El niño prodigio que se ató a los neonazis

Supo aprovechar la sed de cambio del electorado, así como el creciente rechazo a la inmigración

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berlín / corresponsal

Austria hizo historia en dos ocasiones el año pasado. La primera a mediados de octubre, cuando el líder del Partido Popular (ÖVP), Sebastian Kurz, se convertía en el mandatario más joven de la UE. Y dos meses más tarde, cuando el mesías de los conservadores austríacos anunciaba un pacto para reeditar la coalición con la formación neonazi FPÖ, la misma fórmula que le valió al país el repudio y las sanciones comunitarias en el año 2000. Con la toma de posesión de su nuevo Gobierno, Austria rompió un tabú por segunda vez desde que dejó atrás el nazismo. Ahora, el resto de sus vecinos ya no pueden seguir ignorando a la pequeña república alpina, que refleja mejor que ningún otro país europeo los retos a los que se enfrenta el continente.

Crisis del bipartidismo

Escándalos y campaña sucia. El declive que han experimentado el SPÖ y el ÖVP, las dos formaciones que se alternan en el poder desde 1945, empezó a ser evidente en las elecciones generales del 2013. Los votantes les castigaron por sus escándalos de corrupción y comenzaron a buscar alternativas en partidos minoritarios aunque el varapalo no llegó hasta las presidenciales del 2016, cuando ni el candidato del ÖVP ni el del SPÖ lograron pasar a la segunda vuelta. Ello motivó la renuncia del canciller y jefe socialdemócrata, Werner Faymann, que cedió el testigo a su correligionario Christian Kern. Pero las disputas por temas como la inmigración, la reforma fiscal o la educación rompieron la gran coalición, provocando el adelanto de las generales previstas para este otoño. Kern pagó caro haber contratado como asesor al israelí Tal Silberstein, que difundió en Facebook historias falsas antisemitas para desacreditar a Kurz. Un episodio que generó un cruce de demandas judiciales y terminó de menoscabar la confianza del electorado.

Lavado de imagen

El nuevo rostro. Mientras a los socialdemócratas no les quedó más remedio que regenerarse en la oposición, los conservadores celebraban el triunfo de Kurz. Con apenas 31 años, el prodigio vienés saltó al tablero nacional en el 2013, de la mano de la cartera de Exteriores. Un cargo que le permitió desmarcarse de la coalición de Gobierno, tras percibir la sed de cambio de la población. En mayo del 2017, aprovechando que era el político más popular del país, Kurz puso fin a la alianza con el SPÖ y orquestó una revolución en su partido, del que se proclamó jefe. Entonces inició un lavado de imagen similar al de Trudeau en Canadá y Macron en Francia, con el que transformó al anquilosado ÖVP en un movimiento de artistas, atletas y empresarios. En semanas, la formación, que cambió tanto de nombre como de color de cabecera, remontó en los sondeos desde el tercer lugar al primero. La joven promesa mantuvo el impulso gracias a su fuerte presencia en las redes sociales, un equipo de asesores experimentados y una campaña impecable. Pero sobre todo tras haberle robado parte del programa al xenófobo FPÖ.

Ola migratoria

Blindaje absoluto. Kurz apuesta por alivios fiscales para los austríacos, a costa de una reducción de las ayudas a los extranjeros, la lucha contra el extremismo islámico y la mano dura frente la inmigración. Es más, como ministro de Exteriores ya ordenó el cierre de la ruta de los Balcanes y la prohibición del burka. Dos medidas populistas que le hicieron ganar puntos entre una ciudadanía que vira irremediablemente a la derecha por miedo a perder su estatus socioeconómico y a convertirse en blanco del yihadismo. Un giro que arrancó en el 2015, cuando el país, que no llega a los 9 millones de habitantes, recibió 150.000 refugiados. Pese al bajo desempleo y a que hasta ahora Austria no ha sufrido ningún atentado, la crisis migratoria ha provocado un nuevo brote de racismo en la población. Una tendencia que también ha sabido aprovechar Kurz, cuya política migratoria perjudicó su relación con la vecina Alemania, al haberse alineado con los países de Visegrado, que son contrarios a la acogida.

Auge de la Ultraderecha

El largo brazo. Nadie ha capitalizado mejor el rechazo hacia los extranjeros que el FPÖ, un partido fundado por antiguos oficiales de las SS en 1956 que vivió su máximo esplendor en los noventa bajo la batuta de Jörg Haider, cuando quedó segundo en las generales de 1999 y entró al Ejecutivo. Tras la muerte de Haider, heredó el testigo Heinz-Christian Strache, actual vicecanciller después de que el FPÖ consiguió el tercer puesto en octubre. Además, los ultras se han quedado con 6 de las 14 carteras, incluidas Interior, Defensa y Exteriores. Hasta el 40 % de sus diputados son miembros de fraternidades pangermanistas como la estudiantil Germania, responsable de editar un cancionero nazi. El caso salpicó también al SPÖ, un síntoma más de cómo la extrema derecha extiende sus tentáculos en un país que tipifica como delito la apología del Holocausto. 

Presidencia de la UE

Turbulencias a la vista. La posibilidad de un Öxit no sienta bien en el país alpino, cuya economía depende del turismo y las exportaciones. Tampoco a la UE, que observa con preocupación el rumbo de Viena, que acaba de asumir la presidencia de turno hasta finales de año. Kurz intentó tranquilizar a Bruselas con su idea de forjar una política comunitaria en torno a grandes asuntos y dejar el resto a la soberanía nacional. Para ello ha resultado decisiva la figura del jefe de Estado, quien presionó hasta trasladar la agenda europea del ministerio de Exteriores, en manos del FPÖ, a la cancillería.

La ficha 

Datos personales. Sebastian Kurz nació el 27 de agosto de 1986 en Viena. Es hijo único de una profesora y un ingeniero que durante su niñez acogieron a refugiados de la guerra de Bosnia. Aún no terminó la carrera de Derecho, que empezó en el 2005 y dejó para dedicarse a la política. Tiene novia estable desde el instituto, y se declara aficionado al senderismo y la escalada.

Trayectoria. Cuando cumplió 16 años, llamó a la oficina local del ÖVP para ofrecerse. En el 2009 ya era director de las juventudes y en el 2010 el ocupó un cargo en la Administración de la capital. Con tan solo 24 primaveras, fue nombrado secretario de Estado. El éxito le llegó con el Ministerio de Exteriores en el 2013, antesala a la Cancillería, que dirige desde diciembre del 2017.

Sus desafíos. Satisfacer al mismo tiempo las demandas de Bruselas y las del euroescéptico FPÖ, especialmente en asuntos internacionales de peso para la UE, como la guerra siria, el pacto nuclear iraní, el conflicto ucraniano, el «brexit» o la relación con EE. UU., Rusia y Turquía.

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