Sánchez da alas al chantaje de Torra


El 20 de septiembre del año 2012, el entonces presidente de la Generalitat, Artur Mas, acuciado por una incompetencia económica que llevaba ya a Cataluña hacia al desastre, planteó a Mariano Rajoy en la Moncloa un órdago que contenía una premisa abiertamente anticonstitucional con la que pretendía frenar las críticas a su gestión entre los propios catalanes. Exigía para Cataluña, bajo amenaza de echarse al monte, un pacto fiscal equivalente al vasco, intentando así, de manera insolidaria, quedarse al margen de los recortes a los que se iban a ver sometidas el resto de autonomías debido a la crisis. Rajoy rechazó el chantaje, le hizo ver la inconstitucionalidad de su propuesta, pero ofreció negociar una mejora de la financiación catalana dentro de la Constitución.

Hay quienes, en Cataluña y fuera de ella, quieren convencernos de que el desafío independentista que culminó en un intento de golpe de Estado es responsabilidad exclusiva de aquella negativa de Rajoy. Y de que, de haber cedido ante ese chantaje inconstitucional e insolidario, Cataluña sería hoy una arcadia feliz que viviría en armonía con el resto de España. Quienes así opinan, entre los que parece encontrarse el nuevo presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ignoran la máxima infalible que dejó escrita Nicolás Maquiavelo hace ya 500 años. «El que tolera el desorden para evitar la guerra, tiene primero el desorden y después la guerra».

Es obvio que hoy estamos mucho peor que antes de aquella entrevista del 2012. Rajoy ha sido desalojado del Gobierno, Artur Mas está condenado e inhabilitado y su sucesor, Carles Puigdemont, es un prófugo de la justicia. Pero en absoluto estaríamos mejor si el Estado hubiera cedido entonces a la extorsión de Mas. El independentismo es insaciable. Y cuanto más débil ve a su oponente y más concesiones se le hagan, más se crece. Lo prueba el hecho de que Joaquim Torra, el que considera a los españoles «bestias con forma humana», fue recibido ayer en Moncloa, lazo amarillo en ristre, con honores, trato privilegiado y después de gratuitas concesiones como el traslado de los presos golpistas a Cataluña. Y pese a ello, sigue asegurando tras ver a Sánchez que no renuncia a la independencia unilateral.

Pretender que alguien con ese discurso troglodítico vaya a abdicar de su objetivo de secesión haciéndole lisonjas, ofreciéndole prebendas económicas y comisiones bilaterales para «hablar de todo» es un ejercicio irresponsable. Con esa política, el independentismo conseguirá todos sus insolidarios objetivos de privilegio mientras forme parte del Estado -a costa del resto de comunidades-, sin renunciar a separarse de España. Por eso, Pedro Sánchez debería dejar ya ese falso discurso de la «normalización», usando así a Cataluña para promocionarse de cara a las próximas elecciones, y escuchar, prescindiendo de su tono bélico, la reinterpretación que Churchill hizo de Maquiavelo refiriéndose a Chamberlain: «Se te ofreció poder elegir entre la deshonra y la guerra y elegiste la deshonra, y también tendrás la guerra».

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