Los casos de abusos sexuales colocan a Clinton en la diana

Varios demócratas tildan de error el apoyo dado al expresidente

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nueva york / corresponsal

La ola de acusaciones de abusos sexuales que afecta a pesos pesados del mundo del entretenimiento y la política estadounidense, ha despertado viejos fantasmas que a su vez están instalando la inquietud en los círculos de poder. «¿Quién será el siguiente?», se preguntan en Capitol Hill.

Desde que se denunciaran los excesos en Hollywood, varias mujeres han roto su silencio para apuntar a las más altas instancias de Washington, poniendo al borde del precipicio al candidato republicano al Senado por Alabama, Roy Moore y al senador demócrata, Al Franken. Sus actuaciones constituyen los casos más recientes, pero también han resucitado escrutinios tan severos como los que golpearon al expresidente Bill Clinton en los años 90 y que hoy han vuelto a dividir a los demócratas. En aquel entonces, el grueso del partido cargó contra las denunciantes y argumentó que las infidelidades de Clinton eran «asuntos de familia». Hoy, muchas de esas voces, reconocen haberse equivocado en su apoyo al expresidente, acusado por varias mujeres de agresión sexual.

La primera en alzar la voz fue Kirsten Gillibrand. La sucesora de Hillary Clinton en el Senado de Nueva York y respaldo incondicional de su campaña presidencial, abrió fuego el jueves en The New York Times, al asegurar que Bill Clinton tendría que haber dimitido tras saberse su aventura con Monica Lewinsky. El arrepentimiento de Gillibrand instaló el debate interno de la autocrítica, pero también provocó la réplica del entorno más cercano de la familia Clinton. «Estuviste más de 20 años apoyándoles, hipócrita. Estrategia interesante para las primarias del 2020. Suerte», replicó Philippe Reines, antiguo asesor de la exsecretaria de Estado.

Durante la década de los noventa, las acusaciones sobre el comportamiento del presidente fueron mucho más allá del caso Lewinsky. Tanto es así que Bill Clinton fue sometido a un impeachment por mentir bajo juramento al respecto de una denuncia por acoso sexual presentada por Paula Jones. «Desearía haber hecho más por apoyarla», admitió Patricia Ireland, expresidenta de la Organización Nacional de Mujeres. 

Desviar el foco

En esta nueva guerra, los republicanos están haciendo todo lo posible por trasladar el foco de atención hacia sus rivales. Así lo hizo el propio presidente tras cargar contra Franken, acusado por una presentadora de televisión de haberla besado y tocado sin su consentimiento. «Y pensar que la semana pasada (Franken) estaba dando lecciones sobre el respeto a las mujeres», dijo Donald Trump en Twitter.

El ataque del magnate no solo contrastó con su silencio al respecto del caso Moore (a quien varias mujeres acusan de abusos sexuales cuando eran menores), sino que también evidenció su doble vara de medir. Y es que conviene recordar que 20 mujeres denunciaron abusos por parte de Trump durante la campaña electoral, e incluso se pudo escuchar una conversación del neoyorquino presumiendo de poder tocar a cualquier mujer por su condición de millonario. En su caso, el magnate sigue insistiendo en que todas las mujeres que lo acusan son «mentirosas».

Esta especie de «cultura del acoso» que ha consumido a EE.UU. en las últimas semanas lleva años asentada. Entre el 1997 y el año actual, el Congreso ha tenido que pagar 17 millones de dólares para resolver 264 denuncias, incluidas las de acoso sexual.

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