Una cuestión de medio pelo


Tengo una duda peluda. O una duda que fede, que también viene a cuento de «Anna, la nueva chica Rexona», de todos esos comentarios guapos que ha descorchado el giro perverso, estratégico y mediático (¿de hondo calado político?) de Anna Gabriel para mostrarse en su retiro suizo como una fiera corrupia que ha desenmascarado a golpe de look su pantomima. «Lo que hace es abandonar el feísmo, ponerse desodorante, vestirse un poquito de Chanel», observa Carlos Herrera, que no tiene un pelo de impopular. Yo, en cambio, detecto ese otro olor, a sudor rancio mal tapado con el perfume de causas mayores: el del machismo naíf que ni sabe que lo es, porque no sale de su zona de confort. ¿Machista el enfoque capilar de la causa de Anna Gabriel? Sí, en esa dimensión de trending topic y titular que se le han dado a sus pelos siendo una cuestión menor.

No estoy con Gabriel ni defiendo la macarrónica deriva del procés, no me va Catalonia ni el pensamiento en bloque, no soy antivacunas ni veo en las comunas de hijos el paraíso perdido. Tampoco voy a negar la jugada oportunista de Anna Gabriel, pero es obvio que un look no lo dice todo. ¿O sí? ¿No ha cundido mucho más el pitorreo en torno a su cambio de aspecto que la propia extradición, o que el esmoquin, que ahí quedó, de Pablo Iglesias? Si voy de melena midi y traje chaqueta a una entrevista de trabajo ¿me convierto en jefa o empresaria del PP? Si me pongo escote hasta el ombligo... ¿me convierto en qué? De la noche a la mañana, Anna es una Eva al desnudo de Sallent de Llobregat que ha acaparado todos los focos para enseñarnos cómo pisotea su propia credibilidad. Pero la han comparado más con El patito feo, Betty la Fea y la señorita Pepis. Qué gracia, la moda juvenil no deja de perseguirnos 40 años después.

Me siento cursi, ridícula, como una descabellada «portavoza» de una causa «menor».

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