Del bar al VAR


Solo de imaginar que la mano de Dios hubiese sido interrumpida por la frialdad de un árbitro mirando un vídeo da mucho arrepío. Pero ahí estamos, totalmente reconvertidos en este Mundial que cada poco ve empantanado el juego por la eficacia de las nuevas tecnologías que están envolviendo el fútbol de una precisión que no le venía precisamente de serie. Tal vez como dice Hareide, el seleccionador de Dinamarca, el fútbol necesite el encanto, la incertidumbre de las equivocaciones humanas para darle ese punto de insatisfacción y de pasión que ha tenido siempre y que el VAR (el sistema de videoarbitraje) le está restando. Es cierto que hay muchísimos aficionados que ahora respiran aliviados cuando el árbitro rectifica un penalti en contra o un órsay que acaba en gol. Y es cierto también que el VAR pone en ridículo los excesos de tantos jugadores hechos al dramatismo en el área, que ahora se verán obligados a modificar su teatralidad si no quieren verse reprobados por sus desbordamientos. Pero tanta precisión, tanto milimetraje dejan fuera de juego a esos otros forofos del bar, habituados a la grandeza de la discusión, a los sinsentidos del directo que le ponen la salsa picante a los partidos. Habrá que acostumbrarse al sinsabor de la falta de duda, al fútbol de Wikipedia y aceptar desde ya que con este VAR no tendremos jamás la gracia... de la mano de Dios.

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