Si este señor fuera una asignatura, muy pocos pasarían de primero de Puigdemont. Nunca se sabe lo que puede caer en el examen. El domingo su lección versó sobre «La destrucción de ese monstruo llamado Europa» y ayer lo hizo sobre una combinación de «La culpa de los muertos en las Ramblas a lo mejor es del Gobierno» y «Europa ahora mola, pero solo si me dejan a mí arreglarla», lo cual constituye una radiografía intelectual perfecta de este expresidente metido a turista huido de la justicia, huido de sus irresponsabilidades y huido del pueblo al que, menos mal, ya no representa. Ahí lo tienen, posando con esa mirada indolente en un canal de Brujas. Claro que lo que dice no es cosa de brujas: son sus pensamientos más íntimos, léase odio a la ley, a España, a Europa y a todo lo diferente, sea una persona, una bandera, o una piedra. Puigdemont quiso ser el hazmellorar de Europa y se ha convertido, estaba cantado, en el hazmerreír. Aunque es mejor ponerse serios porque, no siendo ya un problema lo que él diga, sí lo es que haya aún quien piense en confiarle su voto. Al huido. Es la grandeza de la democracia, que de vez en cuando nos avisa de que Berlín, 1933, es posible. Hasta hace poco, podíamos presumir de que en España no había hueco para ningún Le Pen. Ya no podemos.

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La mirada Le Pen