juega en el Reino Unido, en Francia, en Hungría, en Polonia... Y ha funcionado muy bien en Estados Unidos. Los inmigrantes a la espera de regularización, bautizados por Barak Obama como dreamers, se han convertido en una amenaza. Y, aunque algunos políticos republicanos lo insinuaran, ninguno lo había verbalizado como Trump. Las barreras de lo políticamente correcto desaparecieron y en las redes sociales se desperezaron miles de votantes acusando a los extranjeros de robarles empleos y servicios sociales.

Los poderesfácticos

Contra el Gobierno y Wall Street. En distintas elecciones cruciales celebradas en los últimos tiempos se han buscado culpables para explicarle la crisis a los votantes. Y en este juicio moral y económico es recurrente apuntar al establishment de turno, a los centros de poder. Para los independientes escoceses se trata de Westminster y la City. Para los impulsores del brexit es Bruselas. Trump les ha servido en bandeja a la clase trabajadora que se siente abandonada: al Gobierno federal y a Wall Street. El millonario acusó a ambos de seguir con sus dispendios mientras el ciudadano medio sufría y encontró en Hillary Clinton a la personificación perfecta de ambos.

Grupos estanco

Votos por comunidades. La igualdad de oportunidades, uno de los supuestos pilares de Estados Unidos y del sueño americano, va por barrios. La integración también. Los sueños y los votos están muy compartimentados. Los electores afroamericanos no se han movilizado como con Obama. Por lo que dicen los resultados, los cubanos de Miami no parecen sentirse especialmente ofendidos por los insultos del candidato republicano hacia los mexicanos. Y Trump no parece haber pagado caras las descalificaciones lanzadas hacia las mujeres. Otro gallo hubiera cantado de haber sido tan expeditivo con los veteranos de guerra, por ejemplo. ¿Se percibe machismo en la derrota de Hillary? No necesariamente. Pero el triunfo de Trump lo desprende a raudales.

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