Eufemismos


Estoy sentada en un tren que va de Fráncfort a Heidelberg. Cuando me quedan veinte minutos para llegar, noto un leve zarandeo y el tren se detiene en medio del campo. Después de un rato inquietante, por los altavoces nos comunican que alguien ha saltado a las vías y que hay que esperar a que venga la policía. «Un accidente con Personenschaden» (literalmente, daños corporales) nos informan. Me ha parecido entender, pero como el mensaje me resulta surrealista, confirmo en inglés con mi compañero de viaje, un alemán de tez rosada y pelo blanco, de unos sesenta años. «El accidente con Personenschaden suele tardar un par de horas en solucionarse», me dice sin inmutarse, encantado de servir de intérprete. «Tenga usted en cuenta que estamos en medio del campo y que la única manera de llegar hasta aquí es con un tractor», añade. Aviso por WhatsApp a mi hermana, que iba a recogerme en la estación, de que no voy a llegar a la hora prevista. Pasados unos quince minutos, se ve una ambulancia a lo lejos. La gente dentro del tren sigue tranquila. Algunos leen, otros comen un bocadillo; la señora que tengo enfrente ha sacado la calceta: está tejiendo un calcetín de colores. Al pie del tren, un tipo uniformado comienza a inspeccionar las vías. «Está buscando los trozos del cuerpo», me susurra mi informante, al tiempo que muerde una zanahoria que acaba de sacar de la mochila. Hasta este momento, no caigo en la cuenta de que el Personenschaden es una manera bonita de decir que alguien acaba de suicidarse tirándose a las vías. «¿Esto ocurre mucho aquí en Alemania?», le pregunto. «Sí, bastante. Piense usted que uno no tiene que gastarse dinero en comprar una pistola, ni tiene que buscar las pastillas que no te venden sin receta en la farmacia. Es lo más rápido», me dice dibujando círculos en el aire con la zanahoria.

Me mira fijamente: «¿En España no es normal?». «¿Normal?», le digo. «¿Se refiere usted a si es normal que la gente se tire a las vías?». Estoy a punto de contestar cuando hay un nuevo anuncio. Por el altavoz nos informan de que tenemos que esperar al menos una hora más, pero que, como compensación, podemos ir al bar a tomar un tentempié gratis, «aunque están prohibidas las bebidas alcohólicas», remarcan.

Cinco o seis personas se ponen en pie y se dirigen al vagón-restaurante. Mi compañero, que ya se ha acabado las zanahorias, empieza a aburrirse y entabla conversación con la mujer de la calceta. Si no entiendo mal, están hablando del (o de la) que se ha suicidado. «¡Qué pena!», comenta él. «Que uno tenga que hacer algo así». «Estaría harto» (er war wahrscheinlich lebensmüde), dice ella recolocándose las agujas bajo las axilas. Lebensmüde significa, literalmente, cansado de vivir. Otro eufemismo, pienso, para describir lo que no puede ser más trágico. Por fin, después de que llegue otro conductor («el anterior debe estar trastornado», concluye mi compañero) y de que nos cambien de tren porque el que tenemos está «dañado», dos horas después de lo previsto, llego a Heidelberg. De camino a casa, le comento a mi hermana todo lo que ha pasado y me habla de otros eufemismos de la lengua alemana como Gastarbeiter (literalmente, trabajador invitado, para referirse al pobre emigrante), o el verbo freistellen (dejar libre, que quiere decir despedir). «El alemán tiene fama de maquillar su lengua», me dice, «acuérdate de todas las palabras en torno al holocausto». «Es verdad», le contesto, pero, sin darme cuenta, ya estoy pensando en España y en la campaña electoral, en todos esos eufemismos como desaceleración, reformas estructurales o externalización para evitar conceptos tabúes como crisis, recortes y privatización de los servicios públicos.

Por Cristina Sánchez-Andrade Escritora y premio Sor Juana Inés de la Cruz de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México)
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