Una hora a pie, un mundo de distancia

Moscú, el escaparate de las grandes diferencias económicas de Rusia

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Moscú

Entre la estación de metro de Bratislavskaya y el distrito de Kapotnya, situado veinte kilómetros al sureste de la Plaza Roja, hay una hora de trayecto a pie. El camino alterna asfalto, césped, grava y hasta un carril bici. Los 32.000 vecinos de Kapotnya, fundamentalmente familias de mediana edad con niños; jubilados y trabajadores, conviven cada día enfrente de una refinería de 286 hectáreas de Gazprom, la gigante energética rusa, que produce 11 millones de toneladas de petróleo al año. El aire de Kapotnya es irrespirable. El olor del ambiente es una mezcla de gas y aceite que pasadas un par de horas comienza a provocar dolores de cabeza y mareos. Las calles lucen sin vida y abandonadas. Solo la presencia de niños rompe con la monotonía de un lugar que parece no haber visto aún el final de la Unión Soviética: el mobiliario urbano, la arquitectura, sobria, fría y deshumanizada; y el tráfico recuerdan a una estampa de otro tiempo.

La confluencia de factores como la mala comunicación, la paupérrima calidad del aire y el deterioro de las infraestructuras convierten a Kapotnya en uno de los barrios más marginales de Moscú. En la metrópoli, símbolo de ostentación a lo ancho y largo de sus principales avenidas, no hay punto intermedio entre la modernidad y el pasado. Tampoco entre ricos y pobres.

Pasear por el parque Gorki, cotillear los escaparates del GUM o comprar pescado fresco en el Eliseevskiy componen una visión de Moscú más cercana a Copenhague que al otrora epicentro del poder soviético. La propia City moscovita es símbolo de ese progreso fingido, olvidándose de los barrios que, como Kapotnya, no han disfrutado aún de la llegada de la globalización.

Moscú está dividida en cinco anillos concéntricos en torno al Kremlin. Dentro de los tres primeros se concentran los principales puntos turísticos: la Plaza Roja, la catedral de Cristo Salvador, el Teatro Bolshói… En esta zona, que apenas abarca un 2 % de la superficie de la urbe, los abrigos de piel y los todoterrenos norteamericanos salpican de lujo cada rincón, sin que haya rastro de mendigos durmiendo a la intemperie ni de suciedad por las calles.

Moscú a dos velocidades

Basta con salir de allí para toparse con otras realidades menos halagüeñas. No hace falta ir a Kapotnya para comprobarlo. En Lyublino, el distrito en donde se encuentra la estación de Bratislavskaya, a media hora del centro de Moscú en metro, edificios de hasta veinticinco plantas continúan acogiendo a la mayoría de la población local en grandes barrios de inspiración estalinista, llamados mikrorayones (microdistritos).

Según el censo más reciente, cerca de un 94 % de los ciudadanos moscovitas viven más allá del centro de la capital. Muchos lo hacen en este tipo de zonas, cerradas en sí mismas y ajenas a cualquier atisbo de progreso.

Tras superar la recesión, Rusia atraviesa un período de estancamiento económico, en el que la desigualdad se ha disparado. Según un informe de Credit Suisse del año pasado, el 10 por ciento más rico concentra un 87 % de la riqueza total del país.

El dato sitúa a Rusia como el estado más desigual del mundo, en el que 23 millones de personas (casi una quinta parte de la población) viven bajo el umbral de la pobreza.

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