Méndez de Vigo, el novio de la muerte


La Fiscalía -ay, cuando ya solo nos queda aferrarnos a la Fiscalía- denunció ayer a nueve profesores del instituto El Palau Sant Andreu de la Barca de Barcelona por las presuntas vejaciones a las que sometieron, el 2 de octubre, a los alumnos hijos de guardias civiles. Habría que recordar al ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo y Montojo, que desde la aplicación del artículo 155 y la tocata y fuga de la exconsellera Clara Ponsatí a Escocia, el titular de Educación es el único responsable de cuanto sigue sucediendo en las escuelas catalanas. Sorprende que un ministro tan aguerrido como Méndez de Vigo no haya tomado cartas en el asunto. Lo digo porque hace solo unas semanas lo vimos en el puerto de Málaga cantando muy ardoroso El novio de la muerte mientras los legionarios desembarcaban al Cristo de la Buena Muerte. ¿No sería más patriótico entonar menos canciones legionarias y asumir de una vez el mando de un sistema escolar que, junto a TV3, es la gran maquinaria de propaganda del secesionismo catalán?

Como hace tiempo que ya solo creo en John Ford, Messi y Cunqueiro, puedo escribir con una cierta distancia sobre aquella estampa de cuatro ministros del Gobierno de España haciendo play back con El novio de la muerte.

Y como no formo parte de ninguna de las sectas que tanto han escrito sobre esta peliaguda cuestión durante los últimos días, solo quiero apuntar un par de detalles sobre la escena y la polémica que se repite año tras año en el puerto de Málaga.

La canción -de la que existe en las redes una hermosa versión de Javier Álvarez- era un cuplé que cantaba Lola Montes en 1921, que luego los tercios de Millán Astray -aquel fascista que no tenía miedo a los fusilados, pero sí al dentista- adoptaron como propio por su ardor guerrero. En realidad, solo cuenta la historia del soldado Baltasar Queija de la Vega, que tras morir su novia, se entregó a la lucha en el Rif como si la Legión fuese el batallón suicida de La vida de Brian, cuyos miembros acuden al rescate de Brian y, al llegar al pie del crucificado, desenfundan sus puñales y se matan a sí mismos.

Lo llamativo de la escena en el puerto de Málaga es que cuatro ministros entonaron el cuplé de Lola Montes: la ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal; el del Interior, Juan Ignacio Zoido; el titular de Justicia, Rafael Catalá; y, cómo no, el ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo y Montojo, noveno barón de Claret.

Pasarán los años y los cursos académicos y no recordaremos ninguna hazaña del ministro. Ni en Educación. Ni en Cultura. Ni en Deporte. No digamos ya en la gestión de los colegios e institutos catalanes, que siguen en las mismas manos que cuando Mas o Puigdemont gobernaban la Generalitat. Pero sin duda nos acordaremos de Méndez de Vigo cantando a pleno pulmón El novio de la muerte. Primero porque es el ministro de Educación y Cultura, y si en algo se debe respetar la aconfesionalidad del Estado es en esas dos áreas. Pero sobre todo porque nadie se puede imaginar al atildado barón de Claret como el novio de la muerte.

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