«A nivel emocional, Estados Unidos está en guerra civil»

Cristina González, profesora gijonesa de literatura medieval en la Universidad de California, alerta sobre los horrores que puede desatar el fenómeno Trump

Cristina González
Cristina González

Cristina González nació en Gijón hace 65 años, pero vive desde hace más de cuarenta en Estados Unidos, donde recaló en 1976 para iniciar una brillante carrera académica. Hoy es profesora de literatura medieval española en el campus de Davis de la Universidad de California además de copresidenta de la Asociación de Profesores Latinos de UC-Davis. Desde allí, asiste con temor al fenómeno Trump, que no duda en calificar de fascista y del cual le desespera que Europa no se lo esté tomando en serio. A tenor de lo que González relata -listas negras de profesores izquierdistas, agresiones constantes y crecientemente violentas a latinos y musulmanes, un notable incremento de la compra de armas-, el heterogéneo movimiento que ha emergido en torno al magnate neoyorquino es ciertamente más preocupante de lo que ya parecía.

-Donald Trump, presidente. Lo que era motivo de broma hace años en alguna que otra serie de televisión se ha hecho finalmente realidad. ¿Cuál es su estado de ánimo al respecto? ¿Cuál es el clima reinante en Estados Unidos desde la victoria del magnate?

-En lo que a mí respecta, una enorme consternación. En mi entorno la victoria de Trump se ha vivido como una catástrofe, como una tragedia, como si se hubiera muerto alguien o, por mejor decir, como si nos hubiéramos acostado en un país y nos hubiéramos despertado en otro; en una nación extranjera. Una expresión que se está repitiendo mucho es ésa de la república bananera: la primera democracia del mundo, el país más abierto del mundo, se ha convertido en uno en el que las elecciones son controladas por una potencia extranjera y hay un presidente ignorante y racista y una sociedad totalmente manipulada. El día de las elecciones la gente se abrazaba y lloraba a lágrima viva. Yo lloré también, algo que no me había pasado en mi vida. De otras elecciones nos podía disgustar más o menos el resultado, pero no provocaban la crisis de ansiedad que ha provocado la victoria de Trump. A mí no me gustaba Bush, pero me fui tan tranquila a la cama cuando ganó.

-En democracia, a veces se gana y a veces se pierde, pero esto es otra cosa.

-Exacto, esto es otra cosa. Lo que está en juego esta vez no es una determinada manera de entender y de gobernar Estados Unidos, sino la propia democracia americana. Aquí en España la gente no tiene ni idea de cómo están las cosas allí: la prensa da muy pocas noticias. El ambiente reinante, lo digo así de claro, es de guerra civil. Todavía no nos estamos peleando a tiros, pero se respira una tensión impresionante; la mayor de toda la historia americana desde la guerra de Secesión en el siglo XIX, que por cierto enfrentó a los mismos bandos. Desde entonces ha habido otras crisis, pero ninguna tan grave como ésta. A nivel emocional ha habido un cisma absoluto y media América no se fía ni se habla con la otra media. Los pro-Trump dicen que los anti-Trump estamos histéricos y que tenemos que seguir siendo amigos a pesar de todo, pero, ¿cómo vas a ser amigo de una persona que no tiene inconveniente en votar a un señor que es abiertamente sexista, racista, xenófobo, homófobo, islamófobo...? La amistad implica confianza, y si eres mujer e hispana, como es mi caso, o si eres gay, o si eres musulmán, ¿cómo te puedes fiar de alguien a quien le importa tres pepinos que te puedan amenazar, que te puedan perseguir, que te puedan matar? Yo no sé si vamos a acabar a tiros o no, pero desde luego no veo que esto se pueda solucionar fácilmente. Por expresarlo en términos médicos, lo que hay en Estados Unidos no es una fisura, es una fractura, y una que va a ser muy difícil de atornillar. Incluso si Trump desaparece del mapa, yo no veo cómo vamos a poder recuperar la normalidad en el día a día con esta gente.

-Usted no duda en calificar de fascismo el fenómeno Trump, pero, más allá de los preocupantes puntos en común que pueda haber entre lo que sucedió en la Europa de los años treinta y lo que está impulsando a figuras como Marine Le Pen o el propio Trump, ¿no es una etiqueta exagerada?

-No, no lo es. Trump es un fascista. Si uno estudia las características del fascismo y luego mira lo que él hace, comprueba fácilmente que las tiene todas. Es nacionalista, racista, autoritario, revanchista, amante de la desinformación y la manipulación y lo apoyan principalmente las clases bajas y medias blancas y sin estudios universitarios. Cuando se estudia el fascismo siempre sale a relucir el nacionalismo de los vencidos: Alemania fue humillada en la primera guerra mundial y sobre esa humillación germinó el fascismo. Y yo veo un paralelo muy claro con eso en Estados Unidos. Estados Unidos es un país cada vez más diverso racial y étnicamente y en este momento ya hay estados como California, Texas o Nuevo México donde los blancos son minoría y los hispanos el grupo étnico más numeroso. En Hawái, los blancos también son ya minoría: el primer puesto lo ocupan los asiáticos. Se calcula que para los años cincuenta o sesenta de este siglo los blancos habrán dejado de ser mayoría en todo el país, y eso está asustando a muchos blancos que, como los alemanes de los años treinta, se sienten no vencidos pero sí en trance de serlo. En Estados Unidos siempre ha habido mucha inmigración, pero lo que molesta a estos blancos no es el número, sino la composición. A finales del siglo XIX y principios del XX los inmigrantes eran irlandeses, italianos, polacos... Ahora son hispanos y asiáticos, y eso es lo que asusta a toda esta gente. Cuando dicen inmigrantes en un sentido negativo se refieren a gente de color, y sobre todo a los hispanos. Yo, en mis clases sobre la España medieval en la universidad, siempre digo a mis alumnos que los hispanos somos a los anglosajones en Estados Unidos lo que los musulmanes son a los cristianos en España.

-El Otro.

-Sí, ese Otro oficial en oposición al cual se crea la nación. Los latinos son ese Otro en Estados Unidos, algo que se remonta a la leyenda negra antiespañola promocionada por Inglaterra en los siglos XVI y XVII a raíz del divorcio de Enrique VIII y Catalina de Aragón y en el marco de la lucha por la hegemonía internacional que se dio en aquellos siglos en los que España era primera potencia mundial e Inglaterra aspiraba a arrebatarle el puesto. Los españoles eran demonizados como bárbaros y fanáticos, y eso pasó a formar parte de los mitos fundacionales de la nación norteamericana, que al fin y al cabo se formó con pedazos arrancados al antiguo imperio español: medio México, Florida, Puerto Rico... Cuando toda esta gente que ha votado a Trump ve al país llenarse de hispanos, clama al cielo de la misma manera que algunos españoles claman contra la inmigración de musulmanes o algunos franceses braman contra la Eurabia que dicen que se está formando: «¿Para qué nos valió la Reconquista?» y demás.

-Para los seguidores de Trump, los bárbaros ya no están a la puerta de la ciudad, sino dentro.

-Sí, en esa clave están. Por otro lado, también hay un sentimiento de odio contra lo que ellos llaman las élites que tiene mucho que ver con esto. En estos momentos, las clases profesionales estadounidenses son bastante diversas: es perfectamente habitual encontrarse con que tu médico sea indio, tu dentista keniano, tu abogado chino y tu profesor español. Y eso irrita más aún a toda esta gente: no es sólo que los bárbaros estén entre nosotros, es que son quienes dirigen y lideran el país. Se dicen: «Este tío, que es extranjero, tiene un trabajo mejor que el mío, una casa mejor que la mía, vive mejor que yo...», y eso los hace muy susceptibles de ser seducidos por eslóganes del tipo de América para los americanos y por mentiras flagrantes sobre invasiones de inmigrantes.

-Durante la campaña electoral fue muy sonada la utilización, en un spot de Trump, de unas imágenes de inmigrantes subsaharianos tratando de saltar la valla de Melilla asegurando que correspondían a la frontera entre México y Estados Unidos.

-Sí: otra cosa característica de los fascistas es el desprecio total a la verdad; el uso sistemático de la mentira. Goebbels decía que una mentira mil veces repetida se convierte en una verdad y éstos siguen su escuela. Ahora se habla de posverdad, y eso de la posverdad no es más que una vuelta a la época premoderna, cuando aún no se había consolidado el pensamiento científico y la verdad era lo que uno quisiera que fuese porque los datos no se comprobaban ni se podían comprobar. La Universidad estadounidense está horrorizada, porque la Universidad se caracteriza justamente por buscar la verdad, por hacer experimentos, por comprobar datos, por documentarlo todo, y lo que este señor hace es justamente lo contrario. De repente, los datos ya no importan, son irrelevantes, algo que se ve muy claro en la cuestión del cambio climático. Por una parte, Trump tiene que poner un muro en un campo de golf que tiene no sé dónde porque va a subir el nivel del mar, pero por otro niega que exista un cambio climático porque a ciertas compañías no les interesa que eso se sepa. Y mucha gente se lo cree contra toda evidencia. La realidad ya no importa, y con esto de los inmigrantes, lo mismo. Por cierto, en Estados Unidos los españoles somos considerados gente de color. Todos los hispanos, los españoles incluidos, somos considerados gente de color y estamos calificados como categoría protegida, porque hay discriminación contra nosotros. Si tú tienes un apellido español, si tú tienes un acento español, estás en el punto de mira de toda esta gente. A mí me han pasado todos los casos típicos de racismo que sufren las minorías étnicas.

-Cuéntenos alguna anécdota al respecto.

-Pues mira, estando embarazada, hace casi treinta años, me puse a buscar guardería para mi hijo en Amherst (Massachusetts). Llamé a una y me dijeron que estaba llena. Llamé a otra y también estaba llena. Llamé a otra y lo mismo. Todas estaban llenas, y eso me pareció muy raro y me hizo sospechar. Yo tengo un acento español muy fuerte, porque aprendí inglés muy tarde: no empecé a estudiarlo hasta los veinticinco años, cuando me fui para allá. Pensé que quizá eso podía tener algo que ver y entonces le pedí a mi marido, que es americano y además tiene un acento muy elegante, que volviera a llamar a todas aquellas guarderías. Así lo hizo y mágicamente se abrieron todas las puertas: en todas las guarderías había plaza; no había ningún problema.

-En todo caso, esa historia demuestra que racismo ha existido siempre en la sociedad estadounidense. No es algo que haya inaugurado Trump.

-Episodios racistas los ha habido siempre sí, pero por primera vez hay un presidente que echa leña al fuego y se aprovecha de ello haciendo otra cosa clásicamente fascista: señalar un chivo expiatorio para culparlo de todos los males de la nación. Hitler señaló a los judíos y Trump señala a los latinos y a los musulmanes. Los negros, los asiáticos, los gays, etcétera, también están en el punto de mira, pero los dos focos principales de ataque son esos dos: los hispanos, con toda esta historia del Muro de la Vergüenza que quieren levantar y que es más un monumento racista que otra cosa, y los musulmanes, que los pobres están aún peor aunque las tintas se hayan cargado contra los latinos. A mí, sobre todo, me da mucha pena de las musulmanas, porque con ellas está pasando allí lo que en muchos lugares de Europa: les arrancan en velo, las insultan... Yo no sé cómo se atreven a salir a la calle, las pobres, porque es peligrosísimo. Y todo por llevar velo. Yo en mi clase tengo de todo: musulmanas con velo, sijs con turbante, judíos con kipá... Hasta fui directora de tesis de un sacerdote ortodoxo griego que venía a clase con su collarín. Estados Unidos es un país muy diverso, y eso siempre se vio como normal: cada cual tiene su religión y sigue los preceptos correspondientes, o no la tiene y no sigue ninguno, pero en todo caso es asunto suyo. Hasta hace poco lo era: funcionaba eso que los republicanos llaman corrección política y que no es más que el saludable principio de no insultar a la gente por su identidad, pero de repente, con la victoria de Trump, eso se ha eliminado, se ha perdido la vergüenza y toda esa gente se siente legitimada y perfectamente cómoda diciendo y haciendo barbaridades racistas.

-¿Está habiendo muchos episodios de odio y violencia contra minorías étnicas?

-Sí. El Southern Poverty Law Center, una organización que lucha por los derechos civiles poniendo a sus abogados al servicio de la gente que sufre episodios de violencia racista, ha recibido desde las elecciones más de trescientas querellas por intimidación y acoso, la mayoría de ellas en centros educativos y comercios. Se han dado episodios de acoso y violencia incluso contra niños. A mí mi nuera, que es profesora de bachillerato, me cuenta cosas como que en su instituto una señora le dijo a un niño mexicano: «Te van a poner para que te adopten, porque van a echar a tus padres y a ti te van a tener que adoptar». Otra cosa que está pasando en todas las escuelas del país es que los niños hispanos van a clase y sus compañeros les canturrean: «Te van a deportaaar, te van a deportaaar...». O los rodean en el comedor escolar y les cantan: «Vamos a hacer un muuuro, vamos a hacer un muuuro...». El otro día también estuve hablando sin parar en el avión que me traía aquí desde California con un alto ejecutivo mexicano de una compañía de cementos que está destinado en Estados Unidos y cuyos hijos van a una escuela que no debe de ser mala, porque estamos hablando de una persona muy acomodada. Me contó que al día siguiente de las elecciones los compañeros de clase de sus hijos les dijeron: «Ah, pero, ¿todavía estáis aquí?». Son cosas que no tienen ninguna gracia cuando eres tú el que está en el lado que recibe la broma. Y hay cosas más graves. A una estudiante musulmana de la Universidad de Michigan le quitaron el velo a la fuerza amenazándola con prenderle fuego con un mechero si no lo hacía, y en mi campus, el de Davis, han aparecido carteles acusando a los profesores de ser antiblancos. ¡Somos antiblancos! Creer en la diversidad nos hace antiblancos: es de locos. El caso es que hace poco ha aparecido un sitio web con una lista de profesores universitarios que los autores de la página consideran radicales o rojos. Se muestran sus nombres y sus señas: correo electrónico, dirección postal, etcétera, y una vez se te incluye en una de esas listas comienzas a recibir decenas y decenas de amenazas. La idea, supongo, no es sólo intimidar a ésos sino a los demás.

-Obligarlos a autocensurarse.

-Claro. Nadie quiere que le incluyan en una de esas listas por las que sabe Dios lo que te puede pasar. Estamos hablando de un país en el que la gente está armada hasta los dientes y en el que el grupo que más armas tiene con mucha diferencia es el de los que apoyan a Trump. En Texas también han aparecido panfletos insultando a los mexicanos y haciendo un llamamiento a organizar escuadrones de arresto y tortura contra los profesores que hablen de diversidad.

-Los tiroteos en institutos y universidades son un desolador pan nuestro de cada día en Estados Unidos.

-Sí, sí. Mi nuera me contó el otro día que a los profesores de instituto les hacen una especie de cursillo o entrenamiento para reaccionar a esos tiroteos: tan habituales son. Les enseñan qué hacer si escuchan tiros: deben fortificar la clase no sé cómo y luego deben proteger a los alumnos de tal manera que sean los profesores los que reciban las balas. Así estamos. La tensión es tal que la gente de color incluso está poniendo en marcha lo que llaman cuartos seguros: un cuarto designado por cada edificio para que si alguien se siente amenazado o piensa que le va a pasar algo se refugie en él. «Si pasa algo, corran todos al cuarto 203B».

-Una especie de búnker nuclear.

-Sí. En mi universidad ya se está debatiendo: recibo muchos correos electrónicos de mis compañeros hablando de ello; de si se habilita un cuarto seguro en tal o cual edificio y dónde. En eso estamos. Y aquí la gente no tiene ni idea.

-¿Se están dando también episodios de violencia contra los seguidores de Trump?

-Alguno ha habido, pero no muchos. Lo que pasa es que ellos tienen sus propios canales de noticias que de noticias no tienen nada, sino que son sólo propaganda e infundios, y están exagerando considerablemente esos pocos episodios para mantener vivo el miedo que ha motivado la victoria de Trump. Ellos viven con un terror constante a una rebelión de la gente de color; a que vayamos a matarlos mientras duermen, y están comprando más armas. 

-El triunfo de Trump también debe mucho a la clase obrera empobrecida del llamado Rust Belt, «Cinturón de Óxido»: los Estados desindustrializados del Medio Oeste, cuyos trabajadores han asistido en las últimas décadas a un proceso de deslocalizaciones a países del Tercer Mundo de las grandes factorías que en tiempos vertebraban aquellas comarcas. A Trump le ha resultado fácil seducir a ese electorado tradicionalmente demócrata prometiéndoles traer esas empresas de vuelta e implementar aranceles y otras políticas proteccionistas. ¿También esos obreros caben en la categoría de vencidos, en este caso por la globalización?

-Sí, sí. En Estados Unidos, la crisis económica coyuntural ya está superada: el país va muy bien, el desempleo ha desaparecido y la bolsa está por las nubes, mejor que nunca. Pero hay otra crisis económica estructural que sigue muy viva. La automatización de la producción hace que ya no se necesiten tantos trabajadores como antes y la globalización ha provocado las deslocalizaciones que comentas: a las empresas que antes se instalaban en Illinois o en Indiana, hoy les es más barato irse a Tailandia o a Bangladés. Y los buenos trabajos de clase obrera que había antes para la gente sin estudios han desaparecido. La gente sin estudios ya no trabaja en una fábrica de coches: trabaja en McDonald’s. Lo que está sucediendo en el resto del mundo occidental, allí está sucediendo también.

-Y, ¿no debe hacer el Partido Demócrata alguna autocrítica al respecto? ¿Qué ha hecho tan mal para que esa clase obrera que lo ha sostenido durante décadas haya decidido que le irá mejor apoyando a un tipo como Trump?

-El problema no es tanto el Partido Demócrata como el sistema de primarias. El partido no tiene ningún control sobre quién es candidato, y al final puede acabar saliendo elegido un candidato poco atractivo o con poco carisma, como ha sido el caso de Hillary Clinton.

-Según alguna encuesta, Bernie Sanders sí hubiera ganado a Donald Trump.

-Yo creo que sí. Yo apoyé a Sanders en las primarias, y mi marido también. Bernie es más de izquierdas que Hillary y a mí me parecía que estaba más en la onda de lo que había que hacer. Luego, por supuesto, votamos a Hillary en las generales. Pero nos hubiera gustado más que el candidato fuera Bernie. De hecho, hubo gente que votó por Trump que hubiese votado por Bernie, y eso Hillary no supo enfocarlo. Para ser justos, tampoco sé si podía, porque la demonizaron de una manera escandalosa. Hillary tiene algunas flaquezas, pero no había cometido ningún crimen. Lo de los correos es una estupidez, pero la presentaron como un monstruo que prácticamente se comía a los niños crudos. Se llegó a decir que tenía una especie de red de prostitución infantil: una cosa loca, pero la gente es muy ignorante y está dispuesta a creerse unas cosas increíbles. Estamos hablando de gente que cree que el mundo se creó en seis días: no hay con quien tratar... Por otro lado, tampoco hay que olvidar que Hillary es mujer. Perdió por muy poco -de hecho, el voto popular lo ganó clarísimamente-, y yo creo que un hombre con las mismas características que ella habría ganado. Ser mujer siempre te quita puntos, y si encima el sistema político, que data del siglo XVIII, favorece a los Estados agrarios, que son los más conservadores y racistas, una mujer demócrata se queda con muy pocas posibilidades de ganar. Por cierto: curiosamente, muchos de estos habitantes de estados agrarios que tan racistas son en su vida han visto una persona de color, porque viven en sitios muy homogéneamente blancos. En cambio en California, que es un sitio extremadamente diverso, hay una mentalidad más abierta. Yo tengo amigos de todas las procedencias y me parece lo más normal del mundo tenerlos, pero la gente que vive en esos pueblecitos uniformemente blancos que yo conozco bien, porque viví un tiempo en Indiana, que es justamente un estado en decadencia por la pérdida de la industria pesada, ponen la tele, ven negros, latinos y musulmanes y se desconciertan; dicen: «Esto ya no es nuestro país».

-Hubo muchos demócratas que votaron por Trump y sin embargo no hubo muchos republicanos que votaran por Clinton, como se había previsto que sucedería.

-Yo así lo esperaba, a la vista está que ingenuamente. Mi marido hizo eso hace muchos años en Massachussetts. Nosotros somos demócratas, pero había un candidato demócrata a gobernador que era un tío horrible: autoritario, desagradable... Además mi marido lo conocía bien, porque había sido el rector de su universidad cuando estudiaba derecho. Le parecía que que gobernara aquel tipo iba a ser un desastre y además un desprestigio para los demócratas, porque iba a hacer barbaridades que iban a impedir al Partido Demócrata ganar las elecciones durante treinta años. El candidato republicano, sin embargo, era más bien moderado, así que mi marido votó por él. Y yo pensaba que eso mismo iba a pasar esta vez con algunos republicanos. De la familia Bush debo decir en su honor que no apoyaron a Trump: unos votaron por Hillary, otros por otra persona y otros no votaron. Por lo demás, casi todos los republicanos se taparon la nariz y votaron por Trump aunque no les gustase. En mi barrio ganó Trump, de hecho: Davis es una ciudad demócrata, pero mi barrio es republicano.

-Sus vecinos, ¿votaron a Trump con la nariz tapada, u orgullosamente?

-Seguramente con la nariz tapada, pero son gente acomodada y votan a quien les baje más los impuestos. Lo demás les interesa tres pepinos: no piensan que a veces hay cosas más importantes que el dinero. Por otro lado, sí, también hubo muchos demócratas que simplemente no votaron, lo cual es otro problema grave. Mi hijo se enfada mucho con esa gente que se queda en casa y que luego es la que se manifiesta delante de la Torre Trump. ¿Te quedas en casa porque no te apetece votar a Hillary y luego vas allí a organizar una revolución? No tiene sentido, aunque las encuestas, en este sentido, perjudicaron mucho: decían que Hillary tenía un noventa y tantos por ciento de probabilidades de ganar, y la gente dijo: «Bueno, no hace falta que me tape la nariz y vaya a votar, porque va a ganar igual». La victoria de Trump se veía como algo completamente irreal.

-Quienes intentan rebajar el alarmismo con respecto a la victoria de Trump hablan del sistema de check and balance característico de Estados Unidos; de ese juego de contrapoderes que hace que los altos cargos e instituciones del país se vigilen y controlen unos a otros e impidan la aparición de comportamientos autoritarios o antidemocráticos en cualquiera de ellos. ¿Usted no cree que vaya a ser así?

-Hasta cierto punto, sí, pero Trump está poniendo a gente espantosa al frente de las diferentes secretarías: para Medio Ambiente, a un magnate del petróleo; para Trabajo, a uno que no cree en el salario mínimo ni en los sindicatos, y todo así. Es como poner al lobo al cuidado del gallinero. Los propios republicanos están asustados. Yo creo que alguno pensó: «Bueno, este tío está un poco loco y tal, pero una vez gane las elecciones lo sabremos manejar», y ahora se están dando cuenta de que Trump es un cañón suelto, una expresión que se utiliza mucho allí, y de que no va a ser tan fácil meterlo en vereda. Ahora, con esto de Rusia, McCain y todos ésos están histéricos, porque están muy en contra de Rusia y porque la verdad es que es muy serio que venga una potencia extranjera y te manipule las elecciones. Trump se negaba a aceptar eso hasta que se reunieron con él no se cuántas horas la CIA, el FBI y demás y acabó diciendo que bueno, que igual había pasado algo, pero que qué más da. Y sí da más, es algo muy serio: puede haber una guerra por esta cuestión.

-Que un cañón suelto gane unas elecciones en cualquier parte siempre es peligroso y preocupante, pero en este caso no hablamos de un país cualquiera, sino del gendarme del mundo. Cuando Estados Unidos se constipa, el mundo entero estornuda.

-Sí, Estados Unidos sigue siendo el país más poderoso del mundo. Por más que vaya declinando, todavía no hay otro país del que se pueda decir que es más poderoso. Es como España en el siglo XVII: estaba en franca decadencia, pero Inglaterra y Francia todavía no tenían más poder que España, y tuvieron que esperar otro siglo para superarla. Estados Unidos no es cualquier país y el presidente de Estados Unidos no es cualquier presidente, y mi marido está llegando a la conclusión de que el presidente que vamos a tener no está bien de la cabeza, pero de que no está bien de la cabeza literalmente; que algo le falla ahí arriba. Richie, mi marido, es abogado criminalista, y está acostumbrado a tratar con clientes con problemas mentales. Él dice que cada vez ve a Trump más parecido a esos clientes; que no tiene mucho sentido cómo se está comportando. Niega la realidad y la evidencia, tuitea mensajes sobre tonterías en medio de la noche, se niega a reunirse con los asesores con los que siempre se reúnen los presidentes electos para ir informándose antes de asumir el cargo porque dice que él es muy listo y que no necesita que nadie le asesore... Son cosas que, la verdad, no son muy normales. Y que pueden tener consecuencias internacionales terribles. En Estados Unidos ya está asumido que la parte interna va a ser un desastre y que hay que centrarse en controlar la parte internacional para que este hombre no nos meta en un lío de mil demonios. Ahí sí que hay más esperanza en que los republicanos actúen, aunque ya estamos viendo que él va por libre y habla con jefes de Estado sin consultar con nadie, así que no sé.

-Hechas las advertencias sobre lo que puede pasar, ¿qué cree que va a pasar?

-La comparación con los años treinta alemanes e italianos está muy presente en la mente de todos: constantemente se publican artículos en el New York Times, en el Washington Post y otros periódicos alertando del parecido con cómo comenzó todo aquello. Evidentemente, no estamos en plan campos de concentración ni cámaras de gas, pero sí en una situación muy similar a la que dio origen a los fascismos europeos. Cuando comparas los dos comienzos, te das cuenta de que son idénticos; de que mirar al uno es como mirar al otro en un espejo. Y eso los demócratas, y digo demócratas en sentido amplio y no en el de militantes del Partido Demócrata, lo tenemos muy presente. Tenemos claro que no podemos cometer el mismo error que cometieron los alemanes cuando decían: «Bueno, Hitler está un poco mal de la cabeza, pero es un payaso, no va a llegar a ninguna parte, no tiene suficiente apoyo ni bastante poder, así que, ¿qué importa?». Está muy consolidada la idea de que de ninguna manera podemos volver a caer en eso y de que hay que luchar desde el principio y contra cada cosa que pase para impedir que esto llegue a más. Está circulando mucho también, por Facebook y demás, una frase de Thomas Jefferson, que una vez dijo que cuando la injusticia se convierte en ley la resistencia se convierte en deber. Trump quiere hacer de la injusticia ley; quiere deshacerse del Estado de derecho y hacer lo que le venga en gana, y por lo tanto la resistencia se convierte en un deber.

-¿En qué va a consistir esa resistencia?

-En algo en cuyo corazón van a estar las universidades de los Estados demócratas. La rectora general de la Universidad de California, Janet Napolitano, que fue secretaria de Seguridad Nacional con Obama, ya ha anunciado que va a poner todos los recursos de la Universidad de California al servicio de cuantos estudiantes se puedan ver afectados por las medidas de odio de Trump. En la universidad hay muchos estudiantes indocumentados: inmigrantes que llegaron con sus padres al país siendo muy pequeños y para los que Obama creó un programa que consistía en darles una especie de prórrogas sucesivas de dos años durante los cuales se les garantizaba que, si estudiaban o trabajaban, no serían deportados e incluso podrían obtener becas y demás. Ahora, evidentemente, eso está en peligro, lo cual es dramático. Imagínate que hubieras venido a Gijón con dos años, que no hubieras conocido otro país y que de repente, a los veintitantos, te dijeran que te tienes que ir a Marruecos. Yo tengo casos de ese tipo en mis clases y los alumnos me vienen llorando porque no saben qué va a pasar con ellos ni si los van a echar en cualquier momento, o si van a echar a sus padres y ellos se van a quedar solos en Estados Unidos.

-Terrible.

-Pues bien, Napolitano ha dicho que va a poner a todos los abogados de la universidad, que son muchos y muy buenos porque la Universidad de California es como una gran corporación y tiene un despacho legal enorme -la oficina del presidente es un rascacielos: con eso está todo dicho-, al servicio de cuantos estudiantes se puedan ver afectados por las medidas de odio de Trump. Otra cosa con la que están los abogados trabajando a todo trapo es interpretar las reglas de confidencialidad de la universidad -ni siquiera los padres de los estudiantes pueden acceder a la información sobre sus hijos- de tal manera que sirvan también para ayudar a esos estudiantes a los que se quiera deportar. Kevin Johson, decano de la Facultad de Derecho, es experto en inmigración -él mismo es de origen mexicano- y está asesorando a Napolitano sobre cómo proceder. Y luego está el tema de la actividad intelectual y científica, que hasta cierto punto también está en peligro. Existe un miedo fundado de que en el momento en el que Trump llegue al poder haga algo que en su momento intentó hacer un político canadiense, según nos han advertido colegas de allá: borrar de las páginas web de los ministerios información científica que contienen y que a esta gente no le conviene que se divulgue. Cosas sobre el cambio climático en la página web del Ministerio de Medio Ambiente, por ejemplo. En este momento hay un equipo internacional de científicos americanos, canadienses y de otros países trabajando a toda velocidad para descargar toda esa información de tal manera que el día 20 de enero, cuando Trump asuma el cargo, esté toda a buen recaudo. A mí me recuerda a los que salvaban libros de las bibliotecas en la segunda guerra mundial: es como ver una película sobre los nazis.

-Si no me equivoco, también hay algunos estados que han anunciado que se van a combatir las medidas más duras de Trump.

-Efectivamente. Jerry Brown, el gobernador del estado de California, también ha anunciado a bombo y platillo que va a luchar contra todas las iniciativas federales que vayan contra los valores e intereses de California y que no va a poner los recursos del estado al servicio de políticas federales en las que California no crea. Si Trump quiere implementar una cosa pero necesita que el estado la lleve a cabo, nos negaremos. Brown acaba de contratar como asesor a Eric Holder, que fue fiscal general de Estados Unidos bajo Obama y es quien más sabe de cómo combatir las leyes malévolas que nos tememos que Trump va a impulsar. Ya lo decía antes: aunque no a tiros, estamos ya en guerra civil, porque ya hay una rebelión total en algunos estados azules, con California a la cabeza.

-No queda ya nada para que Trump asuma el cargo.

-El 20 de enero, sí. Nadie quiere cantar: siempre buscan cantantes importantes para amenizar el acto, pero esta vez les está resultando muy difícil encontrarlos, porque ninguno de los grandes se quiere manchar. Yo creo al final en Estados Unidos va a pasar también lo que pasó en Alemania: que nadie va a reconocer que votó por Trump. Trump ganó las elecciones, pero nadie le apoyó ni votó por él.

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