Trump eleva su tono y amenaza con expulsar de la Casa Blanca a los medios críticos

El presidente tensa todavía más la relación que mantiene con la prensa al asegurar que está estudiando retirar las credenciales a los periodistas que informen negativamente sobre su gestión

«¡Siéntate!», «¡silencio, silencio!», «usted no»: Así trata Trump a la prensa Los medios críticos no lo tienen fácil en su relación con el presidente estadounidense. Reputados profesionales de la CNN, la BBC o Univisión han visto cómo, de muy malas formas, se les negaba hasta lo más básico de su oficio, preguntar.

Donald Trump no se anda con chiquitas. «La prensa es el enemigo del pueblo americano», ha llegado a asegurar sin ningún tipo de pudor en alguna de sus comparecencias públicas. Lo del presidente de EE.UU. con los medios de comunicación es una relación más bien complicada.Y el republicano nunca se ha preocupado en ocultarlo. Desplantes, insultos, burlas... El irreverente mandatario ha protagonizado toda clase de esperpénticos capítulos con los periodistas de los medios más críticos a su gestión. A algunos incluso se ha atrevido a echarlos a la fuerza de sus ruedas de prensa. Tampoco han faltado incómodas interpelaciones a periodistas del género femenino, a las que ha llegado a colocar en situaciones violentas. «Tiene una sonrisa bonita y su cara también lo es, así que apostaría a que la tratan bien», eran las palabras con las que Trump cosificaba a una periodista irlandesa que se encontraba en el Despacho Oval mientras el presidente intercambiaba algunas palabras con su homólogo de Irlanda. Al ver a la joven reportera, Trump no dudó en pedirle que se acercara para verla más cerca.

Ahora Trump ha ido un paso más allá. Ya no le vale solo con sus violentas palabras y sus continuas salidas de tono. Tampoco le llega al presidente con señalar con nombres y apellidos a través de su cuenta en Twitter a aquellos periodistas a los que considera un verdadero estorbo. Porque el mandatario americano cree que la mejor forma de escapar de aquellos que analizan cada uno de sus pasos al frente de uno de los gobiernos más poderosos del mundo es tirar de censura. 

Amenaza con retirar las credenciales de la Casa Blanca a aquellos medios de comunicación que él considera que «están informando negativamente sobre su Administración». O lo que es lo mismo: los que critican su gestión fuera.«¿Por qué trabajamos tan duro para trabajar con los medios cuando están corruptos? ¿Retiramos credenciales?», escribía en su cuenta de Twitter. Dice Trump, estudio analítico en mano, que el 91 % de las historias publicadas en las cadenas de televisión sobre él son negativas. Y como no le gusta lo que lee y ve ha decidido expulsar cualquier rastro de críticos que pueda tener a su alrededor. 

Esta es la última salida de tono, pero no la única. Antes de echar mano de las amenazas, Trump ha optado por la burla o incluso por la expulsión. En tres ocasiones decidió pedir a los cuerpos de seguridad que echaran a periodistas cuyas preguntas le resultaban, cuanto menos, incómodas. 

Jorge Ramos, periodista de Univisión, salía por la puerta de atrás de una rueda de prensa después de que el presidente decidiera, sin mediación posible, sacarlo por la fuerza. ¿La razón? Simplemente preguntar sobre inmigración. A Trump no le gustó la cuestión así que sacó tarjeta roja y... expulsión.

Al reportero de la CNN Jim Acosta ni siquiera le ofreció la posibilidad de lanzar una pregunta. Por muchos esfuerzos que hiciera para pedir el turno de palabra, el periodista se quedó con las ganas. No. Y punto. Porque su empresa, la siempre incómoda CNN, está en el punto de mira del jefe. Les acusa de dar únicamente «noticias falsas». 

Mucho peor fue el escarnio público que tuvo que sufrir Serge Kovaleski, de The New York Times. Durante la campaña a las elecciones presidenciales, el entonces candidato republicano aprovechaba uno de sus mítines para burlarse de la discapacidad física de uno de los reporteros del periódico americano. El magnate cambiaba el tono de voz e imitaba el movimiento corporal de Kovaleski -que padece artrogriposis, un síndrome que afecta a la movilidad de los brazos- en un intento de parecer gracioso. Esa reacción -pueril, de mal gusto y bastante fuera de lugar- venía causada por una historia que el periodista había publicado en el año 2001, en la que refutaba que miles de musulmanes en Nueva Jersey hubieran celebrado los ataques del 11-S contra el Centro Mundial de Comercio de Nueva York. El presidente aseguraba que lo había visto con sus propios ojos. Y como lo que decía Kovaleski no le gustaba, decidió ridiculizarlo. De la peor de las formas.

Trump no es contenido. No entiende de buenas formas. No es políticamente correcto. No lo ha sido nunca. Mucho menos con la prensa. Y probablemente, su condición, nunca llegue a cambiar

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