El año cero después de Sánchez


Así como un cierto grado de vanidad es un vicio casi recomendable en un presidente del Gobierno, lo que resulta imperdonable para quien lleva el timón es carecer del sentido del ridículo. El concepto lo definió el presidente de la Generalitat Josep Tarradellas, al que tan poco caso hicieron sus sucesores. «En política se puede hacer todo, menos el ridículo», sentenció. Aunque yo prefiero liderazgos plomizos a lo Merkel o a lo Kohl, que grandilocuentes a lo Macron o lo Clinton, admito que estos últimos entienden la frontera entre el permisible engreimiento y el grotesco ridículo.

No es ese el caso, desde luego, del nuevo presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, que ha rebasado ya con creces esa línea. Después de dos meses escondido detrás de las cortinas de la Moncloa, Sánchez apareció por fin en carne mortal el pasado viernes ante los españoles. Y lo hizo para dejarnos una frase que marca ya todo su mandato. El hombre que ha llegado al Gobierno sin pasar por las urnas, y gracias exclusivamente al odio africano del resto de grupos hacia Mariano Rajoy, no se conforma con dar apariencia de normalidad a una situación legítima, pero a todas luces anómala y que debería ser por tanto breve, sino que nos anuncia que su sola arribada al Ejecutivo ha supuesto ya «un cambio de época» en la política española. La Real Academia define «época» en su primera acepción como «fecha de un suceso desde el cual se empiezan a contar los años». Y en su segunda, como «período de tiempo que se distingue por los hechos históricos en él acaecidos y por sus formas de vida».

Así que ya lo saben. Mientras disfrutan en la playa de sus merecidas vacaciones, en España se ha operado ya un cambio de tal envergadura que, para referirse a cualquier efeméride política, habrá que hablar ya del año tal antes de Sánchez o del año cual después de Sánchez. Como si de Cristo mismo se tratara. Suárez, Calvo Sotelo, Zapatero, Aznar y Rajoy forman parte del antiguo testamento. Líderes de una democracia imperfecta, incipiente y chapucera, que solo con la llegada de Sánchez a la Moncloa sin ganar una votación (las pierde incluso estando en el Gobierno), alcanza su plenitud.

Tan reluciente ha quedado nuestra democracia en esta nueva época recién inaugurada por Sánchez, que, agotado ya por el enorme esfuerzo realizado en estos dos meses, que se resume de momento en abordar el problema más acuciante que por lo visto tenía España, que era poner el cadáver de Franco bailar la yenka, -ahora salgo de Cuelgamuros, ahora me quedo-, Sánchez se va con su familia a veranear al palacio público de las Marismillas, en Doñana. Solo saldrá para asistir el día 17 a los actos de conmemoración por los atentados terroristas en Barcelona del año pasado. Esperemos que esta nueva época no incluya el permitir que el independentismo convierta el solemne homenaje a las víctimas en una demostración de odio a España y de escarnio a su jefe de Estado. Tolerar tal cosa sería pasar del ridículo político al descrédito institucional.

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