Una oportunidad para ganar en valores solidarios


La pandemia del covid-19 está enfrentándonos con «situaciones límite». Es una verdadera y cruel crisis sanitaria, que tendrá repercusiones sociales, económicas y políticas cuando acabe. Pero como toda crisis puede verse también como una oportunidad, entre otras razones porque etimológicamente crisis significa separar o decidir. La crisis nos obliga a pensar y, por tanto, debe conducir al análisis y la reflexión. También porque la naturaleza demuestra que de una crisis puede salir algo bello, como ocurre con la oruga que se transforma en una elegante y hermosa mariposa.

¿Para qué analizar y pensar? Pues para que nos superemos y demos lo mejor de nosotros mismos. En efecto, esta es una gran ocasión para reconocer nuestra vulnerabilidad y nuestra desproporcionada dependencia de la tecnología y el dinero, en su forma de consumismo. Pero, además, es una magnífica ocasión para reflexionar sobre lo nocivo que ha resultado el individualismo en que ha caído la sociedad occidental del bienestar y del relativismo intelectual y ético.

Independientemente de lo que pueda conseguirse en los campos económico y político, es interesante sopesar lo que puede significar esta crisis en el ámbito social.

Todas las manifestaciones de esfuerzo y dedicación abnegada de los sanitarios -cualquiera que sea su estatus- y de otras muchas personas que trabajan en servicios esenciales ha puesto de manifiesto, en estas semanas que llevamos de confinamiento, que la solidaridad solo estaba oculta; que los hombres y las mujeres somos seres relacionales. Una reflexión sosegada sobre este escenario debería llevarnos a fortificar nuestros vínculos, fundamentalmente los matrimoniales, familiares y de amistad, así como laborales y asistenciales.

En definitiva, en este campo se trata de recuperar y desarrollar dimensiones y valores que la excesiva confianza en nuestro poderío, un hedonismo galopante, y un relativismo crónico habían casi enterrado.

Estamos bastante unidos para luchar contra algo y esa lucha se ha evidenciado en una ética solidaria, pero no deberíamos perder energía en esta positiva tendencia, sino fortalecerla en el futuro, cuando el enemigo común haya desaparecido. Una solidaridad que no excluya a nadie y se universalice, abarcando, sobre todo, a aquellas personas, grupos o sociedades menos favorecidas, y, por ello, más necesitadas.

Por Ángel Guerra Sierra Doctor en Biología y presidente de la Asociación Galega de Bioética
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