«Si me dan a elegir...»


Hay que reconocerle a Andreu Buenafuente y a Silvia Abril el dato. Y el dato dice que la gala de los Goya de este año fue de las más vistas, que el público la siguió con interés con una audiencia de un 26 %, lo que viene a ser casi cuatro millones de personas; que contadas una a una son muchas. Muchísimas. Pero también es verdad que la gala se hace especialmente larga y que no acabamos de cogerle el punto a este humor forzado de los cómicos cuando salen a hacer reír. Porque ver a Broncano y a Berto Romero colgados de un hilo sobrevolando la ceremonia no es garantía de nada.

Lo único que le dio un pellizco de interés a esta edición fueron los Campeones (además de nuestro maravilloso Luis Zahera), porque sin ellos nada hubiera valido la pena. Sin Jesús Vidal dándonos una lección de inteligencia y sensibilidad en cada una de sus palabras cuando recogió el premio no habríamos conseguido ese trending topic de humanidad que todo espectáculo necesita, y ya nada hubiera sido lo mismo. Ellos son los que verdaderamente han salvado la audiencia de Buenafuente, los que nos mantuvieron despiertos para saber si le pondrían el broche final a una noche que, sin ellos, hubiese sido más bien floja. Excepto un par de guiños: el de Màxim el Breve y la actuación de Rosalía, que con el peso de ser todos los días una diosa, ha acabado también por dividir al público en dos bandos. Así que «si me dan a elegir», como ella nos canta, yo me quedo con los Campeones. Con su ternura, con sus altas capacidades y con su generosidad. Me quedo con ellos y, por supuesto, con la genuina y rompedora canción de Los Chunguitos.

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