May encierra a su gobierno sin teléfonos para zanjar la división sobre el «brexit»

Los medios conservadores informan de que hasta seis ministros están decididos a dimitir

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londres / corresponsal

¿Cómo desbloquear la negociación sobre el brexit con Bruselas y, al mismo tiempo, garantizar la supervivencia de un Gobierno partido en dos mitades por la cuestión? Hasta ahora, la primera ministra británica, Theresa May, fue exprimiendo los plazos, con posiciones ambiguas que le permitían salvar la unidad de los suyos y su propia cabeza a costa de no despejar las dudas sobre qué pasará con el Reino Unido cuando suene la campana para salir de la UE.

Consciente de que el calendario no permite más distracciones evasivas, May encerró a sus ministros en la residencia oficial de fin de semana de los jefes de Gobierno donde tanto ella como el negociador técnico con la Comisión Europea, el alto funcionario Oliver Robbins, presentaron el contenido de un libro blanco que se publicará la próxima semana y que delinea el compromiso británico de mantener las regulaciones comunitarias en bienes y sector agroalimentario, de tal modo que haya continuidad de acceso al mercado común en estas áreas. La propuesta también dibuja «un nuevo modelo de aduana» favorable a las empresas, con libertad para alcanzar nuevos acuerdos comerciales en todo el mundo.

Según Colpisa, Bruselas quiere analizar si esta nueva propuesta de Londres da ventajas con respecto a la pertenencia al mercado común. En ese sentido, el documento británico propondría un mecanismo de prioridad para la inmigración de ciudadanos de la UE y paneles conjuntos para que Reino Unido no esté obligado a someterse formalmente al Tribunal de Justicia de la UE.

El calendario de la negociación establece que en octubre los líderes comunitarios tienen que dar el visto bueno al acuerdo de marcha, con los pactos sobre asignaciones presupuestarias y derechos de residencia de ciudadanos muy avanzados, y con la cuestión sobre la frontera irlandesa resuelta en gran parte por el nuevo esquema de relaciones.

Pero el obstáculo una vez más es sortear la división dentro del partido conservador, En este sentido, la de este viernes no fue una reunión fácil, pues en un gabinete ampliamente escindido, los dos bandos de su partido exigían que su jefa de filas se alinease lo más cerca posible de sus ideas. Los asistentes tuvieron que entregar sus teléfonos y cualquier reloj inteligente a su llegada a la casa del siglo XVI en el condado de Buckinghamshire para evitar filtraciones que pudiesen echar al traste la jornada.

La prensa conservadora pronosticaba la dimisión de hasta seis ministros favorables a una ruptura total de la relación actual con Bruselas, según publicó The Times, mientras que The Telegraph resaltaba que siete se reunieron para discutir cómo afrontar la reunión en las dependencias del Ministerio de Exteriores, cuyo titular, Boris Johnson, lleva la voz cantante del grupo favorable a un brexit duro.

Johnson, precisamente, se reunió con el ex primer ministro, David Cameron, el mismo que convocó el referendo que desencadenó el embrollo actual. En el encuentro, el jefe de la diplomacia británica «culpó a todos excepto a sí mismo» del estado actual de la negociación. Una fuente apuntó, por su parte, a que Cameron sugirió que el plan adoptado por su sucesora era el «peor de todos» y le dijo a su compañero de filas que era hora de que se enorgulleciera de ser «el padre del brexit». Cameron rechazó la información y dejó entrever que, tal como están las cosas, sería partidario de una salida blanda del bloque común, al estilo del modelo noruego. A su juicio, el enfoque de Johnson es una fantasía que ignora los problemas clave.

Una pasarela entre facciones «tories» bautizada como «arreglo aduanero facilitado»

Se sabe muy poco del nuevo plan aduanero de May, bautizado de una forma un tanto alambicada como «arreglo aduanero facilitado», salvo que intenta lograr una síntesis para taponar el abismo que separa a las dos facciones del partido conservador, cada una de ellas con una postura particular muy cerrada sobre la cuestión.

Los llamados «remainers» (proeuropeos), entre los que sobresale el ministro de Economía, Philip Hammond, prefieren el modelo de «asociación aduanera» por la que Londres recaudaría aranceles en nombre de la UE sobre los bienes llegados a sus puertos pero destinados a los Veintisiete, una fórmula que evitaría controles en la frontera británico-europea. Los «brexeeters», abanderados por el titular de Exteriores, Boris Johnson, defienden lo que denominan como la «máxima facilitación», que permitiría recurrir a la última tecnología para minimizar la necesidad de controles fronterizos físicos.

En un complicado ejercicio de equilibrismo, May defiende ahora que el Reino Unido tendría libertad para establecer sus tarifas aduaneras sobre las mercancías que llegan al país. Según los detalles que el gabinete ha ido filtrando a cuentagotas para ir macerando a la opinión pública, se valdría también de una nueva tecnología que permitiría determinar por adelantado el destino final de estas mercancías. Este mecanismo ayudaría, por lo tanto, a establecer si se pagan las tarifas del Reino Unido o de la UE.

Reservas de Bruselas

Nadie ignora, sin embargo, que lo que pueda resultar satisfactorio para contentar a los dos bandos en liza debe pasar por los filtros de la negociación. Los medios británicos han venido resaltando los últimos días que las pinceladas avanzadas por May no han despertado el menor entusiasmo en Bruselas porque se trataría de aplicar una tecnología que no ha sido probada hasta ahora.

La primera ministra busca, además, que su tercera fórmula permita que la frontera entre la provincia británica de Irlanda del Norte y la República de Irlanda siga siendo invisible para no perjudicar el proceso de paz norirlandés. Pero esto choca con la política y con la historia. El brexit ha reabierto un potencial conflicto en la isla que ninguna tecnología, por avanzada que sea, puede suprimir.

Barnier pide a los británicos «desdramatizar»

c. porteiro

Era una cita crucial para la premier Teheresa May y Michel Barnier lo sabía. El negociador europeo para el brexit podría haber lanzado un torpedo para sabotear la reunión de ministros en Chequers, pero el francés optó por sacar la bandera blanca. Hay mucho en juego. Ni a Londres ni a Bruselas les interesa precipitarse hacia un divorcio «duro».

Las negociaciones de salida del Reino Unido están estancadas a falta de nueve meses para abandonar la UE. Los retrasos se deben fundamentalmente a la incapacidad de May de consensuar con sus ministros una hoja de ruta. «Necesitamos saber qué quieren», repiten una y otra vez los funcionarios en Bruselas. Contra todo pronóstico, la UE sigue cerrando filas en torno a Barnier, quien este viernes se mostró dispuesto a «adaptar la oferta de los Veintisiete» si el Gobierno británico «cambia sus líneas rojas». Una demanda difícil de satisfacer en lo que se refiere a la solución para las dos Irlandas.

Barnier quiere que May acepte un «alineamiento normativo» de Irlanda del Norte con la UE para evitar la frontera física entre los dos territorios, una sugerencia que Londres rechaza con vehemencia. El francés instó este viernes a los británicos a «desdramatizar» los cambios, alegando que la integridad territorial del país no está en peligro.

La premier busca alternativas a la propuesta de la UE para no enfrentarse con sus socios unionistas. ¿Qué hay del plan aduanero? May tantea la posibilidad de mantener al Reino Unido en el mercado interior para los bienes y productos agroalimentarios, no para los servicios. «El mercado único no es y no debería ser un supermercado. Está en el corazón del proyecto europeo. Es una fuente de oportunidades y prosperidad», deslizó este viernes el galo cerrando la puerta a su fragmentación o a cualquier participación británica a la carta.

Bruselas espera los detalles concretos del nuevo plan británico. Y lo espera con impaciencia porque los parlamentos nacionales deberían empezar a ratificar el acuerdo, todavía inexistente, a partir del mes de octubre. «Aun hay demasiadas preguntas y demasiado pocas respuestas», se quejó Barnier antes de exigir a Londres «soluciones realistas y practicables». El reloj sigue corriendo.

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