Veinte años de Carrie Bradshaw


Con Sexo en Nueva York me ha pasado algo parecido a lo que suele suceder con los antiguos novios, que sonríes al verlos de nuevo, pero al mismo tiempo te alegras de haberlos dejado muy atrás. Hay algo que me dice que estuvo bien mientras duró, que el idilio fue intenso, que lo disfrutamos, pero que si hurgamos en esa relación podremos remover algo que nos haga acabar peor. Por eso no la he vuelto a ver y por eso prefiero pensar que las historias de Carrie Bradshaw deben seguir bien guardadas como un diario personal. Como una imagen de lo que fuimos y de lo que pretendíamos ser los de la generación X que nos acercábamos a los 30. Entonces Nueva York tenía Torres Gemelas, adorábamos a Woody Allen y creíamos que jamás disfrutaríamos de otro Manhattan. Éramos otros, otras, ostras! Hasta que llegaron Carrie y sus amigas y nos llenaron el armario de Manolos, nos hicieron beber todos los Cosmopolitan y sentimos, como ellas, que ningún hombre estaba a la altura de nuestros tacones. Sexo en Nueva York nos quitó algún tabú, nos añadió más adicción a la moda, nos confundió mucho, nos hizo pasar buenos ratos y nos aventuró ese goce devorador de las series ¡en DVD! Sin embargo, Carrie y sus amigas se han quedado atrás, muy atrás en ese cajón nostálgico que da grima abrir hoy, veinte años después, por lo que pueda pasar. Ahí lo dejo.

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