La propaganda antifascista, «marcar la piel del agua»


Redacción

La fortaleza de Vox y la consiguiente degradación del país es uno de tantos casos en que los políticos tienen que jugar a las siete y media. Ni se puede ser reactivo a cada infamia y cada provocación, ni se puede actuar como si no existieran. En sus noches húmedas, Vox sueña con tres fases que lo lleven al poder, sucesivas o parcialmente superpuestas.

La primera fase es la del agrupamiento y reconocimiento mutuo de los suyos. Un aspecto de cualquier propaganda consiste en lo que cada uno cree que creen los demás. La propaganda más ambiciosa busca que cada uno se sienta solo o excepcional y que sienta que lo que él cree es una rareza. La máquina neoliberal se destaca en estas artes. Este mecanismo afectó a la extrema derecha. La dictadura progre, es decir, la democracia, mantuvo diseminados a falangistas trasnochados, católicos fanáticos, ricachones zafios, raros malencarados con tendencia a odiar, niñatos parásitos ociosos, ensimismados con sarpullidos por la diversidad y voceras más hartos de feministas que de mujeres muertas. Andaban dispersos a granel y por eso el primer paso es su condensación en un bloque al que sientan pertenecer. El mecanismo no es tan sencillo.

No se trata de que sepan que hay gente como ellos, el algoritmo de Facebook ya nos encapsula con afines sin falta de propaganda. Si vemos la playa de Gijón en la TPA, no nos llama la atención. Pero si estamos en Noruega y vemos en su informativo la playa gijonesa, enseguida nos buscaríamos unos a otros con la mirada para compartir un gesto cómplice ansioso. No es la playa, sino la atención de los noruegos y nuestro protagonismo puntual. El agrupamiento de lo que estaba disperso requiere, además de algo que lo identifique, la atención de los demás sobre el elemento identitario, notar ese protagonismo que nos reafirma, que todos hablen de Franco y la censura educativa. Aunque la base sea minoritaria, hay que empezar por agruparla y movilizarla como un grupo consciente de sí mismo.

La segunda fase es desarmar o absorber a los grupos afines. Vox no puede crecer sin que implosione el PP. La propaganda tiene que mantener la atención pública sobre los temas en los que le favorezca el contraste con el partido al que hay que desplazar. Esos temas son aquellos en los que el partido emergente pueda percibirse más firme, más consecuente o más determinado que el partido declinante, aquellos en que la prudencia pueda pasar como debilidad o falta de actitud. Vox no querrá contrastarse con el PP en economía o industria. Preferirá centrar la atención en inmigración, seguridad, nacionalismo o leyes de género, donde ellos sean la voz firme y el PP la derechita cobarde o el oportunista que se sube a su carro, como con la censura escolar. Ya padeció el PP esta táctica en Cataluña con C’s.

La tercera fase es la extensión a gente ajena a las áreas afines. Llegado el caso, Vox necesitaría extenderse a votantes no conservadores. Una característica táctica de Vox es que tiene que mentir y encubrir, por la sencilla razón de que lo que pretende perjudica a la mayoría. La mentira y la trampa no funcionan con una población templada, racional e informada. Lo que anula la templanza, el razonamiento y el valor de la verdad son las emociones negativas. La tercera fase de la extrema derecha es acoplarse empáticamente con las frustraciones, miedos o debilidades de determinada población para mimetizarse y parecer parte de ella, como un patógeno o una infección. La mayor frustración y debilidad se da en las capas humildes. Por eso abundan en discursos airados contra las élites y no es raro que haya una izquierda rojiparda que en su confusión se haga portadora de la infección fascista. No es verdad que la extrema derecha suela triunfar entre las clases bajas, pero sí consigue debilitar el predicamento de la izquierda y alcanza una franja de apoyo que puede inclinar la balanza, aunque en verdad sean las más perjudicadas por las políticas ultras.

Ángel González decía en un verso que hacer poesía era marcar la piel del agua. La propaganda antifascista no se mueve en delicadezas tan sublimes, pero es también cirugía fina. Enfrentar la primera fase supone distinguir los contextos en que el ataque a los elementos identitarios de la extrema derecha los debilita de los contextos en que los agrupa. Por ejemplo, hay que atacar las referencias franquistas institucionales, como nombres de calles o contenidos educativos. Pero hacer ilegales enaltecimientos civiles de la dictadura, por odiosos que resulten, es un doble error. Es un menoscabo de la libertad de expresión (una de las libertades más incómodas), y además no debilita a la extrema derecha, sino que la agrupa. Ocurrió también con el disparate de hacer la necesaria exhumación del dictador en período electoral. Y es el mismo error que enredar el origen franquista de la Laboral con su valor artístico (sin duda discutible). Así no se planta cara al franquismo, sino que se agrupa a los franquistas y se favorece la primera fase de su propaganda.

En la segunda fase, Vox no solo quiere absorber al PP, sino definir el frente electoral con la izquierda. Toda la derecha quiere hacer patrimonio propio las cosas comunes (bandera, nación, …) y quiere que eso los distinga de una izquierda ajena, sin nación ni bandera. Hay dos recursos demagógicos para esto: la verdad incompleta y la caricatura. Se cita el caso de cuando Daniel Ortega decía que democracia era alfabetización y reforma agraria. Eso es verdad, pero incompleta. Si hay alfabetización y no hay libertad de prensa y de expresión, no hay democracia; como lo que dijo era verdad no lo objetamos y así olvidamos lo demás y acabamos asumiendo una idea falsa de democracia.

De la misma manera, es verdad que la Constitución consagra la unidad de España, la monarquía y el ejército en la defensa nacional. Pero es falso que la Constitución sea esa versión truncada y en esa falsedad entra Vox y se puede pretender que no entra quien no sea monárquico, de manera que el frente contra la izquierda sería la Constitución así falsificada. La caricatura consiste en asociar lo común a una amplificación distorsionada. Hay muchas cosas cuya aceptabilidad depende de la intensidad, como es el caso del alcohol. La derecha sube la intensidad de patrias, banderas y ejércitos al nivel en que se convierten en un mal, y no porque en sus debidas dosis lo sean. La extrema derecha aprieta en esos aspectos porque a la vez diluye a la derecha y crispa el contraste con la izquierda. La izquierda tiene que armar su propaganda sobre los casos más bufos para resaltar la falsedad de todo el patrioterismo ultra.

La tercera fase requiere análisis detallados, pero no se desarma con largos razonamientos y acopios exhaustivos de datos. La comunicación tiene que basarse en divulgar síntomas bien elegidos que se puedan manejar con facilidad, para contrarrestar el populismo tradicionalista facha y para no sucumbir a la confusión rojiparda. No es este artículo lugar para una exposición detallada, pero podemos poner algunos ejemplos: si alguien habla de impuestos, en el sentido que sea, y no especifica niveles de renta, es un farsante que quiere favorecer a los ricos; si alguien se muestra cabreado con las élites y la desigualdad, pero no las nombra (banca, Iglesia, grandes fortunas…), es un impostor; si habla de tradiciones, identidades colectivas o perjuicios económicos causados por grupos humanos humildes, generalmente extranjeros, es un populista de derechas.

De momento Vox consiguió crecer y envilecer el debate público. Tuvo la suerte de encontrarse con un Rivera cortesano y sin principios y un Casado mediocre que está poniendo en primer plano del PP a una serie de personajes estrafalarios dignos de un circo de alguna película de Fellini. El Gobierno se va asentando y a día de hoy tiene más a favor que en contra. Pero el veneno en la convivencia está inoculado. Hay que ganar elecciones y hacer leyes justas. Pero hay que atacar ese veneno comunicando con el cuidado con que se hacen versos, marcando la piel del agua.

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