No son joyas, son niños

Un niño ve la televisión
Un niño ve la televisión

Es el primer problema de los niños joya, o de los niños altar. Que se acaba por tomarles por lo que no son. «Este niño no es una joya, es un niño» es un revés a la frase que nos puede centrar. Actuar en consecuencia, aún más. «¿Cuántas veces te lo tengo que decir?» se pregunta (como yo) la psicóloga Maribel Martínez, ella en un libro, recién editado, que viene a ser el preescolar para manejarse en límites sin griterío ni drama, para distinguir autoridad de autoritarismo, o saber que un no tranquilo, sostenido con firmeza en la voz y en el tiempo, evita insultos, amenazas, esa clase de extorsión emocional que hoy, con el modelo al alza del pacto paternofilial, se estila en la familia.

La familia no debe ser una democracia, subraya Eva Millet. Los hijos necesitan para crecer «un gobierno fuerte liderado por tecnócratas», decía con su sexto sentido del humor el gran Carles Capdevila.

Hoy que en casi todo nos vemos moviéndonos entre los polos, cuesta encontrar la lenta calidez de los matices, un argumento que permita conectar vejaciones como las que una profesora hace a un niño de 4 años en Reus y la conducta de una adolescente de 17 dispuesta a romper la casa si su padre no le sirve la cena. Tanto los adultos como los niños de estas dos historias parecen tener algo en común: la falta de límites. Claro que son los niños los que los aprenden de sus padres y maestros. Al menos, mientras son pequeños. Y lo que se ve es mucho adulto que se impone o cede, sin saber dónde ni cómo poner el límite.

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