Las muescas del pasado

Hoy estaba previsto que 70.000 personas abandonasen temporalmente sus casas en Fráncfort

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Hoy estaba previsto que 70.000 personas abandonasen temporalmente sus casas en Fráncfort. En la Wismarer Strasse, cerca de la universidad y no muy lejos de la sede del Deutsche Bank, asomó la cabeza el martes una gigantesca bomba de 1.400 kilos. De estallar, este artefacto monstruoso que dejó caer desde el aire la aviación británica hace setenta años, podría llevarse por delante un barrio entero, y los artificieros de la policía decidieron evacuar la zona para trabajar más tranquilamente.

No es un hecho singular. Esta bomba es una más de los millones que se lanzaron sobre Europa durante la Segunda Guerra Mundial. De ellas, muchas han quedado, como esta, dormidas y escondidas, con su carga intacta. En mayo ya hubo que evacuar a otras 50.000 personas en Hannover por el mismo motivo. En las Navidades pasadas sucedió otro tanto en Augsburgo. Cada año se recuperan en Alemania unas 2.000 toneladas de explosivos, la policía recibe dos o tres avisos al día alertando de la presencia de una vieja bomba, y no pasa una semana sin que haya que acordonar algún lugar para proceder a una desactivación o a una explosión controlada. Esto, siete décadas después de que terminase la guerra.

Siempre he sentido una curiosidad filosófica o morbosa por estos restos de la violencia del pasado, porque me parece que nos interpelan, nos dicen algo. Son una gramática que se puede leer, como en un texto escrito: los agujeros de las balas en las paredes que todavía se ven en Toledo; los orificios de fuego de ametralladora que me mostraron un día en el suq de Damasco; las iglesias dejadas solo a medio reconstruir en Berlín y Dresde, convertidas en muñones de la memoria; los vehículos militares oxidados al lado de la carretera que va a Jerusalén (y que llevan ahí desde 1948). El pasado julio, cerca de mi casa en Madrid, unos arqueólogos encontraron diez granadas y bombas de mano sin estallar. Las tragedias del pasado nunca están a más de un par de metros del suelo.

Mientras tanto, en Barcelona, terminaban estos días de retirar los recuerdos del atentado del 17 de agosto: las flores, las velas, los pequeños altares espontáneos, los destrozos del paso de la furgoneta por el mobiliario urbano. Es lo que aconsejan los expertos: retirar cuanto antes las huellas visibles de un atentado para minimizar sus efectos. Pero, a la vez, es un gesto que contiene en sí el deseo, no de olvidar sino de cancelar el pasado, que es olvidar lo que uno quisiera que no hubiese ocurrido.

Creemos que el tiempo todo lo borra. Pero su trabajo es en realidad mucho más complejo que eso. Es cierto que el tiempo cubre de polvo, de tierra o de arena las cosas, hasta hacerlas desaparecer de nuestra vista. Pero a veces se arrepiente y, con un soplido del viento, con la grieta de un terremoto o por medio de la casualidad, las hace reaparecer. Como esta bomba de Fráncfort. Y entonces no está claro qué es lo que esto significa: si es una lección, o un capricho, o una advertencia. Lo único que queda flotando es una lección pesimista: que, de todas las empresas humanas, parece que es la violencia la que deja una muesca más duradera, y la que regresa con más frecuencia del olvido.

Autor Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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