Gobierno con más elogios que apoyos


Pedro Sánchez ha articulado un Gobierno al que, a pesar de su exceso de teatralización de la política por la cantidad de gestos, guiños y mensajes que pretende transmitir en su estreno, no cabe poner peros en lo que afecta a su preparación. Lo primero que hay que concluir es que no es un Ejecutivo diseñado con el limitado objetivo de lograr «estabilidad» tras la abrupta salida del Gobierno de Mariano Rajoy y convocar elecciones generales «cuanto antes», que es lo que prometió el líder socialista cuando presentó su moción de censura. Para esa labor efímera, de emergencia y casi interina no se llama a figuras de la talla de Nadia Calviño, que renuncia a un sueldo de 216.000 euros. Es un Gobierno diseñado, por tanto, con el objetivo de agotar la legislatura y ganar las próximas elecciones. Pensado para durar al menos seis años.

Formar este equipo es sin duda lo mejor que ha hecho Pedro Sánchez desde que llegó a la secretaría general del PSOE. Lo que no se entiende es por qué ha necesitado un viaje tan lleno de meandros y contradicciones para llegar a este lugar. El hecho de que haya podido forjar este gabinete es la mejor demostración de que en el PSOE había políticos capaces de defender con solvencia el proyecto socialdemócrata que siempre ha representado este partido sin rendirse a la ola populista de Podemos o enarbolar conceptos estrafalarios como la «nación de naciones», que es lo que hasta ahora había hecho Sánchez.

El que ayer tomó posesión es un Gobierno capaz. Cargado de buenas intenciones. Pero eso no asegura el éxito de la misión. De momento, gusta mucho más al establishment y a quienes defienden el orden y la ley que a la conjunción de independentistas y radicales de izquierda, incluidos los antisistema, que lo han hecho posible. Lo cual augura serios problemas de supervivencia parlamentaria para Sánchez. Ciertamente, llegar a la Moncloa gracias a los votos del secesionismo y hasta de la mano de EH Bildu, y luego situar en la cúspide de ese Ejecutivo a figuras como Josep Borrell y Carmen Calvo, que apuestan por «desinfectar» Cataluña de golpistas y aplicar el artículo 155 a TV3, a una ministra de Hacienda partidaria de acabar con el «privilegio» del Cupo vasco o a un juez conservador como Grande-Marlaska en Interior es una estrategia casi suicida. Es posible que a Ciudadanos y hasta al PP no les disguste este Gobierno. Pero no le van a dar ni agua. Y menos se la darán al PSOE sus socios de moción de censura.

El problema que tiene Sánchez es que después de haber convertido a Rajoy en la causa de todos los grandes males de España, una vez liquidado Rajoy los problemas siguen ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Y la rutilante foto de su gran equipo no basta por sí sola para solucionar ninguno. Sánchez quiere durar. Pero su osada decisión de formar un Gobierno que gusta más a los que rechazaron su moción que a los que la secundaron puede hacer que tenga más elogios que votos en el Congreso. Me aplauden, pero no me votan, se quejaba amargamente el Suárez crepuscular.

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Gobierno con más elogios que apoyos