¿Y si los tres presos que escaparon de Alcatraz hubiesen sobrevivido?

Una carta, recibida por la Policía de San Francisco, pone en entredicho la versión oficial del desenlace de la fuga del siglo

Frank Lee Morris, Clarence Anglin y John Anglin
Frank Lee Morris, Clarence Anglin y John Anglin

Fue «la fuga del siglo», demostrando una vez más que no hay guion mejor que la realidad. Pero ¿y si la historia no hubiese sido tal y como nos la han contado? ¿Y si la huida más célebre de la historia, hecha thriller en 1979 con Clint Eastwood encabezando el reparto, no hubiese acabado con tres intrépidos reclusos ahogados en el fondo del mar? El 11 de junio de 1962, Frank Lee Morris, un delincuente común, y los hermanos ladrones Clarence y John Anglin, se subieron a una balsa en plena noche y escaparon de Alcatraz, prisión federal estadounidense de máxima seguridad, penal de último recurso construido sobre una isla frente a la costa de San Francisco para confinar a problemáticos reos sin capacidad alguna ni ganas de reinsertarse en la sociedad. Fueron los únicos que lograron huir, pero nunca llegaron a tocar tierra firme. O al menos eso fue lo que los informes oficiales nos hicieron creer: que les resultó imposible sobrevivir a aquellas traicioneras corrientes marinas y a la temperatura del agua, casi glacial. Ahora, 56 años después, la CBS hace pública una carta escrita a mano que la Policía de San Francisco recibió en el 2013 firmada, supuestamente, por uno de los presos fugados. El mensaje está hoy en manos del FBI. El caso fue de nuevo abierto.

«Mi nombre es John Anglin. Conseguí escapar de Alcatraz en junio de 1962 con mi hermano Clarence y Frank Morris. Tengo 83 años y me encuentro en mal estado de salud. Tengo cáncer... pero sí, todos logramos escapar aquella noche, pero por los pelos», reza la nota. «Si anuncian en televisión que prometen enviarme primero a la cárcel por no más de un año y me dan atención médica, volveré a escribirles para decirles exactamente dónde estoy. No es un chiste. Esto es real y la honesta verdad», continúa.

La agencia federal de investigación e inteligencia estadounidense se puso manos a la obra nada más recibir la carta. Escudriñó en ella huellas, rastros de ADN, estudió al detalle las palabras de su autor, su caligrafía. Analizó el texto del derecho y del revés, pero no consiguió dar con resultados concluyentes que apuntasen a que realmente era Anglin aquel remitente que aseguraba haber vivido en Seattle, en Dakota del Norte después y finalmente, al sur de California tras haber planeado y ejecutado la histórica escabullida

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Junto a Frank y a su hermano Clarence, John urdió durante meses un arriesgado plan que pintaba suicida: cavar un túnel desde sus respectivas celdas sin más instrumentos que cucharas y aprovechando las notas del acordeón que sonaba durante las clases de música, disimular su ausencia en los catres con falsas cabezas hechas de jabón, revistas viejas y cabellos recopilados en la barbería del centro penitenciario, y finalmente esfumarse por la rejilla de ventilación para remar sobre una precaria embarcación hinchable a base de chubasqueros robados. La misma noche de la fuga, tres hombres robaron un Chevy en San Francisco. Tiempo después, el FBI encontró un remo y algunos objetos personales flotando cerca de la isla Ángel. Desde entonces y hasta el día de su muerte, la madre de los Anglin recibió cada día de la madre un anónimo ramo de flores. 

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