Quiero ser Harry el Sucio


A veces una querría ser Clint Eastwood en cualquier papel, como Harry el Sucio, como el Sargento de Hierro o como Walt Kowalski de Gran Torino. A veces me gustaría que la vida fuera como una película, con escenas espeluznantes, pero en la que sabes que de repente va a llegar a Clint, va a mascar y a escupir la bilis, va a coger a los tipos por la pechera, noquearlos con la mirada, sacar toda su furia y acabar con la injusticia. Me gustaría ser Harry el Sucio para decir frases como las suyas: «Cuando un hombre acosa a una mujer con la intención de violarla, yo mato al hombre. Esa es mi política». Me gustaría decirlo, darme la vuelta y sentir que la bondad se recompone. Pero ni soy Clint ni hay ficción en esta realidad de terror que vivimos las mujeres. Ni tengo esa capacidad de violencia para matar a nadie. Sin embargo, me hubiera gustado ver que un grupo de juezas, de mujeres, hubiera sentenciado a La Manada; me parece un equilibrio necesario en lo que es un constante desequilibrio, en lo que es una cuestión de género: un cinco contra cinco, por ejemplo. Que ellos hubieran tenido que enfrentar la justicia de cinco mujeres enormes y escuchar el veredicto de cinco mujeres que los miran a los ojos «en manada». Es otra película mía, lo sé, pero como en las de Clint aún tengo la fuerza de sentir que juntas lo cambiaremos todo. Y cuando lo cambiemos, igual que Harry el Sucio, podremos escupir.

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