¿Qué es lo que realmente quiere Kim Jong-un?

Lo último que quiere el líder de Corea del Norte es entrar en guerra con Estados Unidos, un conflicto que perdería irremediablemente

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Uno de los mayores pecados de Kim Jong-un es probablemente la osadía. Pero el líder de Corea del Norte no es tonto. Sabe dónde y con quién se está jugando los cuartos. El norcoreano y Donald Trump se han convertido en protagonistas de la actualidad con una guerra verbal en la que cualquier mínimo error puede provocar una catástrofe. Desde la guerra de Corea, cerrada hace sesenta años con bastantes flecos sueltos, el este de Asia no había estado nunca tan cerca de iniciar un conflicto armado de consecuencias tan terribles. En este complicado tablero, el líder supremo de Corea del Norte sabe cuáles son sus cartas y es consciente de que, contra Estados Unidos, su jugada tiene todas las de perder. 

El teatrillo que Kim Jong-un ha montado, con sus habituales escenas bélicas y sus mensajes subidos de tono, está bastante más orquestado de lo que muchos piensan. Y su objetivo directo no es exactamente Estados Unidos, sino Corea del Sur.

Si finalmente la cerilla prendiera el fuego y se desatara una guerra entre los dos países, el plan de guerra norcoreano debería desarrollarse rápidamente. Según las agencias de inteligencia, Kim Jong-un solo tiene suministros para mantener a los suyos durante dos o tres semanas de conflicto. Estados Unidos cuenta con el respaldo de las potencias, con mayores y mejores recursos y con infinitas posibilidades de victoria. 

Entonces, ¿qué es lo que quiere Kim Jong-un?

Muchos expertos aseguran que el verdadero propósito del dictador es reunificar la península coreana. Un territorio en el que reina la calma chicha desde los años cincuenta. La primera guerra entre los dos países surgía en 1950, mientras Estados Unidos y la Unión Soviética intentaban arreglar sus diferencias repartiéndose el pastel internacional. El 25 de junio, Corea del Norte invadía el sur con el apoyo de China y la Unión Soviética. Estados Unidos se ponía del lado de la otra parte en un intento de repeler la invasión de los comunistas. 

Dos meses después, el sur conseguía recuperar Seúl y dibujar el mapa tal y como hoy lo conocemos. Pero la tensión crecía sin descanso mientras los líderes hablaban de armas atómicas y bombas nucleares. Las amenazas amedrentaron a los socios de las coreas, que en un intento de evitar la Tercera Guerra Mundial se sentaron a firmar un armisticio temporal que ha durado hasta la actualidad.

Kim Jong-un quiere recuperar lo que él cree que le fue arrebatado. Y tiene tiempo. Su juventud juega a su favor. A sus 35 años (según los cálculos sacados de las pocas informaciones que se cuelan por la frontera del país), el líder norcoreano tiene tiempo para jugar durante años. 

También resulta de gran ayuda su condición de líder supremo del régimen, un título que ostentará hasta el día de su muerte y que no conoce situación similar en todo el planeta. Los suyos lo temen y veneran. Su palabra es ley. Y sus deseos realidad. En Corea del Norte lo que dice Kim Jong-un se cumple. Por ello, el «amado líder» solo tiene que hablar para que los suyos le sigan incondicionalmente sin importar que se trate de una locura.

El temor nuclear

Los de dentro le siguen y los de fuera le temen. Las armas nucleares de las que ha presumido en los últimos meses tienen suficiente poder de disuasión para amedrentar a terceros países. Nadie se atreve a meterse demasiado con un país cuyo líder es lo suficientemente incauto como para pulsar el botón rojo de la destrucción y causar muertes en cualquier parte del mundo. La principal meta del último de los Jong es la supervivencia de su régimen dictatorial y cree que precisamente las armas nucleares son de importancia capital para conseguirlo.

Kim Jong-un presume de su poderío nuclear siempre que puede. Con una economía comática y unas amistades internacionales -principalmente China y Rusia- poco estables, la única forma que el norcoreano tiene de relacionarse de tú a tú con el resto del globo es a través del miedo. Y en eso Kim Jong-un es un experto.

Trump, un enemigo muy colaborador

Los recientes cambios en el gobierno de EE.UU. también están ayudando (y mucho) a Kim Jong-un a sacar músculo. El líder norcoreano observa desde su despacho como entre Donald Trump y el gobierno de Corea del Sur se va abriendo un océano de distancia. 

El orden mundial establecido en Asia depende en gran parte de las amistades de Estados Unidos con Japón y Corea del Sur. Y las formas de Donald Trump no ayudan a mantener las relaciones. Moon Jae-in, presidente del sur de la península coreana, fue foco de los dardos de Trump en más de una ocasión, después de que el presidente de EE.UU. acusara a su homónimo surcoreano de mostrar demasiado «apaciguamento» frente al dictador del norte. 

Donald Trump ha mostrado mucho menos talante que su antecesor Barack Obama, y eso no le está ayudando a ganar aliados en esta nueva guerra fría. Con Estados Unidos cada vez más aislado, a Kim Jong-un solo le queda jugar bien sus cartas.

¿Qué pasaría si estallara una guerra entre Estados Unidos y Corea del Norte?

Sara Cabrero
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Con la creciente tensión que existe en la península coreana, cualquier error de cálculo puede desatar la ira del impredecible Kim Jong-Un. Estas son las principales líneas estratégicas de un conflicto que lleva enquistado muchos años

Por ahora no es más que retórica belicosa. Palabrería. Un continuo desafío. Pero mientras Kim Jong-Un y  Donald Trump intercambian amenazas, el mundo se estremece. Sin embargo, los expertos disipan los peores temores, porque la posibilidad de un conflicto militar a corto plazo sigue siendo bastante baja. El escenario que se presenta para los próximos meses es probablemente el mismo que hasta ahora, dos líderes enfrentándose a través de la palabra mientras las pruebas con misiles se siguen sucediendo.

Pero, ¿qué ocurriría si finalmente salta una chispa lo suficientemente virulenta para que se desate una guerra entre ambas potencias? 

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