Indignación contra May por la factura del divorcio de la UE

El ala dura de los «tories» le reprocha que ponga una cifra tan alta sobre la mesa antes de hablar de un acuerdo comercial

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Londres / E. La Voz

Detractores y aliados del brexit se lanzaron ayer contra Theresa May tras conocerse que la factura del Reino Unido por el divorcio de la Unión Europea ascenderá entre 45.000 y 55.000 millones de euros. La cifra pulveriza el argumento de que la salida del club comunitario saldría barata. El ala dura conservadora reprochó ayer a la primera ministra que se pusiera más dinero sobre la mesa de Bruselas sin ni siquiera haber empezado a hablar de un acuerdo comercial.

Aunque tanto Londres como Bruselas evitaron confirmar la cifra, el debate estaba abierto tras descubrir el contribuyente británico que el brexit le saldrá más caro de lo esperado, sobre todo cuando los partidarios de la salida dura defendían incluso que no tendría que pagar nada por el divorcio. La realidad está echando por tierra las promesas hechas por los brexiters. La factura acordada «es un símbolo enorme de la imposibilidad de materializar el brexit en los términos en que fue vendido al pueblo británico», reconocía el diputado laborista Chuka Umunna a la BBC.

Uno de los primeros en criticar el acuerdo sobre el monto estimado del divorcio fue Nigel Farage. El exlíder del antieuropeo UKIP tildó de vendidos a May y al Gobierno, tras denunciar que es inconcebible que Londres dé el visto bueno a «una cifra de esta magnitud a cambio de nada».

Otros diputados conservadores filtraron a la prensa que algunos miembros del Grupo de Investigación Europeo, que apoya el brexit, exigían una reunión con Julian Smith, nuevo ministro de Defensa y mano derecha de May, para dejar clara su inquietud tanto por la nueva cifra como por los pagos escalonados a la UE durarán muchos años. De hecho, Peter Bone, diputado tory de Wellingborough, advirtió de que está preparado para rechazar un acuerdo final si es a cambio de un precio demasiado alto: «¿Por qué iba a votar por algo que dañe los intereses del pueblo británico?», se preguntaba.

En cambio, ministros como Boris Johnson y Michael Gove, partidarios de la ruptura dura con la UE, dieron una tregua a May pero condicionada a que el Reino Unido asegure un buen acuerdo comercial en la próxima fase de las negociaciones.

No, de malas maneras

Una postura más relajada fue la del ministro de Transportes, Chris Grayling, que a pesar de ser defensor del brexit abogó por que Londres «no quiere irse de mala manera» del bloque común. Así, relativizó las cifras, alegando que en la actualidad la isla ya paga una media de 10.000 millones de euros anuales netos a las arcas de la Unión Europea.

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A May la tormenta doméstica la pilló de viaje oficial por Oriente Medio. En su lugar, la ministra del Tesoro, Liz Truss, hizo lo que pudo para intentar echar balones fuera durante la sesión parlamentaria y dijo que las cifras eran puras especulaciones mediáticas. De hecho, parafraseó a su jefa de filas diciendo que «no se acordará nada hasta que no esté todo acordado». Londres busca a toda costa que el día 15 los líderes digan aquello de que hay progresos suficientes para pasar a la segunda fase, la del futuro acuerdo comercial.

Cautela en Bruselas ante la oferta británica

Barnier y su equipo creen que puede haber fumata blanca en la cumbre europea del 14 y 15 de diciembre

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Cristina Porteiro

No le ha quedado otra opción a la Unión Europea que extender la mano y recoger los papeles de Theresa May. Las delegaciones de los Veintisiete pasarán hoy la lupa al método de cálculo y la letra pequeña de la oferta del Reino Unido. Se respira cierto escepticismo en los cuarteles de Bruselas. El negociador europeo, Michel Barnier, ya se las ha visto antes con anuncios prematuros, triquiñuelas británicas y quinielas fallidas. El francés admite que siguen trabajando «muy duro» para poder cristalizar ese principio de acuerdo.

A pesar de los vaivenes y la poca confianza que tiene en el Gobierno de May, Barnier y su equipo creen que puede haber fumata blanca en la cumbre europea del 14 y 15 de diciembre: «Espero poder informar de que hemos estado negociando un acuerdo y que hemos alcanzado un paso muy importante en nuestra relación», deslizó ayer.

¿Por qué Londres ha cedido a las exigencias de la Unión Europea y qué consecuencias tendrá? La buena noticia para May es que si consigue convencer antes del próximo lunes a sus socios europeos estará a un paso de abrir la puerta a la anhelada fase dos de las negociaciones, donde el Reino Unido ya podrá empezar a aclarar su futura relación comercial con la UE y una eventual prórroga de dos años para aterrizar fuera del club de la forma más suave posible.

Siempre y cuando Barnier considere que se ha progresado lo suficiente en torno a los derechos de los ciudadanos desplazados y la solución para la frontera entre las dos Irlandas. Es importantísimo que Londres salde sus cuentas de forma urgente para poder desatascar las negociaciones.

Mal menor

Otra razón que puede empujar a May a extender el cheque son las cuentas. Con la calculadora en la mano, la premier sabe que es mucho más barato aceptar la cifra de la UE que regatear y arriesgarse al coste de no tener un acuerdo futuro. La cifra no es tan abultada si se compara con las aportaciones netas del Reino Unido al presupuesto comunitario (10.000 millones de euros cada año). En cinco años habría amortizado el desembolso. Esos son los argumentos a los que se podría agarrar la primera ministra británica para apagar el incendio en casa. La Unión Europea recaudaría lo que pierde en fraude del IVA en solo un año.

A pesar de estar sellando un brexit a precio de saldo, cualquier concesión será vista con malos ojos por sus adversarios políticos, los mismos que pueblan el ala dura de su Gobierno. Si la situación deriva en una crisis interna, a la UE solo le puede beneficiar que los tories la cierren cuanto antes y que al otro lado del canal de la Mancha se erija una voz autorizada que ponga orden en las negociaciones.

O eso o que el caos se prolongue hasta tal extremo que los británicos den marcha atrás. Barnier ya lo sugirió en más de una ocasión. Ayer no quiso azuzar el fuego: «Debemos conducir este debate con sentido común y prudencia, pero sin ser ingenuos o agresivos», aseguró.

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