Cazadores de «hackers» en Rusia

Un ex trabajador en una fábrica de bulos: «el objetivo es crear polémica, cuanta más mejor»

Vitaly Bespalov
Vitaly Bespalov

moscú / e. la voz

Se consideran la CIA rusa y dan caza a los elementos amenazantes de la red popularmente conocidos como hackers. Su misión: rastrear y monitorizar ataques firmados en cirílico en un mercado en auge que incluye también el negocio con los famosos robots rusos acusados de diseminar noticias falsas. Una plaga en expansión que Occidente descubrió con motivo del brexit y de las elecciones de EE.UU. y que, según no pocos observadores, impactó de lleno en España para desestabilizar a Cataluña.

Hay una cosa clara. En la batalla que se libra en la red los hackers rusos y chinos siempre han llevado la iniciativa. Evgeni Mijailovic, el padre del 70 % de los programas malignos que infectan los ordenadores y por el que el FBI ofrece una recompensa de 3 millones de euros, es ruso. La fama de los atacantes rusos no es gratuita. «La KGB tenía una escuela de criptografía y para crear programas de secuestro se necesita saber precisamente eso», explica Daniel Molina, consultor de Grupo IB con sede en Moscú.

A pesar de que es en la capital moscovita donde tienen el centro de operaciones contra hackers como Mijailovic, los expertos cazadores coinciden en que es imposible atribuir la autoría al Gobierno ruso. «Nuestro trabajo es reconocer los ataques y analizar guerras no declaradas, algunas entre países, que se están librando en la red», asegura Molina. Para dar caza al hacker reconstruyen su ADN, trazan el estilo de codificación, patrones de comportamiento y la firma de quien está detrás. Pese a que se presume, la conexión con el Kremlin es aún borrosa.

Los cazadores comparten sus investigaciones con la Interpol pero, a pesar de los esfuerzos, la falta de colaboración entre países facilita la impunidad de los criminales. Como resultado, los delitos informáticos florecen, denuncia Ilya Sachkov, fundador de Grupo IB. «Los grupos criminales utilizan plataformas desde Rusia para atacar a Ucrania o Estados Unidos, y viceversa, a sabiendas de que las autoridades no comparten la información que tienen».

Luchar contra hackers a sueldo o ejércitos tiene un precio. El fundador de Grupo IB ha llevado escolta más de dos años como consecuencia de las amenazas que recibió de un grupo de chechenos. Suele ser una práctica habitual. Empresas de cíberseguridad y consultores reciben «recomendaciones» de quienes no quieren que sus fechorías se conozcan. También menudean las presiones políticas.

Espionaje industrial a empresas y países, blanqueo de dinero, venta de datos personales, números de tarjetas, ataques a entidades financieras o tumbar programas nucleares. La gama delictiva es amplia e incluye la fabricación a escala industrial de noticias falsas, tanto con un móvil económico como político. El pasado febrero el Departamento de Justicia estadounidense imputó a 13 ciudadanos rusos y 3 empresas por interferir en las elecciones americanas.

En el número 55 de la calle Savushkina, en San Petersburgo, encontramos a una de esas compañías, Internet Research, propiedad del empresario Evgeny Prigozhin, apodado el chef de Putin por sus lazos con el mandatario. La fábrica de bulos es infranqueable. Tan solo los trabajadores, tras exhaustivos controles, pueden acceder al edificio que califican de «tenebroso». Vitaly Bespalov es uno de ellos. Ingresó por casualidad después de una larga temporada desempleado. Recuerda que se sentó delante de un ordenador y que lo mandaron «inventar noticias mientras otros compañeros creaban perfiles falsos». Simulaban ser ucranianos descontentos con la opresión de Kiev o rivales de Hillary Clinton. «También había grupos que subían información en redes como Facebook, Twitter o YouTube», explica. El objetivo era «crear polémica, cuanta más mejor».

Las condiciones en la granja de propaganda no eran las mejores. «Tenía que comer sin articular palabra con mis compañeros», explica Vitaly. Si tardaba más tiempo del reglamentario en el comedor lo podían sancionar con una reducción de salario. «Sentí que no podía seguir más allí, que todo era una farsa». Al poco tiempo, consciente de que su trabajo era ser un trol, decidió dejarlo y ahora trabaja divulgando informaciones relacionadas con la prevención del sida.

La controversia de las noticias falsas ha llegado a distintos parlamentos nacionales. Sin embargo, analistas y consultores no lo consideran todavía un problema de seguridad nacional a diferencia, por ejemplo, del blanqueo de dinero de grupos terroristas o de ataques como el virus norcoreano WannaCry, creado para atacar infraestructuras sensibles con intereses políticos. «Hemos analizado lo que está ocurriendo con los robots en Internet pero es extremadamente difícil señalar a un Gobierno. Cualquiera puede usar pandilleros que utilicen servidores de las antípodas y aunque rastrees su firma no están a sueldo directo de ningún Ejecutivo», apunta Daniel. Adquirir robots dispuestos a propagar un mensaje es sencillo. Basta con buscar en foros especializados donde por menos de 100 euros se puede alquilar un ejército dispuesto a atacar en la red o a propagar un mensaje interesado.

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