«De mi casa no me pienso ir porque es la mejor casa del mundo»

Pese a la tragedia, muchos vecinos prefieren quedarse en casas rodeadas de devastación a ser evacuados

«De mi casa no me pienso ir porque es la mejor casa del mundo» Pese a la tragedia, muchos vecinos prefieren quedarse en casas rodeadas de devastación a ser evacuados

La Voz en Pedrógão Grande

Apenas son las diez de la mañana cuando Bernardino da Baranda, un señor jubilado de 69 años, entra en el pequeño café de Louriceira y deja el sacho a la puerta. Hace pocos minutos lo hemos visto paseando con la herramienta al hombro por la carretera donde siguen circulando en ambas direcciones camiones y furgonetas de bomberos. «Fui a dar una vuelta, a ver lo que había», dice.

-¿Y el sacho?

«Para protegerme», contesta en el pequeño café donde nos hemos reunido, la dueña, un familiar y Bernardino. Ellos son parte de la exigua población que se resistió a la evacuación que proponía la GNR en la tarde del martes. «Fueron mucho más amables esta vez», apunta Dalila, la dueña del café, una señora de 56 años que ha depositado gran parte de sus esperanzas en la eficacia de los aviones que pasan por encima del pueblo. El domingo, los guardias fueron bastante más contundentes a la hora de exigir el abandondo del pueblo, pero ella se quedó igual. Bernardino sí salió con su esposa el martes por la tarde, pero a medianoche ya había vuelto a casa. «De mi casa no me pienso marchar porque es la mejor casa del mundo», dice. Y luego admite que hay casas mejores, pero que la suya la ha hecho él, con sus manos y que por eso es la mejor del mundo. Está claro que Bernardino se queda.

Pese a la efímera animación del café, Louriceira es un pueblo fantasma. Hay más casas que habitantes y la mayoría sí atendieron la recomendación de evacuación. Menos de una decena se quedaron. A escasos dos kilómetros se encuentra el restaurante en el que comí el día anterior. A las dos de la tarde del martes era protegido con cortes de excavadora para evitar que el fuego, aún lejano, pudiera alcanzarlo. Ayer miércoles, por la mañana, todo el entorno había sido ya arrasado por las llamas y el restaurante había cerrado. Así que resistir en Louriceira, el gesto de Bernardino y Dalila, requiere valor.

Estamos en marcha buscando la huella del incendio de Góis, a unos 40 kilómetros al norte de Pedrógao. Es una huella negra, profunda y permanente. La sinuosa carretera cruza bosques de estacas alternados con masas de eucaliptos, los que han conservado algo de hoja, totalmente amarillentos. Calor intenso. Olor a hoguera. Todo el rato. Por el camino se cruzan los coches de bomberos, de la GNR, operarios de las compañías elécricas, algunas ambulancias. Los recursos están en marcha, pero los problemas no parece que vayan a solucionarse rápido. Recorremos muchos kilómetros sin que el paisaje ofrezca algo más que devastación.

El desierto

En el cruce con la N2, a media mañana, una pareja de agentes de la GNR nos desvía por una carretera secundaria que nos lleva a atravesar pequeñas aldeas en medio de la destrucción más absoluta. En una de ellas, Telhada, un señor mayor poda la enredadera de su jardín como si nada hubiera ocurrido. Cuando intento hablar con él, se disculpa, baja la vista y se va. Por más que recorremos las desiertas calles del pueblo, no encontramos a nadie más que a un albañil que trabaja en una casa: «Nah. Esto ya ardió el domingo. No hay peligro».

Poco después atravesamos el cauce de un río llamado Fundeiro donde no hay ni una gota de agua y, en un momento dado, me llama la atención el vuelo de un pájaro. Seguramente no es así, pero diría que es el primero que veo en todo el día.

De vuelta a la N2, atravesamos el puesto de control, un enorme descampado donde se han instalado carpas y se reúnen parte de los efectivos que vigilan el que supuestamente es ya un incendio controlado. Pero poco después tenemos que dar la vuelta porque el humo se convierte ya en llamas demasiado cerca de la carretera. Puede que el incendio esté ya controlado, pero no cabe duda de que sigue activo.

«No se puede pasar»

A las tres de la tarde, el panorama desde el entorno del puesto de control ha cambiado a peor, el calor ha reactivado muchos focos y las humaredas se aprecian en casi todas direcciones. De vuelta hacia Pedrógao, nos cruzamos con la comitiva del Primer Ministro, desplazado a la zona y al llegar de nuevo al alto de Louriceira, el escaso tráfico ha quedado retenido por la GNR, que impide la circulación a cualquier vehículo que no vaya a combatir el fuego. Una señora, atrapada en el corte, porfía con el agente para que la deje cruzar, hasta que el guardia, tajante, pierde la paciencia y levanta la voz: «Señora, que no se puede pasar». Parece mentira, que con la tragedia tan reciente de los coches calcinados en el asfalto, todavía haya quien se atreva a desafiar el corte de una carretera. En menos de media hora se reabre el tráfico y la señora puede ir por fin a su casa. Con toda seguridad también está convencida de que la suya, como la de Bernardino, es la mejor casa del mundo.

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