La Justicia es ciega, pero no tonta


Solo la soberbia y el exceso de confianza de quien se cree intocable puede explicar que alguien acusado nada menos que de rebelión sea tan torpe como para dejarse atrapar precisamente en Alemania, país en el que ese tipo de delito puede pagarse hasta con la cadena perpetua. Hay que reconocer, eso sí, que esa equivocada sensación de impunidad de Puigdemont venía avalada por lo que parecía inacción de la Justicia española e incompetencia de los servicios de inteligencia. Fugarse al extranjero estando acusado de gravísimos delitos se había convertido en el deporte nacional de Cataluña, hasta el punto de que alguno, como Anna Gabriel, se escapó por pura pose, ya que solo está acusada de desobediencia, algo que como mucho podría acarrearle la inhabilitación para un cargo que ya no tiene.

La misma sensación de impunidad parecían tener los líderes independentistas a los que el juez Llarena puso en libertad en noviembre tras acatar la Constitución, asumir el artículo 155 y renunciar expresamente a la independencia unilateral. Una vez en la calle, lejos de enmendar su contumaz desafío a la ley, y a pesar de ser advertidos de que volverían a prisión si incumplían lo prometido, se dedicaron no ya a seguir desobedeciendo a la Justicia, sino a pitorrearse de ella y a utilizar en su beneficio político el paso por la cárcel. Así vimos a Rull y Turull, los Hernández y Fernández de la política catalana, haciendo bolos para denunciar torturas tan graves como tener que ingerir hamburguesas poco jugosas o padecer flatulencia por comer cocido, mientras volvían a las andadas. Qué risas hacían. Y vimos cómo, nada mas eludir la prisión renegando de la república al borde del llanto, Forcadell clamaba que «la represión no frenará la república».

Ahora, sin embargo, acabada la farsa, muchos, y no solo en las filas independentistas, parecen llevarse las manos a la cabeza por el hecho de que el juez envíe a prisión u ordene detener a quienes se han reído permanentemente de la Justicia y han seguido desobedeciendo, como si las acusaciones que pesaban sobre ellos fueran papel mojado. Pero cualquier otra cosa habría supuesto que los golpistas alcanzaran su objetivo de que, tal y como relata el magistrado en su auto de procesamiento, «el Estado de derecho se rindiera». Ni Puigdemont ni ninguno de los líderes independentistas ha dado en todo este tiempo un solo motivo al juez ni al resto de españoles para creer que hayan rectificado o tengan intención de dejar de delinquir y usar solo la vía democrática para lograr sus fines. Al contrario, como afirma Llarena, «han desatendido de manera contumaz y sistemática» todas las decisiones de la autoridad judicial. Antes, y después de ser investigados.

Resulta que en los países democráticos la Justicia es ciega. Pero, al contrario de lo que creen los independentistas, no es tonta. Después de cinco meses de vino y rosas en Bélgica, Puigdemont empieza a comprender, aunque sea en Alemania, que violar la ley, burlarse de la Justicia y destruir la convivencia en Cataluña no sale gratis.

Valora este artículo

2 votos
Comentarios

La Justicia es ciega, pero no tonta