Escuela de niños asesinos en EE.UU.

Detienen a cinco personas en Nuevo México que adiestraban a once menores en condiciones infrahumanas para que cometieran ataques indiscriminados en colegios


NUEVA YORK / COLPISa

Un mensaje desesperado que interceptó un detective policial de Georgia sirvió de coartada legal para asaltar el destartalado campamento en el desierto de Nuevo México que tenía a las autoridades en ascuas: «Nos estamos muriendo de hambre, necesitamos agua y comida», decía.

Hasta ese momento el sheriff de Taos Jerry Hogrefe vigilaba con el ceño fruncido la casa de la pequeña localidad de Amalia, en la frontera con Colorado, que había ocupado un grupo de cinco adultos con once niños de entre uno y 15 años de edad. Su información era que «se les consideraban extremistas de creencias musulmanas» y que estaban «fuertemente armados».

La Policía de Georgia también les tenía echado el ojo desde hacía nueve meses, cuando empezó la búsqueda de Abdul-Ghani Wahhaj, un pequeño de tres años al que su padre, Siraj Ibn Wahhaj, de 39, se llevó un día al parque y no lo devolvió. Su madre había denunciado a los agentes que el niño sufre de una encefalopatía que le provoca convulsiones. Sin la medicación podría morir, como puede haber sido el caso. Su exmarido, hijo de un imán de Brooklyn al que se relacionó con los atentados de 1993 al World Trade Center, le había dicho que lo que necesitaba era «un exorcismo», porque estaba «poseído por el diablo».

A la izquierda Lucas Morton, que actuaba como líder del grupo para proteger sus ideas islamistas. A la derecha, Siraj Wahhaj, que estaba bajo vigilancia por la desaparición de su hijo de tres años
A la izquierda Lucas Morton, que actuaba como líder del grupo para proteger sus ideas islamistas. A la derecha, Siraj Wahhaj, que estaba bajo vigilancia por la desaparición de su hijo de tres años

A Abdul, que el lunes cumpliría cuatro años, no se le veía por ningún lado en el campamento que las autoridades asaltaron el viernes pasado. Por eso tuvieron que esperar a tener otra denuncia que les permitiera intervenir. Los restos de un niño que han encontrado enterrados pueden ser todo lo que quede de él, pero su búsqueda sirvió para liberar a los otros once que se encontraban en las condiciones «más tristes y más asquerosas» que el sheriff Hogreffe haya visto en su vida. «Parecían niños refugiados de un país del tercer mundo», contó. «No solo no tenían agua ni comida, tampoco zapatos ni nada de higiene personal. Básicamente se cubrían con harapos».

En el sucio remolque en el que estaban encerrados solo había algunas patatas y unos granos de arroz. Esas condiciones de desnutrición motivaron la denuncia de maltrato y abuso de menores que el viernes llevó a los cuatro adultos ante los tribunales, pero el miércoles la Fiscalía volvió con acusaciones aún más fuertes. Al menos uno de los niños ha contado a los padres de acogida temporal que estaba siendo entrenado con armas de fuego «para matar cuanta más gente posible» en un tiroteo escolar.

Casi un vertedero

Puede que no hubiera comida, pero no faltaban armas ni municiones. La propiedad que habían ocupado era una fortaleza llena de trampas que parecía un vertedero, sin agua corriente ni electricidad. Los hombres del sheriff tuvieron que sortear puntillas sobresalientes, cristales rotos y trincheras para llegar hasta un pequeño camión abarrotado de colchonetas y camas improvisadas.

El padre de Lucas Morton, el otro hombre detenido junto a Siraj Ibn Wahhaj y tres mujeres que se presumen madres de los niños, se encontraba en los juzgados del condado de Taos defendiéndoles ante la prensa. Según él, el grupo se mudó a Nuevo México para practicar su religión lejos de una sociedad que en la era Trump «no tiene nada positivo hacia los musulmanes». El juez les ha negado la libertad bajo fianza.

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