Anguita, el valor de la honestidad


Como todo hombre, Julio Anguita tuvo luces y sombras, más las primeras sin ninguna duda. Un hombre forjado a sí mismo, coherente, íntegro, culto, apasionado por la política y los demás. Desacomplejado en el hablar, en el pensar, en el sentir, valiente en sus frases, con la bonhomía del hombre que hace mucho traspasó mucho más allá de lo político y cínicamente correcto e hipócrita que tanto campa en la clase dirigente de nuestro país. No se amilanó ni achantó frente a nada. Al pan, pan, al vino, vino. Y es en esa taumaturgia de la coherencia donde hoy, a su muerte, ondean un sentir mayoritario de pesar hondo y de gratitud por un hombre excepcional, decidido, y muy firme en sus convicciones. Sabedor que el papel de la política no está en uno u otro líder, en caudillajes baratos, sino en el poder de cambiar las cosas, la justicia social, la igualdad y la libertad, en suma, en las personas corrientes y sencillas.

Ya lo dijo Rubalcaba, de quien apenas hace unos días se cumplió un año de su muerte, en España enterramos muy bien, pero en vida destrozamos cainita y mezquinamente. Anguita era y será un referente en la izquierda, pero también en toda la política, y pocos cómo el marcaron los noventa del otro siglo, cuando por fin España se desperezó y decidió enterrar sus cavernarios complejos de país doliente de sí mismo. Sabedor y conocedor de la fuerza de la palabra y del peligro a la vez de las ideas, era un gran comunicador, un excepcional fajador en el diálogo y debate, recto, riguroso, con mesura y siempre exquisita educación. Porque era un político cabal, inteligente, capaz de llevar al Partido Comunista y a Izquierda Unida en esa década a sus cotas de mayor relevancia después de los primeros años de la Transición. Y sabía que, pese a pinzas, el techo político era un cielo difícil de conquistar. Luego, con su retirada, el hundimiento y la decadencia. La historia de Podemos y la fusión es ya otra historia. Que vivió y quizá supo ver que en la unión se evitaba el naufragio. El tiempo lo dirá.

Sus últimos años después de la política fue volver a su lugar, la educación, el debate, la reflexión honda, la frescura del pensamiento. Uno de sus últimos regalos fue el libro al unísono con mi querido amigo Juan Andrade, Atraco a la memoria, un excelente ensayo donde se hace un recorrido por la vida política de Anguita. Una vida ejemplar, coherente y ética. Y esto es algo que hay que resaltar, Anguita era una voz y una actuación ética en la política. Y eso solo se hace desde un compromiso radical y desembarazado de deudas y peajes. Ahí radica su valor, el de la honestidad rabiosa y furibunda. El hombre que sabía que lo importante es lo que otros minusvaloran y olvidan, el programa. «Programa, programa, programa».

Siempre activo, siempre capaz de acertar con la frase corta y lapidaria, activista e inconformista con los cánones y estereotipos planos de la mediocridad de la política y sociedad enferma de hedonismo, tuvo tiempo de armar sus frentes y foros cívicos. Republicano amable y convicto de la creencia de que llegaría una Tercera República, su muerte ha concitado el reconocimiento de un pueblo que no sabe ser agradecido, el español, el presente frente al olvido y la desmemoria, como esa que él quiso no atracar, sino simplemente recordar. En el camino, una dolorosísima espina, la muerte en Irak de su hijo, periodista, Julio Anguita Parrado, en aquella maldita guerra, en aquella locura azoriniana en la que España nunca tuvo que estar ni permitir.

Sí que bien enterramos en este país. Pero al menos, a veces, acertamos. Pese a que estos días de duelos en soledad todo es todavía más gris y triste.

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