Hay vida, y nieve, más allá de Cataluña


Si no fuera por las penalidades que soportaron los miles de ciudadanos atrapados durante horas en sus vehículos sin recibir ayuda o información alguna, habría que dar las gracias a la primera gran nevada del año por sacarnos de la política ficción y devolvernos a la cruda realidad. Enredados como estábamos en el sainete del surrealista monotema, salimos por fin del bucle y recordamos que hay vida -y problemas- más allá de Cataluña. Casi daba gusto ver a los líderes de la oposición, todos a una, empleándose a fondo en exigir dimisiones por la incompetencia gubernamental frente a la nieve y al Ejecutivo haciendo el ridículo tratando de endosar la responsabilidad a la concesionaria de la autopista AP-6, a los conductores o al sursum corda con tal de escurrir el bulto. Toda una vuelta a la normalidad.

Pero una cosa es que nos alegremos de cambiar por fin de tercio, y otra que nos guste ser tratados como imbéciles. Y en esto último parece estar el Gobierno. Que el director general de Tráfico, Gregorio Serrano, que incomprensiblemente no había dimitido al cierre de esta edición, pretenda irse de rositas diciendo que él avisó de posibles problemas en las carreteras y los conductores no le hicieron caso, es algo así como si el ministro de Economía se desentendiera de las consecuencias de la crisis sobre las familias españolas diciendo que él ya avisó que vendrían mal dadas. Y que si la gente se va al paro o está en la ruina, es porque no se atendieron sus acertadas previsiones.

Que el titular de Fomento, Íñigo de la Serna, se lave las manos culpando a la concesionaria de la autopista AP-6 y anuncie que va a abrir un expediente informativo a la empresa por si hubo «algún tipo de negligencia», ya que Fomento «es únicamente el titular de la autopista», es un insulto a los españoles por parte de un ministro con inclinación a la prepotencia y más preocupado por su promoción política que por resolver los problemas de los ciudadanos. Y que el responsable de Interior, Juan Ignacio Zoido, permaneciera en el palco del Sánchez-Pizjuán viendo el Sevilla-Betis cuando ya había sido avisado de que había graves problemas en las carreteras, es una burla y un síntoma de que el Gobierno está perdiendo el contacto con la realidad de una España que no está precisamente para bromas.

Se cumplen justamenete hoy nueve años de otra gran nevada, la del 9 de enero del 2009, que nos regaló uno de los episodios más esperpénticos de la política española. Para tratar de escapar de las unánimes peticiones de dimisión por la falta de previsión que colapsó las carreteras y obligó a cerrar el aeropuerto de Barajas, a la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, no se le ocurrió otra cosa que emprender en pleno febrero un grotesco viaje a Siberia para preguntar como combatían allí el frío. A Rajoy, que entonces pidió la renuncia de la ministra, no le exigiremos que envíe a la estepa rusa a los responsables de la imprevisión y la incompetencia supina demostradas durante este fin de semana, pero sí al menos que alguien pida perdón, asuma la responsabilidad y presente su dimisión.

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