Soledades


Se quejaba en su día Felipe González de la soledad del poder, ese momento en el que quien lo ejerce no tiene a quién llamar. La moción de censura ha constatado la soledad parlamentaria de sus protagonistas. De un lado, Pablo Iglesias, quien, a pesar de que se ha esforzado en limar sus aristas durante el debate, solo ha logrado convencer a los suyos y a los independentistas. Amistades peligrosas en cualquier caso y con las que no va a ningún lado. La soberbia y la agresividad con la que llegó en su día al Parlamento, convencido de ser un mesías llamado a redimir a los españoles y guiar al pueblo a un nuevo mundo, le ha granjeado la animadversión del resto de la Cámara. De hecho, los recelos personales se han erigido en un obstáculo para un acuerdo con el PSOE. Aunque haya rebajado el tono notablemente, los socialistas lo miran con el rabillo del ojo, temerosos del abrazo del oso. Le va a ser difícil redimirse de su pecado original de haber rechazado en su día la investidura de Sánchez. Unos y otros se necesitan, pero desconfían. Y en ese baile andan. Iglesias se pone el disfraz de cordero y hasta elogia al de la cal viva. La derrota de Susana Díaz se lo ha puesto más difícil y le ha obligado a cambiar de estrategia. Del enfrentamiento ha pasado a tirarles los tejos a los socialistas, en un intento de hurgar en su herida para que no cicatrice la división interna. Ábalos lo vio venir y le paró los pies. El PSOE busca recuperar votantes huidos a Podemos compartiendo su discurso social y regeneracionista, pero levantando un muro en el territorial. Un complicado intento de mantener los equilibrios internos y externos. Aun así, todo apunta a que la supuesta aspiración de Sánchez a tejer una nueva red de apoyos para montar su propia censura será un ejercicio tan vano como el de su primera investidura y de la moción fracasada ayer.

Pero el fracaso de Iglesias no conlleva el éxito de Rajoy, por mucho que ayer lo interpretara como tal. La moción ha retratado otro tipo de soledad, la del PP, el poderoso al que se arriman los interesados, pero al que nadie quiere. Rajoy también tiene su pecado original, el de la corrupción. Y por mucho que se empeñe, por muchos argumentos económicos que contraponga, nadie ni nada le va a redimir. Su atrincheramiento, personal y político, le puede ser útil ahora, pero el inmovilismo acabará pasándole factura. La virulenta intervención de Hernando ayer es un ejemplo del tipo de reacción de quien se siente acorralado.

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