Plan Juncker, ¿éxito o fracaso?

Informes independientes cuestionan el impacto real del programa de inversiones


Bruselas / Corresponsal

La UE sigue apostando por el Plan Juncker. El mágico y bíblico programa europeo que convierte un euro en quince se prolongará hasta el 2020. Lo decidieron la semana pasada los 28 ministros de Economía, que han dado vía a libre al Ejecutivo comunitario para tratar de movilizar hasta 500.000 millones de euros en la economía real.

La Comisión Europea (CE) está segura de que el programa de inversiones estratégicas atrae al capital privado y desatasca el crédito. «El Fondo Europeo de Inversiones Estratégicas (FEIE) está dando sus frutos, funciona según lo planeado», aseguró recientemente el comisario de Crecimiento, Empleo e Inversión, Jyrki Katainen, para atajar el murmullo de dudas y críticas que emergen entre expertos y analistas.

El finlandés saca pecho. Según sus cálculos, la criatura diseñada en los cuarteles de Bruselas ha conseguido movilizar en dos años 140.000 millones de euros de los 315.000 (2 % PIB de la UE) previstos hasta finales del 2017. Y eso disponiendo en la cartera de tan solo 21.000 millones de euros en garantías de préstamo. Hasta aquí la versión oficial. La cifra, sin embargo, solo consigue cubrir un tercio de la brecha anual de inversión de la UE (en torno a los 270.000 y 330.000 millones) y los proyectos a los que se les ha concedido apoyo financiero tienen un valor estratégico cuestionable.

Valor añadido

El problema no reside tanto en el volumen de los préstamos como en el valor añadido que aporta un programa que se ha limitado a movilizar 5.000 millones de euros del BEI (Banco Europeo de Inversiones) y hacer un trasvase de un cajón a otro de 16.000 millones de fondos europeos que, en cualquier caso, se destinan a los mismos fines.

La Corte Europea de Editores alertó recientemente de que quizá Bruselas había «sobrestimado» el efecto multiplicador (1:15) y la capacidad dinamizadora de su fondo de inversión.

Y no es la única voz autorizada que señala sus carencias. Expertos del think tank Bruegel coinciden en señalar que la inmensa mayoría de los proyectos que se han puesto a andar bajo el paraguas del Plan Juncker no son de alto riesgo ni fundamentalmente estratégicos. Podrían haber rodado de igual manera recurriendo a los canales habituales como son los fondos europeos y al BEI.

Es la misma conclusión a la que llegó el economista del HSBC, Fabio Balboni: «El fondo ha fracasado al tratar de alentar a los inversores a poner capital en nuevos proyectos y no hay correlación entre el incremento de la inversión en la zona euro y el Plan Juncker», zanja en un informe en el que echa por tierra los cálculos bienaventurados de la Comisión Europea. El italiano señala que la inversión en la UE sigue un 9 % por debajo de los niveles precrisis en términos reales. La varita mágica de Juncker no ha servido de palanca ni siquiera en un entorno favorable de recuperación económica y barra libre del Banco Central Europeo (BCE). «El repunte de la inversión surge antes de la puesta en marcha del plan», observa Balboni para quien los esfuerzos que vende Bruselas son alpiste para pájaros.

Incoherencias

El Plan Juncker nació como palanca para las inversiones privadas, un plan persuasivo para atraer respaldo financiero a proyectos energéticos, de grandes infraestructuras, pymes y transición digital, ámbitos de gran importancia estratégica y alto riesgo que nunca hubieran conseguido respaldo en un contexto de crecimiento anémico y sequía del crédito. Pero no ha ido acompañado de esfuerzos para aumentar el gasto público en el bloque comunitario.

Bruselas ha tratado de solucionar por la puerta de atrás la negativa de algunos socios a abrir las puertas a una mayor expansión fiscal en la zona euro y más flexibilidad con el ajuste de los déficits. El comisario de Economía, Pierre Moscovici, pidió apuntalar el crecimiento con una posición fiscal positiva del 0,5 % del PIB para el 2017. Alemania echó por tierra la iniciativa en el último Consejo, pese a disponer de un superávit del 8 % del PIB, margen suficiente para dar rienda suelta a la inversión pública. Mientras Bruselas tolere estos desequilibrios y apueste por soluciones coyunturales, el «círculo virtuoso» del Plan Juncker seguirá diluyéndose.

El fondo es todo un bálsamo para la economía española

A pesar de la cojera que sufre el ambicioso programa europeo, su lanzamiento ha sido un soplo de aire fresco para algunas economías como la española, donde el crédito y la inversión estaban estrangulados.

El Plan Juncker ampara hoy 22 grandes proyectos de infraestructuras e innovación a los que se les ha concedido a través del FEIE préstamos por valor de 2.900 millones de euros, situando al país como el cuarto mayor beneficiario del programa por detrás de Italia, Francia y Reino Unido.

De entre los planes destaca el desarrollo de infraestructuras portuarias, nuevas tecnologías de la información para el transporte marítimo, la seguridad en el hogar y eficiencia energética. También hay espacio para la transición a la economía digital. Esta misma semana El Corte Inglés recibió el visto bueno al préstamo de 116 millones de euros del BEI para actualizar y potenciar sus sistema de ventas on-line.

Potencial del fondo

Y es precisamente este tipo de acuerdos los que los expertos ponen en cuestión. ¿Necesitan estos proyectos la financiación especial del Plan Juncker? ¿No pueden recurrir a los canales habituales? ¿Se está desaprovechando el potencial del fondo? Los economistas de Bruegel lo tienen claro: «Analizamos 55 proyectos tras un año de su puesta en marcha [...] Solo había uno para el cuál no habíamos encontrado proyectos similares que tradicionalmente hubiera financiado el BEI».

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