Clamor mundial para derribar el telón de acero de Donald Trump

La UE está dispuesta a acudir a la OMC para tumbar los aranceles estadounidenses a la siderurgia En el peor de los escenarios, el impacto reduciría un 1 % de la producción

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«Las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar». El autor de tan singular reflexión no es otro que el nuevo adalid del nacionalismo económico: Donald Trump. El presidente estadounidense se ha colgado en la frente la etiqueta de «proteccionista» a golpe de tuit y de decreto. Un sello que porta con orgullo. No esconde sus pulsiones. El magnate prometió una agenda de repliegue comercial y renacionalización de la producción. Y eso está haciendo. A costa, eso sí, de deteriorar los lazos comerciales con sus aliados.

La última víctima del muro arancelario que está levantando Trump ha sido la industria siderúrgica. Washington anunció este mes nuevas tasas a la importación de acero (25 %) y aluminio (10 %) por razones de «seguridad nacional», un espasmo que ha provocado la ira de los socios europeos y temblores en todo el globo.

Ofensiva de acero

Pero, ¿por qué ha levantado Estados Unidos un muro al acero y el aluminio? Existen tres razones principales que explican este movimiento. En primer lugar se trata de una medida electoralista enfocada hacia los cinturones industriales más deprimidos del país. Los expertos y gente cercana a Trump han alertado de las consecuencias que puede acarrear el desabastecimiento e incremento del precio de los materiales. «Estudios previos indican que medidas similares adoptadas en el 2002 llevaron a pérdidas netas en las ganancias y los empleos», asegura el analista del think tank Bruegel, Uri Dadush.

La segunda razón apunta hacia el gigante asiático. Además de tacharlo de «tramposo», Trump acusa a China de inundar el mercado con acero subsidiado y robarle conocimiento tecnológico a las empresas estadounidenses con chantajes como la imposición de cláusulas de cesión de know-how a competidoras chinas como condición para acceder a su mercado. Una queja que también comparten los europeos. Bruselas abrió esta misma semana una investigación para estudiar la potencial entrada masiva de acero y aluminio en la UE tras las restricciones norteamericanas. No descarta imponer aranceles o cuotas si detecta «distorsiones en el mercado», señala la Comisión Europea. «El efecto en el precio mundial y la redirección del comercio se espera que sea pequeño», matiza Dadush. Pero, ¿está justificada la amenaza china? Lo cierto es que Estados Unidos es el mayor importador mundial de acero (23.300 millones de euros) y el país asiático el principal productor (49%). No obstante, Pekín se sitúa como quinto proveedor de los norteamericanos. El secretario de Comercio estadounidense, Wilbur Ross, prefirió quedarse con la panorámica al asegurar que «China produce en un mes lo mismo que Estados Unidos en un año». Es Canadá quien está copando el mercado estadounidense del acero. Casi el 90 % de su producción, valorada en 4.400 millones de euros, acaba traspasando la frontera hacia el sur. Le siguen Corea del Sur, México y Brasil.

El tercer objetivo de esta ofensiva tiene como meta cambiar las relaciones con su histórico aliado atlántico: La UE. Eso sí, por la puerta de atrás, como ya ocurrió con el NAFTA. El deseo de Trump es acabar con la balanza comercial deficitaria que mantiene su país con los europeos (-121.979 millones de euros). A los Veintiocho los acusa de tratar a Estados Unidos «de forma injusta» y apunta con el dedo a la sospechosa habitual: Alemania. La UE produce el 10 % del acero mundial, según cifras de Worldsteel, pero el gigante germano no está entre el pelotón de exportadores de acero. «No somos sus enemigos», explican fuentes de Bruselas. Washington conoce las cifras, pero Trump no quiere perder la oportunidad que se le presenta de forzar a los europeos a contribuir más en el gasto en defensa en la OTAN y ajustar cuentas en otros sectores. «La UE se queja de los aranceles al acero y aluminio. Si ellos retiran sus horrorosas barreras y aranceles a los productos estadounidenses, también dejaremos caer los nuestros. Enorme déficit. Si no, impondremos tasas a los coches, etc.», sugirió el magnate a través de Twitter para hacer valer las demandas de sus agricultores y empresas manufactureras. Las reiteradas menciones al sector del automóvil han provocado sudores fríos en Berlín.

¿Qué está en juego?

Alemania pide calma. No le interesa ningún tipo de guerra comercial, ni con Estados Unidos ni China. El comercio con el socio asiático supera en 20.000 millones de euros los intercambios con el vecino del otro lado del Atlántico. Mesura es lo que busca Berlín y templada fue la respuesta de la comisaria de Comercio, Cecilia Malmström. La sueca elaboró una lista limitada y simbólica de productos estadounidenses que podrían ser gravados en la UE si la exención temporal de aranceles que Trump extendió hasta el próximo 1 de mayo para las importaciones de acero europeas finalmente expiran sin acuerdo. Los vaqueros Levi´´ s, las motos Harley-Davidson y el whisky Bourbon serían los primeros en caer víctimas de la contraofensiva comunitaria. Pero nadie quiere llegar hasta ese punto. Malmström negocia a contrarreloj con sus homólogos estadounidenses para llegar a un acuerdo mutuo que evite una oleada de proteccionismo. También en el marco del G20, donde la canciller alemana, Angela Merkel, trata de buscar una solución multilateral de urgencia a la sobrecapacidad de acero china junto al presidente del país asiático, Xi Jinping, quien todavía niega estar dopando las exportaciones de su industria metalúrgica con ayudas públicas. «Para la industria de la UE, el impacto (de los aranceles) sería modesto», insiste Dadush, quien cifra en un 1 % la reducción de la producción de acero en la UE respecto al 2017, ya que la demanda global este año sigue aumentado. Al menos 1.100 millones de euros en exportaciones de aluminio y 5.100 millones de euros de acero se verían afectadas. El gigante AcelorMittal no muestra signos de especial preocupación. Tiene plantas de acero en el país norteamericano. «La UE debería litigar en la OMC», sostiene Dadush en un informe antes de recomendar planes de contingencia por si la vía de la gobernanza multilateral fracasa. Bruselas no descarta denunciar a Washington para aclarar en qué supuestos un país puede invocar al abrigo de la OMC la cláusula de «seguridad nacional» con la que levantar barreras comerciales. La maniobra no está exenta de riesgo. Bruselas teme que un dictamen desfavorable para Trump acabe empujando a EE. UU. fuera de la organización, rompiendo el sistema internacional de gobernanza comercial.

Más allá del alcance que puedan tener estas decisiones proteccionistas en el conjunto de las economías globales, hay algunas industrias que se verían más afectadas por el levantamiento del telón de acero estadounidense. La construcción y las infraestructuras absorben el 50 % de la producción de acero y aluminio. Le sigue la industria de equipos mecánicos (16 %), el automóvil (13 %), metales (11 %), el sector naval, ferroviario y el transporte (5 %). «Esperamos que las exenciones sean permanentes», asegura el portavoz de la Comisión, Alexander Winterstein. Bruselas cruza los dedos, hasta mayo.

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