¿De verdad molestan los niños?


La cuestión de si el mundo moderno está hecho para los niños parece que no pasa por tener en cuenta su opinión. Si les preguntásemos, nos daríamos cuenta de que su forma de interaccionar con escenarios menos cotidianos (es decir, fuera de casa y del colegio) es una puerta abierta a un sinfín de oportunidades, novedades, experiencias y aprendizajes, y que ellos están dispuestos a participar en la medida en la que nosotros, los adultos (los que han decidió formar una familia y los que no), nos comprometamos, impliquemos, les guiemos y marquemos las reglas del juego. 

Por lo tanto, no solo tenemos que pensar qué queremos de los más pequeños, si no también qué tenemos que hacer los que conformamos una sociedad madura para darles su tiempo y espacio, asumiendo esta responsabilidad como progenitores y como personas que convivimos con familias. Tiempo para madurar, estamos hablando de niños y niñas que ya manejan agenda propia (con deportes, música, cualquier actividad de moda), que cada vez tienen menos tiempo para estar con nosotros o con sus amigos para jugar y que pasan demasiado con actividades en solitario que les aíslan del contacto personal (videojuegos, Internet y redes sociales). Tiempo para aburrirse (por qué no, para desarrollar la reflexión, imaginación, creatividad, paciencia y otras vías de interacción con niños y niñas en un local o evento) y, lo más importante, tiempo para que cometan errores y los puedan corregir con la tolerancia y la ayuda de todos. En cuanto al espacio, basta decir que en grandes núcleos urbanos es cada vez más limitado, reducido a los parques (donde ahora tienen que repartirse el horario con mascotas y animales de compañía) y negocios dedicados a actividades lúdicas que no están al alcance de la mano para todas las familias.

En mi opinión, los pequeños no son más molestos que nosotros a su edad, sino que somos los adultos quienes estamos teniendo verdaderas dificultades para gestionar nuestra responsabilidad al respecto, primero como progenitores y, luego, como miembros de una sociedad que dará, inevitablemente, el relevo a estos niños y niñas en el futuro.

A nivel de desarrollo psicosocial, los pequeños que disfrutan de su familia en diferentes contextos (hoteles, restaurantes, cines, piscinas, etcétera) aprenden a regular sus emociones y a modular sus conductas en situaciones sociales, en medio de grupos de personas más numerosos, afrontan con mayor naturalidad los cambios y las nuevas situaciones, conectan emocionalmente o tienden a empatizar más fácilmente con otros individuos de características diferentes, guardando estas experiencias en su memoria a largo plazo. Es decir, es más probable que recuerden de manera agradable -si obtienen un premio- o desagradable -en el caso de una reprimenda- una situación de este tipo cuando sean adultos porque la intensidad emocional es mayor. Y, por supuesto, desarrollan habilidades sociales y de comunicación, así como actitudes como la tolerancia y el respeto, que les servirán para convivir en un mundo globalizado.

Todo esto es posible si encontramos un equilibrio entre la libertad de unos y los derechos de los otros. Por ejemplo, si por parte de los progenitores se tiene claro que, pese a querer disfrutar con los hijos del ocio, no se debe caer en la permisividad (y el móvil como sustituto de la conversación y la educación) o en la sobreprotección (que nos impida ver cuando nuestros hijos o nosotros mismos nos equivocamos o transgredimos los derechos de los que nos rodean), porque cualquiera de estas posturas resultará estéril para enseñarles a compartir un contexto social. De gestionar mejor estas situaciones es probable que el movimiento antiniños sea todavía más residual, sobre todo en Galicia, donde todavía se le da valor al turismo y a las actividades en familia. Con eso no quiero decir que la oferta de actividades de tiempo libre y ocio dirigida a parejas sin hijos desaparezca, porque las personas que adoptan esta decisión van en aumento y los negocios que pretenden cubrir sus necesidades también lo harán, declarando abiertamente intereses económicos y dejando al margen otras cuestiones.

Para finalizar me gustaría lanzar una pregunta a los progenitores y a los ciudadanos, en general, (independientemente de su estado civil): ¿queremos que nuestros hijos o los hijos de otros sean personas útiles, funcionales y responsables para con su sociedad (incluidos con nosotros) el día de mañana? ¿Por qué no pensamos en lo que ellos necesitan aquí y ahora?

Autor Sandra Carracedo Cortiñas Pedagoga y psicopedagoga de la USC
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