Suecia, de lugar de vacaciones del joven Bin Laden a objetivo yihadista

Christian Casares Berg PONTEVEDRA / REDACCIÓN

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JONATHAN NACKSTRAND

La nación más amigable para los refugiados se enfrenta ahora al reto de asimilar la amenaza terrorista. En 1971, atraidos por el espíritu solidario, la familia de Bin Laden vacacionaba en Dalarna

09 abr 2017 . Actualizado a las 13:12 h.

A quien se empeña en hacer el bien le cuesta comprender cómo puede recibir el mal a cambio. Suecia, el país amigable y pacífico que perdió a su más carismático primer ministro, Olof Palme, tiroteado en plena calle a la salida de una sesión de cine con su esposa, por negarse a vivir escoltado, vuelve a darse un bofetón de realidad. El mal acecha y se cuela incluso en el paraíso nórdico. «Todos nosotros, los que queremos ayudar, somos muchos más que los que nos quieren hacer daño», resumió ayer el rey sueco, en una alocución al país, recordando el espíritu amigable de los suecos, una nación apenas tres veces Galicia.

Quizá atraídos por ese espíritu solidario, acogedor, en 1971 la familia Bin Laden, con 22 de sus miembros, recaló en la localidad de Falum. Toda la familia, al completo, fue fotografiada allí, de vacaciones en la región de Dalarna. «Lindo y educado, pero diferente», describió treinta años después al periódico Falu Kurieren una mujer que trató a Osama Bin Laden en aquella lejana década de los setenta, cuando el que sería el terrorista más buscado de la historia solo contaba 14 años. Así es la sociedad sueca. Respetuosa con las creencias de una sociedad saudí que arrastraba hasta la igualitaria Suecia de los años setenta una concepción de vida que hacía viajar a los primogénitos en avión por el país, a los jóvenes varones en limusina detrás y, aún detrás de ellos, a las mujeres de su familia, en autobús. «Lindo y educado, pero diferente».

El respeto a la diferencia está en al ADN de aquella nación, dispuesta a acoger a quienes viven amenazados a costa de desequilibrar el paraíso igualitario que han logrado con décadas de esfuerzo. Muchos han querido dinamitar ese modelo desde que el 28 de febrero de 1986 Suecia perdió la inocencia como país. El disparo que acabó con la vida de Olof Palme, el primer ministro que consolidó la elevación del modelo del país a «milagro», se llevó también por delante la sensación de los suecos de que podían ser un oasis. Periódicamente desde entonces ha habido sacudidas: el apuñalamiento de una ministra en unos grandes almacenes, que hizo revivir la muerte del emblemático primer ministro; el ascenso de la ultraderecha en dos ocasiones, tratando de dinamitar el modelo amigable de acogimiento de refugiados… Suecia ha sabido reponerse. Saliendo fortalecida en un modelo singular en el que son más los que quieren ayudar, como dijo ayer el rey, Carlos Gustavo, que quienes quieren hacer daño.

Asentada en una base a la que contribuyeron los Gobiernos de Olof Palme, que entendieron que el pacifismo y los lazos con el Tercer Mundo debían tener un reflejo en la política migratoria, la política de acogimiento desde entonces en el país presta una especial atención a los refugiados sobre aquellos inmigrantes por cuestiones económicas. Sirios, iraquíes, somalíes han tomado el relevo en los últimos años a la oleada de chilenos o víctimas de otros regímenes totalitarios de la década de los setenta en América latina o a los súbditos de la ex-Yugoslavia que les sucedieron en los años noventa.

Ahora el país vive un nuevo reto, aprender a convivir con que también allí está presente la amenaza del terrorismo yihadista. Ese que ayudó a elevar a categoría de global un hombre que un día fue un chico «lindo y educado, pero diferente», en sus veranos en Suecia.