Los muertos vivientes


Vistos los alarmantes acontecimientos es fácil imaginar al pequeño Puigdemont aporreando las puertas de las casas de sus vecinos planteando la pregunta ¿Truco o truco? Y a los mayores del pueblo, perplejos, tratando de explicarle al niño disfrazado de fantasma que lo correcto es preguntar truco o trato. Pero el trato, que tantas veces genera ley es -debió pensar este párvulo y ahora expresident- para los que no tienen una Misión, así, con mayúscula. Y tras un viaje desde la infancia a la madurez (biológica) -quién sabe si intentó ingresar en una escuela de arte y lo rechazaron- se plantó en Bruselas Puigdemont, o puede que su fantasma, el día de Halloween, a pocas horas de la noche de los muertos vivientes. Habló allí como una criatura venida del más allá, aunque se expresó en cuatro idiomas, lo cual está visto no implica elevación de espíritu. Exigió Puigdemont, o su meme, «garantías de un juicio justo» para regresar al lugar que quiso dinamitar y aludió a la violencia del Estado, etcétera, conceptos que usa el tirano para justificar la tiranía. Fue todo su discurso y su gesto tan risible y en el fondo terrorífico que en la plaza de Sant Jaume, donde además del palacio de la Generalitat hay algún bar, y en parte de Cataluña, de España y del mundo entero, estarán pensando que, de tanto invocar a los zombis, estos han empezado a salir de sus sepulturas y a dar ruedas de prensa.

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