El «me lo pido» de Pablo Iglesias


Hay quien sistemáticamente pierde elecciones y para llorar la pérdida, en lugar de recluirse, va corriendo a pedirse ministerios. Me lo pido, me lo pido. A lo mejor así se les baja la depresión poselectoral. Como si la política fuera una noche de Reyes y los políticos, niños ansiosos de regalos a los que hay que complacer. Si se han portado bien o no, es igual. Si han hecho los deberes o no, o han recogido la habitación o no, es igual. Sucedió en el 2016, cuando Pablo Iglesias consiguió 71 diputados y cinco millones de votos. Había vicepresidente para rato, si dependiera del interesado. Vuelve a suceder ahora, jibarizado Unidas Podemos en las urnas. Con las bromas, este partido adolescente y a la vez tan viejo, ha conseguido desprenderse de 1,3 millones de votantes y 29 escaños. Esto sí que es una dieta, y no la del melocotón. Iglesias deberá agradecer al otro Pablo, el del PP, que por comparación los suyos no le estén cortando la cabeza. Claro que habría que preguntarse qué suyos, si en los meses precedentes al tortazo se dedicó a las decapitaciones, antes de que su propia sangre llegara al río. Irene Montero decía estos días de vino, y rosas en Ferraz, que lo único que puede garantizar la estabilidad en España es que su partido entre en el Gobierno. Cómo molaría ser ministro. Su líder insiste un día sí y otro también en el asunto. Quiere formar parte del Ejecutivo «para cumplir la ley y defender los derechos de los trabajadores». Solo faltaría. A lo mejor en un apéndice de su Constitución está escrito esto: «Imprescindible que Pablo Iglesias sea ministro». El caso es que los españoles -no las multinacionales, ni los poderes fácticos, ni los medios, ni los ogros, ni unos elfos: los españoles- le han dicho muchas gracias por su ofrecimiento, pero es mejor que, en esta ocasión, tampoco.

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