Mariano Rajoy ante la Historia

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Si no imposible, es muy difícil encontrar un caso en el que, como en el de la rebelión secesionista catalana, haya tenido un Gobierno más razones y de más peso para adoptar las medidas excepcionales que le confiere la Constitución con la finalidad de defender la democracia y los intereses generales.

En Cataluña se han aplicado normas inconstitucionales, suspendidas por el TCE unánimemente, al suponer la derogación de la Constitución y el Estatuto; se ha celebrado un referendo ilegal; se ha proclamado, en un acto de rebelión, una república independiente; se han cometido presuntos delitos de desobediencia, prevaricación, malversación y sedición; se ha ordenado a la policía autonómica violar la ley e impedido a la Guardia Civil y la Policía Nacional cumplir sentencias judiciales; se ha creado una situación de inseguridad jurídica tan bárbara como para forzar la salida en siete días de más de mil impresas; y, redondeando el desatino, se han producido daños a nuestra economía que, según la Autoridad Fiscal Independiente, podrían alcanzar los 12.000 millones de euros si la crisis secesionista continúa.

Y todo ello en medio de una orgía de embustes que superan la más grotesca desvergüenza: como ese de que dos encarcelados por sedición, que cometieron su delito ante miles de personas, son presos políticos, trapacería que defienden, para más inri, acérrimos partidarios de la dictadura venezolana: o ese otro del gran sostén internacional a la secesión de Cataluña, que cuenta, es verdad, con el apoyo de lo más granado de la extrema derecha y la bellaquería planetaria: Assange, Le Pen, Maduro, Nigel Farage, Putin, Geert Wilders y, por supuesto, el inefable Pérez Esquivel, que se apunta a un bombardeo.

Lo inexplicable no es que tal insensatez haya llegado a producirse, pues basta conocer la historia para saber que el fanatismo nacionalista está detrás de gran parte de las catástrofes mundiales de los dos últimos siglos. No, lo inexplicable es que el Gobierno de España no solo no haya parado a tiempo el despropósito de los independentistas sino ?lo que, si cabe, es aun más grave? parezca seguir empeñado en poner la otra mejilla cada vez que Puigdemont le arrea un bofetón, sin importarle al parecer que el presidente rebelde de la Generalitat siga castigando, con sus chulescos desplantes y amenazas, al país entero y sobre todo a los millones de catalanes no nacionalistas hoy abandonados a su suerte en manos de un aprendiz de dictador.

O el Gobierno reacciona y adopta sin más demora las medidas para la restauración de la legalidad que exige imperiosamente la gravísima crisis que hoy atravesamos, o los secesionistas lograrán sus fines, que no son otros que hacer cisco la imagen internacional de nuestro país e imponer en toda España el caos que ya domina Cataluña.

Ese es sin duda su objetivo y, si el Gobierno no asume su responsabilidad, podrían alcanzarlo.

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